Ese 30 de octubre de 1960 no fue un día más. Los duendes de la vida, como por un artilugio, se posaron sobre esa humilde casa de Fiorito para recibir a quien sería el jugador más desequilibrante en la historia del fútbol mundial. Ese mismo que nació con una pelota invisible bajo su brazo y que luego la terminó de formar para hacerla inmortal bajo una zurda mágica.
, sus pro y sus contras, pero con el innegable imán de atrapar a todas las miradas dentro de un campo de fútbol, cuando los micrófonos y la vida cotidiana pasaban muy lejos de él.
El Policlínico de Lanús lo recibió para ofrecerlo al mundo. Fue el quinto hijo de ?Chitoro? (Diego Maradona) y ?La Tota? (Dalma Salvadora Franco), una humilde familia de Villa Fiorito, barrio que lo acobijó en su infancia, una villa miseria donde ?Pelusa? comenzó a soñar en grande poco a poco. Un póster de Independiente colgaba de una de las paredes de su casa y, pasito a paso, empezó a respirar el fútbol como un sentimiento difícil de entender pero muy fácil de percibir.
, donde la tierra seca lucía como el mejor estadio del mundo para el joven Maradona.
A los nueve años cautivó los ojos de Francisco Cornejo. El entrenador de las divisiones infantiles de Argentinos Juniors, un grupo de pibes que soñaban con dejar atrás el anonimato y cotizar alto en las canchas de Primera División. La insistencia de los compañeritos de Fiorito, al ver una zurda rápida, atrevida, ágil y sorprendente, lo llevaron hasta ?El Bicho?,
el cual disputaría los Torneos Evita bajo el rótulo de ?Cebollitas? durante los años 1973 y 74. Maradona brilló, de su pie izquierdo nació una aventura que captó todas las miradas, que incineró voces con gritos de gol, que sacudió la modorra de las mañanitas y las tardes con un umbral de talento en estado puro.
Los famosos ?Cebollitas? cosecharon un invicto de 136 partidos, una muestra cumbre de un equipo bañado en oro gracias a esa zurda solemne de ?Pelusa?. Los hinchas del ?Bicho? ya se ilusionaban con un heredero de esa escuela del buen pie, lo veían en el entretiempo de los partidos de Primera División
Fue en un santiamén, con apenas
, en la derrota 0-1 ante Talleres de Córdoba,
, donde ese pequeño gigante se convirtió en Maradona. Ingresó en el segundo tiempo por Rubén Giacobetti, con la camiseta 16 en su espalda. En
Tomó la redonda de espaldas al arco rival y con un giro tan eficaz como fachendoso le metió un caño a Juan Domingo Patricio Cabrera, volante del equipo cordobés.
Su primer gol llegó el 14 de noviembre, casi un mes después del debut, frente a San Lorenzo de Mar del Plata. No fue uno, sino dos. El arquero Rubén Lucangioli fue la víctima, en la victoria del ?Bicho? por 5-2 en ?La Feliz?. El primero fue con un
toque por encima del guardameta, mientras que en el segundo la
rasante junto al palo izquierdo.
Diego y su magia inundaban La Paternal de regocijo, pero el fútbol le pedía dar un salto, buscar otro horizonte donde ratificar lo hecho hasta ese momento. Recibió varias ofertas para jugar en otros clubes, pero recién en 1981 decidió dar ese gran paso en su carrera, con todo el dolor que significaba dejar Argentinos Juniors.
: ?Sería muy lindo verte algún día con la camiseta de Boca?, le dijo ?Don Diego? a su hijo por las callecitas de La Paternal. ?Pelusa? se conmovió y no lo dudó. Habló con Jorge Cyterszpiler, su representante, y apuró el trámite.
Con muy poca plata a disposición y una crisis financiera importante, Boca ofreció cuatro millones de dólares por el préstamo de Maradona y los pases de Santos, Rotondi, Salinas y Randazzo. Este último casi frustra la negociación porque no quería ir al ?Bicho?.
. Su hijo llegaba a Boca y ?Pelusa? no tardó en convertir su amor en rojo por uno azul y oro.
Otra vez Talleres se interpuso en su camino. El debut de Diego con la casaca ?xeneize? fue ante los cordobeses. Jugó
. ?Lo quería Barcelona, lo quería River Plate, Maradona es de Boca, porque gallina no es?. El canto, estruendoso, bajó desde los cuatro costados de la cancha.
El primer Superclásico fue el 10 de abril, un viernes lluvioso y con una Bombonera embarrada por doquier. El partido estaba 2-0 y Maradona culminó la noche con un puñal que quedará para siempre guardado en la historia del fútbol argentino.
. Golazo. Otra obra cumbre en un campeonato que finalizaría con el título y un Diego en andas saludando a todos su súbditos.
Luego llegó la etapa de Europa. La economía argentina se derrumbó de la mano de Alfredo Martínez de Hoz y Boca no pudo pagarle lo pautado a Argentinos.
, aunque el propio Diego quería quedarse en La Ribera al menos por unos años más. Fueron 5.900.000 dólares para Argentinos, 2.300.000 para Boca y un contrato de 5.500.000 de la moneda norteamericana para Maradona por tres años de vínculo.
En su primer partido, el 5 de septiembre de 1982, el Barça sucumbió 1-2 ante el Valencia de Kempes. ?Maradona es un invento de los argentinos?, comentó la prensa española, con un sumiso aire de relajación. Pero si bien Diego tenía la fuerza necesaria para dar vuelta la historia, el camino se llenó de espinas. Una gran tarea personal en el primer derby ante el Real Madrid, pero luego una hepatitis a fin de año lo dejó casi tres meses fuera de las canchas.
para ganar uno de sus tres títulos con la ?blaugrana?: la Copa del Rey, nada más ni nada menos que ante el eterno rival, en junio del ?83.
Pero en septiembre otra vez se derrumbó lo que tanto le había costado edificar.
106 días pasaron para que Diego vuelva a jugar un partido oficial. En mayo del ?84 otra vez la vida lo puso frente a frente con Goitkoetxea y el vasco, sin ningún tipo de remordimientos, le aplicó un tremendo planchazo al argentino, en una final de Copa del Rey. Ese día fue la última vez de Maradona con la camiseta azulgrana, en la dura derrota 0-1 en el Bernaubéu y con un escandaloso final. Diego participó de la gresca y, junto a otros jugadores, recibió una sanción de tres meses sin jugar por parte de la Federación Española
Su carrera pedía casi a gritos una bocanada de aire fresco. Ahí apareció un equipo italiano, el Napoli, cuyo presidente,
, desembolsó 7.500.000 dólares para quedarse con su pase. En la presentación, la tarde del jueves 5 de julio de 1984, Maradona comenzó a tejer una nueva historia de idolatría.
Diego lo ganó todo. Fue el impulsor de un equipo pobre del sur que se devoró a los ricos del norte. Le dio incesantes alegrías a un pueblo napolitano vencido, que precisaba saciar esa infelicidad social.
. Con la meta de salvarse del descenso, Napoli cumplió con creces de la mano del argentino, quien fue el tercer goleador del Calcio con 14 goles.
. Además, en 1989 volvió a dar otro golpe en Europa con la camiseta celeste: campeón de la Copa UEFA. La gloria en un solo club, la magia en un solo pie, ese zurdo de rulos morochos que enloqueció y enfervorizó a los napolitanos, que les devolvió la alegría en forma de pelota. Hoy y siempre, Nápoles lo amará como a su mejor héroe, como al mejor representante de ese sector pobre de Italia, que resurgió de las cenizas para cachetear a los del norte y mojarle la oreja a los grandes de Europa.
Su crecimiento a pasos agigantados en la Primera de Argentinos lo llevaron a la Selección.
Entró en el segundo tiempo en reemplazo de Leopoldo Jacinto Luque. Argentina ganó 5-1 y ese día, con la 19 en la espalda, recibió la primera ovación con la albiceleste.
La mayor frustración fue al año siguiente. El Mundial se jugaba en Argentina y Maradona, en pleno crecimiento en Argentinos, sabía que era número puesto para ocupar un lugar en el plantel que jugaría la Copa del Mundo.
. Un golpe que marcaba una incógnita de asimilación en la vida del astro.
En 1979 disputó el Mundial Juvenil de Japón. Junto a Ramón Díaz, Gabriel Calderón y Juan Barbas, entre otros, hicieron madrugar a todos los argentinos. El grado de somnolencia valió la pena.
Anotó seis goles en la misma cantidad de encuentro y deleitó a los fríos japoneses que llenaron los estadios para ver a la Argentina de Menotti y Duchini.
Luego llegaron los Mundiales con la mayor. En 1982 fue a España, con la guerra de Malvinas desatada del otro lado del mapa, pero la FIFA insistió que la pelota debía rodar. Argentina llegó confiada con la obtención de la primera Copa del Mundo en el ?78, pero se fue humillada por Brasil en la segunda ronda.
. Fue el más golpeado del Mundial, pero para los habilidosos no hay piedad. Se fue con la cabeza gacha, jurando una venganza que no tardaría en llegar.
Se vuelca casi imposible encontrar nuevas palabras para describir el Mundial de México ?86. La Selección de Carlos Bilardo llegaba por la ventana, con serias dudas y un equipo que no brindaba ilusiones. Pero Maradona, por entonces sin un brillo propio con la celeste y blanca, se vistió de ángel y desplegó sus alas en todo su esplendor.
. De su mano, valga la redundancia, Argentina se quedó con su segundo título mundial. Transformó ciento de patadas en goles de todos los colores, transmitió una energía motivadora, contagió un hambre de gloria absoluto en un plantel que lo tomó como líder. Convirtió el mejor gol de la historia y edificó una actuación memorable, la mejor actuación individual de todos los Mundiales.
En Italia 1990 el pueblo argentino lloró al son de sus lágrimas. Insultó a los italianos al ritmo de sus labios, sufrió con ese tobillo en forma de melón y castigó con maldiciones a sus detractores. Maradona llegó a esa Copa como la estampita santificada de cada uno de los argentinos, que gozaron con el triunfo ante Brasil y golpearon sus puños con las decisiones de Codesal en la final.
El golpe más duro y el final menos imaginado llegó en Estados Unidos 1994. Luego de un tiempo fuera de la Selección volvió a para poner el hombro en un repechaje contra Australia. Se sufrió para llegar al norte, pero se logró, con Alfio Basile como entrenador.
El equipo debutó con un triunfazo ante Grecia y esa cara que quedará grabada por siempre en un festejo alocado, lleno de alegría y desatando la furia contenida para poner el tercero del definitivo 4-0. Luego llegó la trabajada victoria ante Nigeria y una tarea superlativa de Maradona. Pero la FIFA, vestida de una enfermera rubia, le cortó las piernas.
Así fue su despedida con la Selección, un epílogo que merecía otro final. Pero Diego siempre fue así, como su carrera, una oscilación constante, una mutación entre el drama y la comedia, entre la complejidad de lo abusivo y el placer del regocijo. Generó odios y adeptos con su personalidad, pero nunca indiferencia.
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