Además, Teodora de Bizancio pugnó por los derechos de la mujer, aun en esa época. Carismática como pocas, ocupó un lugar central en la escena política cuando todavía quedaban las cenizas del esplendoroso Imperio Romano de Occidente.
La ambición y la lucidez le permitieron a esta cretense o turca (no hay acuerdo sobre su lugar de nacimiento) asesorar a su marido Justiniano.
Teodora venía de una paupérrima familia que debió irse a Constantinopla, capital del imperio bizantino. Allí, el jefe del clan al que pertenecía consiguió un empleo como domador de osos en el circo, pero pronto murió.
Ella era adolescente y fue actriz, y pronto, prostituta, ya que no tenía dotes actorales. Era lo suficientemente descarada ante los hombres, y no tardó en ganarse contactos clave en el lugar. Pronto tuvo racimos de amantes, cuenta la prensa española, que le dieron regalos e ingresos que la sacaron de esa posición social.
Un candidato era gobernador y se la llevó consigo, a un remoto lugar donde olvidara su vida pasada. Pero el hombre la abandonó, alegando que la hija que Teodora esperaba no era de él, y debió volver a Constantinopla para ser hilandera. El taller estaba cerca del palacio de Justiniano, sobrino del emperador y heredero del trono.
Luego, fue sólo azar lo que faltó para contactarla con las elites. Una amiga de ella era amante de un hombre de confianza de Justiniano, y así conoció al futuro emperador, que sencillamente se enamoró de ella.
Luego de meses de romance, Teodora transitaba de los infiernos de la pobreza a los palacios reales. Muerto Justino, Justiniano subió al trono junto a ella, de sólo 27 años.
Hasta entonces, era sólo la historia de una prostituta redimida. Lo que ocurrió después fue lo extraordinario: se convirtió en la mujer más influyente de su época y de la historia.
Magnética, convencía de lo que quería a todo el mundo, y su esposo la dejaba hacer. Aportó sus ideas al Corpus Juris Civilis, el legado legislativo de Justiniano: la igualdad de la mujer, el derecho al divorcio, la prohibición de castigos por adulterio, el reconocimiento de bastardos y defensa de sus derechos de herencia. También penaba violaciones y prohibía la prostitución obligada.
Teodora de Bizancio persiguió a proxenetas y permitió la libertad de culto.
Tuvo sus excesos, como una colosal obra para la que esquiló a los pudientes del reino con tributos altísimos, y fue cómplice de los abusos a algunas poblaciones por parte de su marido el emperador.
Teodora ordenó aplastar un motín y dejó 20.000 muertos. Tuvo cáncer de pecho cerca de los 40 años y murió a los pocos meses. El reinado de Justiniano comenzó, entonces, su declive inexorable.
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