A un año exacto del fraude electoral que mantuvo a Nicolás Maduro en el poder a costa de la voluntad mayoritaria del pueblo venezolano, el chavismo volvió a recurrir a su guion más conocido: una elección diseñada para simular democracia, sofocar a la oposición legítima y consolidar el control absoluto del poder. Este 27 de julio de 2025, en una jornada marcada por la apatía, la fragmentación opositora y el descrédito internacional, el régimen de Maduro anunció con bombos y platillos su victoria en las elecciones municipales, adjudicándose la mayoría de las 335 alcaldías del país y los casi 2.500 escaños de los consejos municipales.
No hubo sorpresas. Como ha sucedido en las últimas elecciones organizadas por un Consejo Nacional Electoral plegado al Ejecutivo, el proceso estuvo cuidadosamente orquestado para producir el resultado deseado: más poder para Maduro y los suyos, menos espacio para la disidencia política, y la ilusión de una participación ciudadana que en los hechos fue mínima. Una cifra que habla por sí sola.
Las calles vacías, los centros de votación desiertos y el silencio de millones de venezolanos fueron la respuesta más clara a un régimen que ha desvirtuado por completo el valor del sufragio. La ciudadanía no se dejó engañar por el aparato propagandístico del chavismo, ni por la puesta en escena de una supuesta competencia electoral donde la verdadera oposición no estaba invitada. Como ocurrió en los comicios regionales y legislativos de mayo pasado, los principales partidos opositores fueron excluidos, sus candidatos inhabilitados, sus estructuras desmanteladas y sus símbolos usurpados por disidencias funcionales al oficialismo. El resultado fue una elección sin contendientes reales, con una boleta diseñada para simular pluralismo y una institucionalidad electoral convertida en maquinaria de legitimación del régimen.

En esta ocasión, Maduro celebró el supuesto triunfo en la Plaza Bolívar de Caracas, rodeado de simpatizantes traídos por la movilización estatal. Allí anunció que su partido, el PSUV, había ganado 285 de las 335 alcaldías, entre ellas la simbólica Maracaibo, capital del estado Zulia, donde el chavismo logró imponerse tras décadas de resistencia opositora. Carmen Meléndez, la alcaldesa del municipio Libertador de Caracas y figura clave del aparato chavista, fue reelegida, reforzando el control del régimen sobre la sede de los poderes públicos.
En Caracas, sin embargo, la oposición logró retener sus tradicionales bastiones: Gustavo Duque fue reelegido en Chacao, Darwin González en Baruta y Fernando Malena del Movimiento Ecológico ganó en El Hatillo. Esos pequeños espacios, si bien relevantes a nivel simbólico, no alteran el mapa general de poder. El chavismo ha cerrado el círculo: controla la presidencia, la Asamblea Nacional, 23 de las 24 gobernaciones y ahora la mayoría de los municipios. Un dominio total que se sostiene no en la voluntad popular, sino en la manipulación sistemática del proceso electoral.

Este lunes se cumple un año exacto del día en el que Maduro perpetró uno de los fraudes más descarados de la historia venezolana: el robo de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, en las que el verdadero vencedor, Edmundo González, fue despojado del mandato que los venezolanos le otorgaron en las urnas. Aquella jornada histórica, marcada por una participación masiva superior al 70%, fue borrada de un plumazo por el CNE, que proclamó vencedor al dictador en funciones. Desde entonces, el régimen ha intensificado la represión, inhabilitado a líderes opositores, perseguido a periodistas, cooptado estructuras partidarias y fabricado nuevos adversarios funcionales para mantener la ilusión del pluralismo.
Esta nueva farsa electoral municipal fue denunciada por la Plataforma Unitaria Democrática, que advirtió sobre la falta absoluta de condiciones. La abstención fue su forma de protesta, aunque no estuvo exenta de costos. El chavismo aprovechó la fragmentación y promovió la participación de disidentes opositores, otorgándoles unas cuantas alcaldías como parte de una estrategia de división. Maduro los presentó como “la nueva oposición”, un término que en boca del régimen equivale a “oposición controlada”.

En la red social X, María Corina Machado, líder indiscutida de la oposición democrática, escribió: “¿Qué pasó entre el 28 de julio de 2024 y hoy? Ese día, el 70% del país votó por Edmundo González. Hoy, el 90% le dijo NO a Maduro”. Y es cierto: la abstención masiva fue un grito silencioso de rechazo, un boicot colectivo a un régimen que ha vaciado de contenido a la democracia. Pero también evidencia un dilema pendiente: ¿cómo capitalizar políticamente ese rechazo ciudadano, si las vías institucionales están cerradas y el juego político está completamente manipulado?
Desde Washington, el secretario de Estado Marco Rubio fue tajante: “Maduro no es el presidente de Venezuela y su régimen no es un gobierno legítimo”. La comunidad internacional sigue sin reconocer los resultados de las presidenciales de 2024, pero la presión externa, por sí sola, ha demostrado ser insuficiente. Mientras tanto, Maduro se fortalece internamente, recicla sus victorias y prepara nuevos espectáculos electorales para mantener la fachada del poder popular.
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