Borges y un libro o la promesa de todos los libros

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Un lector con mayúsculas, Alberto Manguel, se transmuta en cicerone a lo largo de 'Con Borges' ('Chez Borges', Alianza Editorial), un rendido homenaje en forma de ensayo al 'Sumo sacerdote de los lectores', Jorge Luis Borges, el controvertido e indiscutible genio argentino para el que el universo era una biblioteca, y el paraíso, de existir, otra.
 
En apenas 100 páginas limpias de polvo y paja, ilustradas por la magnífica obra fotográfica de Sara Facio, Manguel desata la erudición y amenidad a la que nos tiene acostumbrados (no podemos olvidar su pequeña joya imprescindible para todo buen lector, 'Una historia de la lectura') y nos abre su baúl de los recuerdos para repasar los cuatro años, de 1964 a 1968, en que se convirtió, por casualidad, en un miembro más de la numerosa pléyade de lectores del Borges ya casi ciego. Así, al igual que el resto de esa suerte de pequeños 'Boswells', Manguel tornóse en los ojos y el público privado del maestro bonaerense, y en su actual obra desvela las lecturas y relecturas que compartieron, las conversaciones y reflexiones del creador de 'El Aleph', y las impresiones que le causaron al adolescente Manguel, nacionalizado canadiense pero de origen argentino.
 
Un mundo verbal Sin lugar a dudas Borges, que a los 30 años ya aseguraba sin vergüenza haberlo descubierto todo, gozaba de un vínculo mágico con los libros, amén de una memoria prodigiosa. Su mundo era totalmente verbal, como subraya su trovador para la ocasión: "La música, el color o las formas apenas cabían en él". Y no deja de doler el hecho de escuchar a un argentino insigne que reconoce amar el jazz y detestar a Astor Piazzola, el revolucionario del tango y padre putativo de tantos jazzistas de aquellas tierras, como el magnífico Adrián Iaíes.
 
Sorprende también conocer que la biblioteca de que el maestro disponía en su humilde y oscuro piso bonaerense era exigüa ("cada libro encierra la promesa de todos los libros", solía sentenciar), con total ausencia de los suyos propios, y que ya invidente gozaba de un sexto sentido para deducir el título o la trama de un libro con sólo pasear sus dedos por los lomos de las obras en cualquier librería desconocida. Manguel asegura ser un testigo directo de esta rara habilidad. Borges, asimismo, percibe el mundo como un lector, incluido su círculo de amigos, al que pertenece Adolfo Bioy Casares.
 
De ellos habla a menudo como si pertenecieran al mundo bibliotecario y no al mundo cotidiano. Manguel recuerda que para su admirado maestro la lectura es una forma de ser todos esos hombres que él no sería nunca: hombre de acción, gran amante, valiente guerrero. No cabe duda de que Borges vive su vida a través de la literatura. Y como cualquier otro mortal, hace gala de sus filias y fobias literarias para abominar de Austen, Goethe, Rabelais, Flaubert, Calderón, Stendhal, Zweig, Maupassant, Bocaccio, Proust, Zola, Balzac, Galdós, Lovecraft, Neruda, Alejo Carpentier, Thomas Mann, García Márquez, Jorge Amado, Tolstoi, Lope de Vega, Lorca, Pirandello...
 
Y amar, por otro lado, con la misma pasión con la que odiaba a los anteriores, a Virgilio, Homero, Kipling, Heine, De Quincey, Baudelaire (aunque en sus últimos años de vida lo rechazó), Góngora, Verlaine, Stevenson y Oscar Wilde, por no hablar de las mágicas páginas de 'Las mil y una noches', que reverenciaba. De puntillas No deja de resultar interesante el hecho de que Manguel recuerde que Borges, siempre interesado en sus arquetipos de la memoria, el tiempo y la eternidad, se interese por la religión precisamente porque no cree, al contrario que el resto de los católicos argentinos.
 
Un único pero para acabar. Como el propio homenajeado, esta obra de Manguel atesora territorios oscuros, pocos, sobre los que el autor pasa sin obviarlos, cierto es, pero sin duda de puntillas. En sus páginas se encuentran reseñadas algunas de esas sombras, como la debatida misoginia de Borges, o su racismo pueril, o su apoyo al bando equivocado en grandes y lamentables ocasiones, ya sea con la dictadura chilena de Augusto Pinochet, o ya en su propia casa, con el autócrata no menos sangriento Jorge Rafael Videla.
 
Más tarde, poco antes de morir, rectificaría públicamente (como también hizo su compatriota Ernesto Sábato, autor de un célebre informe sobre los horrores de la dictadura argentina), pidiendo disculpas y firmando una petición en favor de los desaparecidos. Cualquier momento es bueno para retomar a Borges. Una advertencia: tras leer a Manguel, las ganas de escudriñar en su particular y maravilloso universo se ven aumentadas considerablemente.