Por Flavia Tomaello
La riviera francesa tiene ese aroma a lujo que se siente lejano, inalcanzable. Cannes, Niza, Saint Tropez, Antibes … imágenes que se asocian al jet set de todas las épocas. Sin embargo, escondida entre sus entrañas, un destino puede deparar una sorpresa plausible. Con 4 kilómetros de playas y el espíritu sencillo de los pueblos pesqueros, Cagnes-sur-Mer es un destino tentador para la gran mayoría de las familias que, desde otros lugares del país, eligen las playas mediterráneas para su descanso estival.
Con una propuesta muy cercana al concepto de crear un entorno con múltiples atractivos, donde las diferentes edades encuentran intereses para vacacionar, se ha convertido en una alternativa más cercana y asequible, con recorridos históricos, la posibilidad de llegar en tren, caminando, en auto o en bicicleta a su vecina Niza y hacerla un trampolín por la que recorrer las más exclusivas villas cercanas. Un destino poco conocido, con todos los lujos de la Côte d'Azur (Costa Azul, en español) y la vida cotidiana similar a la local costa argentina.
El hecho de que Auguste Renoir se mudara a principios del siglo XX y estableciera allí su residencia definitiva y su taller, atrajo artistas y celebridades. Pronto, este pueblo pintoresco, empezó a ser conocido como "El Montmartre de la Riviera". Ha logrado mantener tradiciones y costumbres marítimas: la Capilla de los Pescadores con sus tonos ocre, avenidas repletas de flores, la Plaza de San Pedro con muchos jugadores de bochas, la Avenida de los Olivos y los mercados con delicatessen de la zona, recién elaboradas bajo las técnicas orgánicas del cultivo a pequeña escala.
La ciudad invita a un buen vivir: moverse, ponerse cómodo, cambiar de paisajes, zambullirse en el mar o trepar a los arboles, jugar al golf o practicar surf, bucear o aprender a cocinar, recorrer la historia palaciega o tomar sol en playas tranquilas y amigables. Pero aún así, para quien desea una experiencia con tintes monegascos está el casino, chefs de culto que preparan cenas lujosas, catas de vinos, spas, shopping tours y autos de lujo para probar en un test drive.
La metamorfosis de Cagnes-sur-Mer
La ciudad está estrenando un landscape totalmente renovado. Su nuevo diseño urbano ha sido diseñado con la sabia estrategia de preservar su esencia y potenciar la calidad vivible del espacio. El carácter sociable de los nuevos ámbitos, la calidad arquitectónica, la prioridad dada a los sitios verdes y de movilidad peatonal y para ciclistas guiaron este vasto programa de renovación.
El centro de la ciudad es el corazón de la actividad comercial que incluye un hotel de cuatro estrellas con la firma del arquitecto Jean-Michel Willmotte.
Cros-de-Cagnes, a un lateral del centro, es el pueblo de pescadores que acaba de cumplir sus 200 años y de donde partió toda la villa. Originalmente inmigrantes genoveses lanzaban sus redes a la bahía de Crossoise, algunos de ellos decidieron anclar y establecerse con sus familias. En esos tiempos se fundaron tradiciones que perduran como la Fiesta del Mar y pescadores a principios del verano, incluyendo el desfile de Saint-Roch, donde hombres del mar ataviados con sus trajes blancos a rayas azules llevan con orgullo su santo patrón, seguido por una gran procesión a la capilla de San Pedro, de alto valor simbólico puesto que fue construida con la participación de los pescadores entre 1862 y 1867.
Haut-de-Cagnes es la zona alta de la ciudad que reúne el oppidum romano antiguo, el pueblo medieval y su castillo con vistas al mar. Aún conserva algunas huellas del paso de las legiones romanas.
Los señores feudales se hacen presentes en este entorno alrededor de la fortaleza construida en el siglo XV por Honoré de Grimaldi, una rama de los descendientes de quienes hoy gobiernan el Principado de Mónaco. Se han creado vínculos especiales entre la "Roca" y esta ciudad. El Príncipe Alberto II de Mónaco visita regularmente Cagnes-sur-Mer en los principales eventos organizados en el Château-Musée Grimaldi.
Pero Haut-de-Cagnes también es un pueblo con historia por descubrir. Se accede en auto, a pie o en bus. La escalada es empinada y los peldaños muchos, pero la vista desde allí es impagable. La visita a los alrededores de la ciudadela medieval sugiere recovecos mágicos, con pequeñas plazas interiores repletas de pequeños bares y restaurantes (algunos de ellos con productos muy exclusivos como las trufas locales) ideales para hacer una escala, tomar o comer algo y disfrutar de la vista.
Pierre-Auguste Renoir, pintor impresionista que murió en esta ciudad en 1919, visitó anualmente la costa durante décadas. De visita en una ocasión tomó conocimiento del peligro que corría el olivar de Domaine des Collettes, al este del pueblo. Compró, entonces, el casco antiguo y estableció allí su residencia definitiva, con bellas vistas al Mediterráneo, un jardín profuso que llenó de flores y donde instaló su taller en el viejo gallinero. La visita al lugar reencuentra con ese tiempo, no sólo accediendo a la obra de sus últimos días que allí se conserva, sino a la propiedad en sí misma que está magníficamente conservada. Es muy profusa la bibliografía dispuesta en el gift shop del museo.
Al alcance de la mano
Uno de los mayores atractivos que ofrece Cagne- sur-Mer en los Alpes marítimos es la combinación entre la accesibilidad de la villa y la cercanía respecto de decenas de localidades atractivas que la rodean.
Niza está a un paso por la Promenade des Anglais. Sea como sea que se la recorra, siempre a la vera del mar Mediterráneo, es un lujo imperdible. Se trata de una ciudad cosmopolita y grande. Es allí donde se encuentra el aeropuerto. Su pista es tan precisa que desde el aire no parece posible que el avión fuera a frenar dentro de ese pequeño guión de tierra rodeada de agua. Sus playas son amplias y concurridas, mientras su ribera está repleta de sitios donde comer o tomar algo con vista al mar.
Hacia el lado contrario se encuentra Villeneuve-Loubet con su Marina de Bie des Anges y el parque natural Vaugrenier. Su castillo data del siglo XIII. Imperdible el único museo de Francia dedicado a su historia gastronómica: el Escoffier, abierto en el sitio de nacimiento de Auguste Escoffier, el revolucionario especialista del arte culinario local. Allí se exponen sus utensilios y menúes.
Antibes, en tanto, a poca distancia de Villeneuve-Loubet, fue un puesto helénico y pasó por manos romanas hasta llegar a los dominios de los Grimaldi. Su centro es un encantador juego de calles entreveradas que encierran pequeñas plazas donde comer sabroso las delicias del mar extraídas allí cerca. Su enorme embarcadero es un desfile inacabable de naves con los orígenes más diversos. Una caminata por allí viendo las más increíbles piezas de navegación es un paseo en sí mismo.
Un tranco más y se llega a la cuna de las fragancias francesas. Grasse es la ciudad donde se desarrolla la novela El perfume de Patrick Süskind y donde murió Edith Piaf. Tiene una tradición comercial que data del medioevo y se consolidó como la industria del aroma por excelencia en el siglo XVIII. Es una urbe importante, con gran desarrollo comercial. Su centro es pintoresco y transitable a pie.
Todo en la ciudad huele bien. Las dos marcas que lideran la presencia perfumista son Fragonard y Galimard. En la primera se puede visitar el museo y tienda y también la vieja fábrica. Tanto en una como en otra se recorre el paso a paso para hacer perfumes y enseñan a producir un perfume propio. La compra infaltable: los perfumes en crema aptos para llevar a todas partes y las bolsitas de lavanda. Un fin de viaje que huele de maravillas.
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