A priori, el felino cuenta con agilidad e inteligencia y aguarda agazapado por el momento exacto para atrapar a su presa. El cocodrilo, en cambio, es puro instinto asesino y fuerza bruta en extremo.
Para el jaguar el problema es simple a la hora de reducir a su oponente. Pero para nada fácil: debe evitar ser atacado por los letales dientes del lagarto que lo dejarían sin vida en segundos.
Cuando por el fin el felino lo asalta, lo toma por el cuello, ya no hay vuelta atrás. Simplemente porque, al morderlo con eficacia, lo ahoga en su propio medio de subsistencia: el pantano.
Así, el cachorro de jaguar que está cambiando el pelaje da muestras de su instinto depredador ante los ojos de su madre, que vigila atentamente los movimientos de su cría.
Es el ?gato? entonces quien gana el combate por no conocer el miedo.
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