La siguiente es la columna que publicó el diario El Mercurio, el más influyente y tradicional de Chile, que se edita en la capital trasandina:
Cuando los países se enfrascan en interminables y estériles luchas fratricidas terminan por arruinar su futuro. Chile lo sufrió en los 60 y 70, cuando gobierno y oposición se propusieron destruirse mutuamente y lo lograron. Y, de paso, hicieron ruinas la democracia, la economía, la sana convivencia y muchas cosas más.
Casi sin darnos cuenta, la sensatez que había caracterizado a la política chilena dio paso a las pasiones desbordadas; el respeto a la intolerancia; el diálogo a la violencia; la visión de Estado a frases tan aplaudidas como inconducentes. La oposición entendía su rol como ?negarle la sal y el agua al gobierno?; un presidente señaló que no cambiaría una coma de su programa ?ni por un millón de votos?; otro, que ?no era el presidente de todos los chilenos?; y un tercero, que ?en Chile no se movía una hoja sin que lo supiera?. El resultado fueron años de odio, rencor y sufrimiento para millones de chilenos.
Gracias a Dios, aprendimos la lección. A comienzos de los 90, cuando el país enfrentaba el desafío de consolidar su democracia, legitimar la economía social de mercado y conquistar mayores niveles de justicia social, desde Renovación Nacional llamamos a una nueva relación con el gobierno que bautizamos como ?Democracia de los Acuerdos?. Esta permitió desarrollar confianzas mutuas, recuperar la capacidad de diálogo y llegar a acuerdos fecundos que privilegiaban lo mucho que nos unía por sobre lo que nos diferenciaba. Gracias a ello, Chile tuvo una transición pacífica y ejemplar que permitió uno de los períodos de mayor prosperidad y desarrollo en nuestra historia.
Dos décadas después, en el año de nuestro Bicentenario, Chile enfrenta una nueva transición, la transición joven, la transición del futuro, la transición que deberá llevarnos a ser el primer país de América Latina que conquista el desarrollo, supera la pobreza y crea verdaderas oportunidades para todos. Pero, al igual que la transición antigua, la actual requerirá no sólo del coraje y voluntad de nuestros líderes políticos para defender sus convicciones, sino también de mucha sabiduría, prudencia y patriotismo para privilegiar el interés superior de Chile por sobre nuestras legítimas diferencias.
Es por esto que, el mismo día en que los chilenos me honraron eligiéndome Presidente, no sólo asumí el compromiso de hacer un gobierno de unidad nacional para todos sin distinción, sino que, además, hice una invitación amplia a revivir el espíritu de la democracia de los acuerdos. Estas no fueron palabras de buena crianza del candidato ganador. Fueron mucho más que eso. Respondió a una convicción muy íntima que estoy seguro es compartida por la inmensa mayoría de los chilenos: cuando nuestro país se une detrás de objetivos nobles, ambiciosos y factibles, nada ni nadie puede impedirnos alcanzarlos.
¿En qué consiste la democracia de los acuerdos?
Consiste en ponernos metas audaces, que unan y no dividan a los chilenos, detrás de las cuales sumemos los compromisos, aportes y voluntades de todos. En mi opinión estas metas son básicamente cinco: superar la pobreza y las desigualdades excesivas, recuperar la capacidad de crecimiento y creación de empleos; empezar a ganarle la batalla a la delincuencia y el narcotráfico; y mejorar de verdad la calidad y equidad de la salud y la educación.
Metas de esta envergadura requerirán de un gobierno innovador y emprendedor, con voluntad de llegar a acuerdos y respetuoso de la oposición. Pero también de una oposición que actúe siempre con un espíritu leal y constructivo. En dos palabras, un gobierno y una oposición que, desde sus propias convicciones y valores, actúen con la sabiduría necesaria para anteponer los intereses permanentes de Chile y los chilenos por sobre cualquier otra consideración particular o partidista.
Esto no implica confundir los roles del gobierno y la oposición. Por el contrario, para tener una política vigorosa y de calidad es fundamental que cada uno cumpla en plenitud la función que le es propia: gobernar en el caso del primero; fiscalizar con rigor y proponer alternativas en el caso de la segunda. Pero al hacerlo no podemos olvidar que compartimos el mismo objetivo final: que a Chile y los chilenos les vaya mejor.
¿Por qué ahora?
Porque Chile está hoy, como nunca antes, en condiciones de alcanzar estas metas que tan esquivas nos han sido en nuestros 200 años de vida independiente. Y si podemos lograrlas el imperativo deja de ser meramente político y adquiere una connotación moral, no sólo para con las actuales generaciones sino también con aquellas que están por venir. Al fin y al cabo, si no es ahora, ¿cuándo?; y si no somos nosotros, ¿quién?
¿Es posible?
Por supuesto que sí. Chile ya lo intentó, y con éxito, a principios de los 90. No hay ninguna razón para que, veinte años después, no podamos reeditar un clima de entendimiento y respeto muto que nos permita resolver los problemas que le angustian la vida a tantos compatriotas y aprovechar las enormes oportunidades que tenemos por delante.
Sé muy bien que algunos buscarán mil excusas para restarse. Nada nuevo bajo el sol. Pero sé también que son millones las chilenas y chilenos que tienen sus ojos y esperanzas puestas en nosotros y que no merecen ser defraudados. Ellos entienden mejor que nadie que vienen tiempos mejores para Chile. Y saben que, como decía San Agustín, ?los tiempos son como los hacen los hombres. Seamos mejores y los tiempos serán mejores?.
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