En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, Javier Furman, fisioterapeuta, osteópata y referente en neurociencia aplicada al dolor, analizó el impacto de los hábitos cotidianos en la salud física y emocional. A lo largo de la entrevista, detalló por qué el movimiento es un pilar fundamental, cómo la alimentación puede convertirse en herramienta de prevención frente a la inflamación y cuáles son las claves para gestionar la energía del cuerpo en el día a día.
Además, profundizó en el abordaje personalizado de lesiones y el dolor crónico, cuestionó las creencias instaladas sobre el descanso y los suplementos, y explicó con ejemplos prácticos el rol de la neuroinflamación, la importancia de las mitocondrias y la influencia de la medicina integrativa en la longevidad y el bienestar. El episodio completo puede escucharse en Spotify y YouTube.
Reconocido en Argentina por su labor en fisioterapia y osteopatía, Javier Furman dirige la clínica Furman Salud, donde desarrolla un enfoque integral que articula medicina integrativa y neurociencia aplicada al dolor. Su trabajo se basa en la combinación de terapias manuales, estrategias educativas sobre el dolor y tratamientos complementarios orientados tanto a la recuperación de lesiones como a la optimización del rendimiento físico.
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—¿Por cuál de estos temas que abordas preferís comenzar: nutrición, deporte o salud?
—A mí siempre me va a gustar más el movimiento, el deporte. Yo creo que es el pilar fundamental de la vida, de la salud y de lo que una persona tiene que hacer para poder tener las herramientas de salud. El órgano endocrino más potente es el músculo. Ni el cerebro, ni el hígado, ni el corazón: el músculo. Así que, movámonos.
—¿Cuál considerás que es la problemática más frecuente relacionada con el movimiento en la sociedad actual?
—Una problemática frecuente es que la gente tiene la errónea sensación de que puede elegir. No puede elegir. Si no te movés, nunca vas a ser saludable. Dentro de lo que es movimiento tenés actividad física, actividad deportiva o ejercicio. Hay que moverse haciendo fuerza, hay que esforzarse. En el gimnasio, entrenando o en el deporte, no es solo para disfrutar. Lo digo también un poco exagerando, pero también es para exigirse, porque cuando uno hace ejercicio con mucha fuerza y, sobre todo, esforzándose, está activando muchas estructuras físico-químicas que van a darnos salud.
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—¿Cómo se puede identificar si la rutina de entrenamiento es realmente efectiva? ¿A qué te referís cuando hablás de “pasarla mal” durante el ejercicio? ¿Cómo es tu propia rutina?
—Por ejemplo, te das cuenta si estás haciendo las cosas bien en el gimnasio por la cara. Las personas que van por compromiso levantan una pesa, están en la caminadora con el teléfono o charlan con alguien durante horas. Quien va a entrenar pone cara de esfuerzo; se le arruga la cara. Fuerza. Eso es lo que tenemos que hacer en el gimnasio: exigirse en el buen sentido, hacer fuerza, ir a entrenar y salir diciendo: “Hoy hice un entrenamiento de fuerza, hoy mis músculos tuvieron un estímulo”.
Mi rutina es ir a entrenar. Obviamente, tengo amigos y jugamos al pádel, que está de moda y te afecta las rodillas, las cervicales y todo, pero me encanta jugar con ellos. También jugamos al fútbol; soy muy malo, pero me invitan igual porque me quieren o quieren criticarme, pero jugamos al fútbol. A mí me gusta el gimnasio. Voy de cuatro a cinco veces por semana y hago fuerza.
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—¿Da igual si el trabajo de fuerza se realiza en un deporte, en crossfit o en el gimnasio?
—No, no da igual. Ahí es donde tenemos que individualizar. Es en ese punto donde las redes sociales fallan, cuando aparece, por ejemplo, un influencer. Irónicamente, menciono al influencer, pero no al que realmente busca influenciar para que los demás hagan las cosas bien, sino al que solo quiere llamar la atención. Dice: “Lo voy a imitar” y se mete en una clase de crossfit y se lastima. Tenemos que particularizar: para quién es el ejercicio y qué tipo de ejercicio corresponde. Por ejemplo, para vos no va a ser, de ninguna manera, el mismo ejercicio que para mí. Hay que buscar algo que a vos te fortalezca.
—¿Qué preguntas considerás necesarias para definir cuál es el ejercicio físico adecuado para una persona y diferenciarlo de lo que puede funcionar para vos?
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—Por supuesto que te haría preguntas: cuál es tu objetivo, cuál es tu propósito, qué querés lograr, por qué decidiste entrenar. No es lo mismo alguien que diga: “Vengo a entrenar porque quiero verme mejor, porque quiero conquistar a alguien o tener mejor aspecto físico”, que una persona que dice: “Quiero estar más sana para ser madre”. Son dos situaciones y dos entrenamientos completamente diferentes; podría darte mil ejemplos.
Ahora, más allá de lo que conversemos, necesito observarte. Realizaría un análisis de sangre completo, incluso un estudio genético si fuera necesario. Analizaría tu materia fecal al microscopio, un cabello para un estudio genético, tus uñas y saliva. Te haría un examen como una espectrofotometría, para ver a través de lo que elimina la piel cómo estás respecto a metales pesados, oligoelementos, vitaminas y minerales. Con toda esa información, sé qué necesitás para después poder avanzar. Primero tenés que nutrirte y, recién ahí, invertir esa nutrición.
—¿Podrías dar dos ejemplos de cómo los resultados de esos estudios pueden derivar en recomendaciones diferentes?
—El ejemplo número uno es la persona que fue a hacerse un estudio, le dio mal y se asustó. Además, una persona que se hace un estudio y le da mal suele ser alguien que no tiene energía mitocondrial. Si querés, después hablamos más sobre las mitocondrias, que ahora también es un tema de moda. Como no tiene energía y los resultados de colesterol, cortisol, insulina o glucemia le dieron mal, se asusta y piensa: “Tengo riesgo de vida”. Entonces consulta: “¿Qué tengo que mejorar?”. Ese es el primer ejemplo, el que va a cambiar por una necesidad, entre comillas, por miedo.
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El otro caso es el que busca un cambio por un propósito. Lo que más observo es la persona que se divorcia o se separa y quiere volver a empezar, necesita ponerse a punto.
No quiero ser autorreferencial, pero considero que es importante mencionarlo. Obviamente, estudio y antes era un coleccionista de estudios científicos. Ahora, con la inteligencia artificial, todo está cambiando. Sin embargo, mi aporte más importante, al menos desde mi perspectiva, está en la experiencia clínica. Atiendo a muchos pacientes desde hace años y eso me da la experiencia de saber qué quieren, qué necesitan y cómo pueden lograrlo, o al menos qué hay que hacer para intentar conseguirlo.
—¿Cómo los análisis de cabello, uñas, microbiota o genéticos te orientan para indicar un tipo de ejercicio físico específico?
—Voy a seguir con el ejemplo. Una persona con sobrepeso y sin buenos hábitos de vida se realiza un análisis de sangre y obtiene resultados desfavorables, sobre todo en glucosa o glucemia (azúcar en sangre) y colesteroles (grasas), que son saludables pero a menudo se demonizan. Eventualmente, aparecen alteraciones en las transaminasas, que son las enzimas que libera el hígado al torrente sanguíneo y que podemos observar en los análisis. Ese es un perfil a trabajar: el que tiene resultados alterados en el análisis de sangre.
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Por otro lado, está quien busca mejorar su cuestión genética. Esta persona se hace un estudio genético para entender su potencial y llevar su salud a otro nivel. En ese caso, analizaría un cabello o materia fecal para evaluar la microbiota. Ahora muchos hablan del SIBO, la microbiota o el microbioma digestivo, pero pocos lo miden. Muchos recomiendan tomar probióticos, aunque, en mi experiencia, a algunos pacientes los probióticos les resultaron perjudiciales porque no midieron qué les faltaba, solo siguieron al influencer de turno. Por eso, tomaría muestras de cabello, materia fecal o realizaría una espectrofotometría, y así potenciaría a la persona para que logre más músculo, más fuerza, más energía y un mejor rendimiento.
—¿Cómo influye la información de la microbiota en la elección de una dieta adecuada para cada persona?
—Entonces, continúo con el hilo en base al ejemplo. Fui entendiendo la idea de lo que me fuiste diciendo y lo armo según lo que estuvimos construyendo, porque considero que sigue siendo útil. Una persona que consulta por inflamación —imaginate a un varón con una barriga inflamada, la típica persona barrigona— ya está mostrando signos de inflamación. A esa persona habrá que limitarle ciertos alimentos. En cambio, si se trata de alguien que está bien pero quiere potenciarse, habrá que agregarle cosas.
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En cuanto a la alimentación, diste en un punto clave. Estoy dejando de indicar suplementos. Antes, sobre todo junto a Marquitos Apud, decíamos que en la actualidad nadie podía estar sano sin suplementos. En parte lo sigo creyendo, pero también pienso que la alimentación es la herramienta, la llave maestra.
Una persona inflamada debe dejar de consumir harinas o, al menos, modificar el tipo de harinas que consume. Las harinas refinadas no son una opción para ese perfil. Sobre los azúcares, hay que identificar cuáles sí y, sobre todo, cuáles no. Si hablamos de leche de vaca o de carnes —que son muy importantes; yo soy muy carnívoro—, hay personas a las que la carne no les resulta bien.
En el otro perfil, el que busca potenciarse, deberá consumir mucha proteína y reforzar su alimentación, incluso con algunos carbohidratos que pueden ser algo tóxicos, pero que esa persona va a poder aprovechar. Por eso, considero que la alimentación es el pilar fundamental en la modernidad.
—Sobre los suplementos, ¿cuáles considerás realmente necesarios para quienes llevan una dieta saludable y cuáles pueden ser útiles en casos particulares, como la suplementación con colágeno a partir de cierta edad?
—Mi respuesta puede resultar un poco incómoda. Podría hablarte de la creatina o del magnesio, que es tan importante. Si consultás con Antonio Valenzuela, otro gran amigo, él lo ve desde un enfoque más cuántico. Pero llegó el momento de cambiar la mirada. Tenemos que priorizar a la persona individualizada. No se puede seguir diciendo “el magnesio es bueno” sin especificar para quién.
Recién mencionaste que dejamos de producir colágeno. ¿Quién lo deja de producir? Cuando se habla de edad y de una proteína, como ahora, hay que pensar en quién aplica. Por tu color de pelo, ojos y piel, ya puedo intuir cómo va a expresarse tu genética. Yo también soy de piel clara, más caucásico. Una persona de piel oscura no va a perder colágeno de la misma manera.
Si llevás una vida saludable, con ejercicio de fuerza, entrenamiento, compromiso, determinación, una alimentación saludable y, lo más importante, un buen manejo del cortisol, vas a mantener el colágeno toda la vida. Hay gente cuya edad cuesta creer porque se ve muy bien, y también sucede lo contrario.
Si hacés todo bien, pero usás esa energía en la hiperactividad mental, que no es buena, en la juventud podés tolerarlo. Pero llega un momento en el que hay que decidir: o alimentás tus tejidos porque la edad empezó a disminuir la síntesis de colágeno, o bajás un cambio y le das más energía a tu piel. Es solo un ejemplo sobre el colágeno.
—¿En algún momento hay que elegir entre mantener un alto nivel de actividad mental y reparar el organismo?
—Sí, cien por ciento la respuesta es sí. No hay forma. Aquellos que dicen “soy un workaholic, me encanta trabajar, disfruto trabajando y cuanto más, mejor”, no están en lo cierto, porque la energía es una sola. Si hablamos de energía, nos referimos a la función mitocondrial. Quiero aclarar que cada célula tiene un orgánulo en su interior. Así como el teléfono celular tiene su batería, las células tienen las mitocondrias, que producen energía y también generan agua, agua real, no destilada. Muchas veces consumimos aguas sin minerales ni nutrientes.
En promedio, porque no se puede hablar individualmente de todas las personas, aproximadamente entre los treinta y cinco y cuarenta y cinco años, más cerca de los cuarenta, hay que bajar un cambio, porque ahí todo empieza a ser más selectivo. Entonces, sí, es necesario empezar a usar menos la cabeza para poder reparar mejor la piel, los órganos internos o el sueño.
—¿Qué significa para vos “usar menos la cabeza”? ¿Cuáles son los principales estresores y cómo afectan el bienestar?
—Me voy a sonar a mi papá, ¿no? Pero ya lo vas a entender. Hay una parte de la vida —esto es biología pura, biología evolutiva— que no depende solo de la experiencia individual, sino de lo que construimos a lo largo de millones de años. Hay un momento para crecer, otro para aprender, otro para construir y después para sostener. Luego llega otra etapa de supervivencia, especialmente en la vejez.
Hay un punto en el que uno tiene que saber decir “así es suficiente”. No se trata de conformarse con lo que tocó, ni de resignarse a poco. Llegá hasta donde quieras, pero a los cuarenta hay que bajar un cambio. Si no, vas a seguir produciendo y persiguiendo tus sueños, pero tu cuerpo también necesita esa energía. No existe la posibilidad de ser muy productiva y, al mismo tiempo, ser realmente constructiva a nivel físico. Es una cosa o la otra. Con el sueño pasa lo mismo: o descansás o reparás, pero no se pueden hacer ambas cosas al mismo tiempo.
—¿Qué diferencia hay entre una noche de descanso y una de reparación?
—El cuerpo va eligiendo qué necesita. Por ejemplo, como te contaba, volví de un viaje y me reprogramaron el vuelo, fue estresante. No fue tan grave, pero al final del viaje sentís el cansancio. Llegué, me acosté y me dormí enseguida. No soñé nada. Tampoco cené, porque si comía, mi cuerpo iba a estar más ocupado en digerir que en descansar. Sentí que me levanté descansado y recuperé energía.
En otros momentos, si sufrís un golpe, una indigestión o algún problema, el cuerpo durante la noche va a reparar tejido. No vas a descansar profundamente y te vas a despertar más cansado, pero más reparado. Ambas situaciones pueden ocurrir al dormir, siempre en presencia de melatonina y, como mencionábamos antes, en ausencia de cortisol.
Si estás con un proyecto que te entusiasma y pensás: “Mañana tengo una entrevista con Javier Furman y me apasiona”, vas a estar generando cortisol durante la noche, lo que no te permitirá ni descansar ni reparar. Por eso, en cierto momento de la edad biológica, es necesario bajar un cambio.
—¿Cómo afectan los hábitos y el estrés al proceso de reparación con el paso del tiempo?
—Cambia según la persona. Cada caso es diferente. No es lo mismo alguien que todos los días cena pizza que quien hace una sola comida sana al día; esta última tendrá mayor capacidad de reparación. Una persona con vida saludable y ejercicio físico dedicará la noche a reparar y construir músculo. En cambio, alguien con muchos problemas laborales o económicos usará la noche para desagotar el cerebro. El sistema glinfático, que seguramente conversaste con Antonio, es el responsable del bombeo de toxinas cerebrales y solo funciona durante la noche.
Cada persona elige, incluso de manera inconsciente. Un niño, por ejemplo, un día puede crecer en los miembros superiores, otro día en los miembros inferiores, otro día en el torso o incluso enfermarse para asimilar un virus pendiente. En cada persona es completamente distinto, pero en todos los casos la noche es 100 % necesaria para un propósito. Está esa gente que dice: “Voy a dormir cuando esté muerto” o “para qué dormir ahora, ahora hay que vivir”. No es así. Dormir no es emular la muerte. Dormir es el proceso de reparación que permite disfrutar lo que hacés durante el día. Si no, no vas a disfrutarlo.
—Si una persona entrena regularmente y utiliza la noche para reparar fibras musculares, ¿eso significa que nunca descansa realmente?
—Si no entrenás y hoy vas y hacés mucho ejercicio, vas a romper fibras. Entonces, vas a estar varias noches reparando. Después, lo que vas a hacer es construir. No es lo mismo. No es lo mismo remodelar, mantener. Yo, por ejemplo, tengo este vaso, lo tengo a la mitad de agua. No es lo mismo que me tome toda el agua y después tenga que llenar todo el vaso a que vaya llenando de a poquito, voy tomando un poquito y voy llenando.
Es mantenimiento contra reconstrucción. No es lo mismo una persona que se golpeó o se esguinzó o se fracturó: va a estar reparando eso. La energía es una sola. Si vos estás tranquila, relajada, sin ningún tipo de proyectos, aburrida y vas a hacer ejercicio, esa noche vas a reparar mejor.
—¿En qué actividades identificás un gasto innecesario de energía y qué podemos hacer para cuidarla?
—Creo que la alimentación es el ejemplo más claro de un factor global. La alimentación nos proporciona la energía para construir, hacer, pensar o, en cambio, puede aportar un tóxico que después debemos eliminar. Es un arma de doble filo que se puede usar a favor o en contra. Si la usamos a favor, es probable que, al llegar la noche, tengamos toda la energía; si no, estaremos en proceso de desintoxicación.
Cada vez que comés algo, sea lo que sea, todo el sistema inmunitario revisa qué es. Antes podíamos consumir un animal muerto y en mal estado, o algo saludable, pero en ambos casos el sistema inmune debía protegernos. Ese sistema, al intentar identificar si lo que ingerimos es saludable o tóxico, demanda energía, que siempre proviene del mismo lugar. Todo sale del mismo lugar.
—¿Cuáles son, según tu experiencia, los principales alimentos que causan inflamación? ¿Las harinas refinadas, el gluten, los azúcares y la leche de vaca son los principales responsables?
—La comida es fundamental y el gluten forma parte de ella. No existe nada completamente sin gluten; ya estamos acostumbrados hace años y se puede utilizar el gluten. El problema es el gluten refinado junto con harinas refinadas: esa combinación es un tóxico, no un alimento. Si me decís “es un alimento con gluten”, está bien. Si decís “es un tóxico con gluten”, entonces se vuelve aún peor.
Si una persona sabe cocinar —que, te aseguro, es el 1% como mucho—, puede utilizar bien el gluten. La mayoría, si busca desinflamarse, debe evitar el gluten, las harinas blancas refinadas y la leche de vaca. La leche de vaca no es para todos. A veces se dice que tiene calcio o proteínas, pero existen otras leches que no contienen la caseína que puede resultar perjudicial.
Por otro lado, me cansé de que la gente llegue a la consulta con veinte frascos de suplementos; literalmente, llegué a contar hasta veintisiete. Una persona me trajo veintisiete frascos y me dijo: “Vengo para que me ordenes cómo tomarlos”. Le saqué todo y solo le dejé la creatina. No es ironía; realmente lo que estaba tomando no le servía.
Tengo el caso de un paciente cuya esposa tiene Alzheimer y le daban una cantidad enorme de suplementos. Lo tengo registrado porque fue una videoconsulta. Cuando terminó de contarme todo, le llevó diez minutos y, al final, le pregunté: “¿Y cómo está ella?” y me respondió: “Cada vez peor”.
—¿Cómo es tu alimentación diaria? ¿Sos estricto con tus elecciones y horarios?
—No soy el mejor ejemplo. Soy un poco estructurado. No tengo un trastorno ni soy obsesivo, pero sí repetitivo. Desayuno prácticamente todos los días lo mismo: siempre huevo, tres unidades. El huevo se come entero, siempre. Solo se recomienda quitar la yema si cae mal, algo que puede suceder por una cuestión genética o digestiva.
Incluyo palta (aguacate, avocado, según el país). El pan lo hago yo mismo, con harina de trigo sarraceno. Aunque se llame trigo, tiene muchas proteínas y es muy bueno. También tomo café; soy muy fanático, lo aprendí de Antonio. El café tiene muchos beneficios y no acepto críticas al respecto. Un buen café no genera problemas hasta las cuatro o cinco de la tarde; después puede afectar el sueño, aunque a veces también tomo café de noche porque me gusta mucho.
—¿Seguís alguna recomendación particular sobre el horario para tomar café?
—El café tiene la particularidad de aumentar el pico de cortisol. Si lo tomás apenas te levantás —como quienes dicen: “Hasta que no me tomo el café, no me despierto”—, eso puede ser un problema, porque indica que estuviste estresado durante la noche y, al despertar, el pico de cortisol fue insuficiente. Eso es lo primero que habría que revisar. Cuando hay una sensación de malestar, siempre hay algo que analizar. Si tomás café en ese momento, empujás el pico de cortisol de manera artificial. Luego, ese pico puede caer antes de tiempo o sostenerse en un nivel en el que falta energía.
Lo ideal sería esperar una hora o dos y exponerse al sol. No es lo mismo despertarse y quedarse una hora en la habitación a oscuras antes de tomar café, que estar quince minutos al sol, lo cual ya ayuda a elevar el cortisol de manera natural. No hay que ser tan estricto, pero estos detalles marcan una diferencia.
—¿Cómo elegís las proteínas y acompañamientos en tus comidas principales?
—Me gusta mucho la carne, aunque también tiene sus particularidades. La carne de vaca, de res, las carnes rojas en general, contienen un ácido llamado siálico —para quienes quieran buscarlo, se llama Neu5Gc—, que ya no tenemos la capacidad de digerir. Antes sí, ahora no. Una persona sana puede eliminarlo sin problemas, pero una persona con alguna enfermedad podría transformar ese compuesto en una célula cancerígena. Por eso, en personas con algún tipo de inflamación, conviene reducir el consumo de carnes rojas o, al menos, consumirlas durante el día, ya que de noche...
—¿Cómo organizás tus comidas a lo largo del día?
—Desayuno y hago dos comidas al día, aunque no les pongo nombre. Generalmente, realizo una comida a las diez y media de la mañana. Soy bastante estructurado: a esa hora desayuno. La segunda comida es a las siete o siete y media de la tarde. Hago dos comidas por día porque, si como menos, pierdo tejido por ser muy delgado, y si como de más, me siento mal.
Por lo general, incluyo salmón en el desayuno, junto con lo que ya mencioné antes. A la noche o a la tarde, agrego carne, pollo o pescado. Y siempre, chocolate. Elijo el chocolate más amargo posible. No voy a ser hipócrita: a veces como chocolate, pero no me como la tableta entera. Trato de elegir el que no tiene azúcar y tiene alto contenido de cacao, aunque, si quiero comer chocolate, lo hago. Si son las ocho de la noche, es viernes o sábado y quiero un chocolate con café, lo disfruto, aunque sepa que esa noche quizá no duerma bien.
Priorizo ese momento. Me volví un fanático del ahorro de energía. Puse mi fisiología en modo ahorro, como el botón del teléfono, y la estoy pasando bárbaro. Nunca me sentí tan bien como ahora, al aceptar cosas cotidianas: si se vuelca el vaso de agua, ¿es un problema? No. Listo. Ayer, cuando me cancelaron el vuelo, me pregunté: “¿Puedo hacer algo para cambiar esto? No. Bueno, ya está”. Hay que entender que pesar la comida o obsesionarse con qué tomar o qué comer para ser más saludable, no es el camino. El verdadero mecanismo es el ahorro de energía.
—¿Este enfoque de ahorro de energía lo aplicás hace poco? ¿Sos así desde siempre?
—Sí, hace muy poco. La última vez que nos vimos, ya lo había empezado a señalar y estábamos trabajando mucho en alimentación. Trabajo mucho la alimentación con mis pacientes y, a veces, ni siquiera es necesario un tratamiento. Solo indicando qué no comer y qué sí comer, porque existen muchos niveles. Puedo decirte qué comprar, cómo elegir los alimentos, cómo combinarlos, cómo cocinarlos, en qué momento comerlos o incluso qué día de la semana. Puedo estructurarte toda la semana, pero, solo con definir qué no comer y qué sí comer, ya es mucho.
A partir de ahí, y en relación a la energía, que es lo que me preguntás, esto empecé a implementarlo hace aproximadamente un año. Utilicé una frase que mencioné antes: “Así ya es suficiente”. Llegó un momento en que hice cuentas y pensé: “Con lo que tengo, dejando de lado la familia, la salud y el amor, que son fundamentales, hablemos solo de trabajo y economía. No manejo un Mercedes-Benz, pero así es suficiente”. Nunca me sentí tan bien como ahora.
—¿Qué cosas dejaste de hacer que antes te consumían energía y ya no forman parte de tus prioridades?
—Esto tiene que ver con lo que mencionaba antes. Me entusiasmaban mucho los proyectos. Todos los días, imaginate: estamos presentes en redes sociales, atendemos personas y, al menos dos veces por semana, alguien viene al consultorio o me llama para ofrecerme el “negocio de mi vida”. “Tengo el negocio, esto nos va a servir a los dos”. Ahora ya no me ocupo de eso, tengo a alguien que lo gestiona, pero decidí cerrar la persiana a los proyectos nuevos.
Solo hago excepciones si viene Sebastián, Antonio o alguno de mis amigos y lo hacemos juntos porque realmente me da placer. Ya no doy lugar a proyectos nuevos que puedan generarme un beneficio económico extra.
—Hoy estás más enfocado en tu bienestar y en actividades que disfrutás. ¿Eso implicó un cambio de prioridades?
—Si lo pensás, ¿para qué? Supongamos que te propongo: “Mili, tenés este programa donde te van a pagar mucho dinero por cada emisión y, además, te dará fama”. Vas a pensar: “Listo, más dinero, más fama, voy a tener todo lo que quiero”. Pero, al final, ¿vas a usar esos recursos para sentirte mejor? ¿Y si te dijera que eso es posible ahora? Cuando hago esto, la gente de mi entorno me dice: “Parecés un pastor”. No quiero serlo. Lo que ocurre es que a mí me funcionó. Decidí: “Voy a ganar menos, voy a consumir menos y me siento mejor”.
Lo mismo sucede con la salud y la comida. Si te pongo delante un plato exquisito, refinado, muy rico pero tóxico, vas a elegir comerlo por el placer hedónico, por la palatabilidad, vas a disfrutarlo en el momento, pero después eso es un tóxico. Elegís el placer inmediato y luego tenés que trabajar para eliminar ese efecto. Si te tomás el trabajo de reentrenarte y entendés que podés disfrutar igual, no es un mensaje de pastor, es una experiencia real. El cambio implica un proceso, pueden ser dos años de reentrenamiento a nivel de sabor. Llega un momento en el que vas a disfrutar de la alimentación saludable igual que de la pizza más rica y tóxica del planeta.
—¿Cómo se puede mejorar el diálogo interno para generar nuevos hábitos saludables?
—Tiene que haber siempre un propósito. El objetivo debe ser claro y determinante. Como mencionamos antes, puede surgir por un susto o miedo —por ejemplo, enterarte de que tenés los triglicéridos en quinientos y el cardiólogo te advierte sobre el riesgo de vida— o por una decisión personal, como ser madre.
Hace poco atendí a una señora que me dijo: “Toda mi vida hice lo que quise, pero ahora voy a ser abuela y quiero disfrutar de mi nieta, quiero estar bien. ¿Qué hago?”. Armamos un tratamiento para que no tuviera dolor, para que ganara fuerza y fuera saludable, con energía suficiente. Así, ella cumplió su objetivo, que era distinto a los habituales. También atendí a otra persona que vino diciendo: “Estoy cansada de sufrir”. El objetivo siempre debe estar presente y es fundamental tomarlo como punto de apoyo para llevar el propósito a la realidad.
— ¿Es normal que aparezcan dolores físicos a medida que pasa el tiempo?
—Cien por ciento no. El dolor es una situación muy particular y quiero expresarlo con claridad porque es un tema clave. Una persona que consulta con dolor espera una respuesta coherente. El dolor es una estrategia a futuro: el cerebro lo interpreta para saber cómo actuar. No es sufrimiento en sí mismo. El dolor se asocia al sufrimiento porque es una sensación desagradable, pero solo debería durar dos o tres días, el tiempo suficiente para decidir qué hacer luego.
Una persona con cien años no tiene por qué tener dolor. El dolor debe aparecer solo en momentos puntuales y preceder a la inflamación. Primero aparece el dolor, luego la inflamación y, finalmente, la reparación. Es cierto que una persona de sesenta y cinco años no se regenera igual que una de veinte; la regeneración será más lenta o menos eficiente, pero el dolor no debe estar presente de forma constante.
—¿El dolor que dura más de tres días siempre indica un problema subyacente? ¿Qué opinás sobre el uso de antiinflamatorios en estos casos?
—Imaginá a una persona que te escucha, lleva un año con dolor y piensa: “¿Cómo?”. Pero es así. El dolor es un momento de interpretación. No existen sensores específicos de dolor, sino receptores. Si me golpeo un dedo, lo que percibo son muchas señales que llegan a la médula espinal, suben al cerebro y allí el cerebro evalúa: golpe, compresión, corte, sangre. El aviso de que algo anda mal llega en forma de dolor.
El dolor hace que no utilicemos esa parte del cuerpo. Cuando el organismo ya comprendió la señal y empezó a reparar —es decir, cuando comienza el proceso de inflamación— el dolor debe retirarse. Si, en medio de ese proceso, tomás un antiinflamatorio, nunca vas a reparar correctamente. Te quedás sin dolor, pero también sin reparación, lo que hace que la recuperación sea tosca, ineficiente o insuficiente.
Hay una frase que suele caer mal, lo noto cuando doy charlas y veo la reacción de la gente, pero hay que aprender a sufrir. Si te golpeaste, te esguinzaste, te caíste o sentís dolor por algún motivo, es un momento que va a pasar. Durante mucho tiempo estuvimos obsesionados con calmar el dolor, quitar la inflamación y frenar la evolución. Pero debemos entender que el proceso es así.
—¿Esta lógica se aplica también a síntomas como fiebre o dolores por gripe? ¿Cómo manejás los medicamentos en estos casos?
—En un momento hablaste de “contar con una solución”. No es una solución, es un paliativo. Si tenés que hacer algo importante, por supuesto que lo tomo. Yo también, lo repito, como chocolate: si necesito rendir, recurro a lo que haga falta. Pero, si puedo permitirme el tiempo para reparar, prefiero hacerlo.
Mencionaste la temperatura, la hipertermia o la fiebre. Hay personas que pueden llegar a convulsionar; en esos casos, es necesario tomar medidas para limitarlo. Respecto a los antibióticos, nadie va a estar en contra: los antibióticos nos permitieron seguir evolucionando, de lo contrario, no hubiéramos llegado hasta aquí. Todo tiene excepciones, nada es blanco o negro.
Si tuviste un día difícil y te duele un poco la cabeza, tomar un ibuprofeno está bien. Pero si ante cada problema tomás un antiinflamatorio, o si te duele la garganta y, por evitar un hisopado o una consulta médica, recurrís a un antibiótico, estás generando un trastorno que después vas a pagar.
—¿Cuál sería la solución ahí? ¿Bancar lo que más uno pueda?
—Sí, puedo pasarme cuarenta y ocho horas con fiebre y pensar: “Esto es parte de lo que me toca”. Cuando tengo fiebre —hace mucho que no me pasa— trato de aguantar lo más posible. Solo cuando ya no puedo más, tomo lo que necesite. En ese tiempo en que aguanté, el cuerpo pudo reparar. Al elevar la temperatura, el organismo activa un mecanismo de defensa para eliminar ciertos virus.
—¿El ayuno permite que el cuerpo dedique más energía a la reparación y menos a la digestión? ¿Puede ayudar a resolver problemas crónicos?
—El tema es muy amplio, pero la respuesta es sí. Cuando comés, el cuerpo recibe lo ingerido sin distinguir de inmediato qué es, y el sistema inmune se concentra en el tubo digestivo. Hasta el 80 % del sistema inmune, en la fase postprandial (después de comer), se ubica en el tracto digestivo para analizar si lo que ingeriste es un alimento o un tóxico y actuar en consecuencia. Toda esa energía y ocupación del sistema inmune deja desatendidas otras funciones. No podés defenderte de un virus, reparar un esguince de tobillo, pensar en un proyecto y digerir una pizza con pepperoni y gaseosa, todo al mismo tiempo. Si no comés, el cuerpo utiliza todos los recursos y reservas para lo que es más prioritario.
En el caso de una persona con dependencia de la alimentación —por ejemplo, alguien con abdomen globoso, resistencia a la insulina y metabolismo alterado—, todas las reservas energéticas quedan “encarceladas”. No puede acceder a ellas porque no tiene energía para degradar ese glucógeno acumulado. Por eso, depende solo de lo que come en tiempo real. Si esa persona hace un ayuno, probablemente se sentirá peor.
—¿Por qué creés que muchas personas de más de 75 años viven con dolores persistentes?
—Mi papá tiene setenta y cinco y no siente ningún dolor. Vamos al caso hipotético que planteás, porque entiendo a qué te referís. La realidad es que sí, la mayoría de las personas, a los sesenta y cinco, setenta y cinco o incluso a los veinte, tienen algún dolor. Todo forma parte de lo mismo, y acá es momento de hablar de la mitocondria. La energía es una sola. Si tenés el teléfono con cinco aplicaciones abiertas, vas a consumir más batería. No siempre la solución es cerrar la que más consume, sino alguna, porque quizá la que más batería demanda es la que más necesitás.
Si tenés malos hábitos —sobre todo en alimentación y descanso, que son los dos pilares de la energía— no vas a poder gestionar el dolor de manera sana. Repito para que quede claro: se puede gestionar el dolor de manera sana. El dolor no es malo, es una señal de interpretación y de previsibilidad. Por eso muchas veces se asocia a la ansiedad o la angustia. Si tenés energía, sabés que podés resolverlo.
Volviendo al ejemplo de una persona de sesenta y cinco años a la que le duele la rodilla (algo muy común), si tiene energía, buenos hábitos y buena capacidad neurocognitiva, ese dolor no lo va a sentir con intensidad. Puede jugar con amigos o hacer deporte y sentir algo de molestia, y decidir no exagerar esa actividad. Pero eso no le va a generar angustia, ansiedad ni un dolor incapacitante o persistente. Es mejor hablar de dolor persistente, no crónico. ¿Es común tener dolor? Sí. ¿Cuánto debe durar y cuánta energía debe consumirnos? Lo ideal es que sea breve.
—¿Qué es la neuroinflamación y cómo se diferencia de otras formas de inflamación?
—El cerebro no tiene nociceptores; no puede interpretar si tiene dolor o no. Si sentimos dolor en la mano, el cerebro interpreta que debemos dejar de usarla. Pero como no podemos dejar de utilizar el cerebro, no tiene sentido que tenga receptores de dolor. Por eso, el cerebro tiene dos respuestas principales: inflamación o reconstrucción.
Cuando se inflama, está protegido por una barrera muy potente llamada barrera hematoencefálica, que es altamente selectiva y casi no deja pasar sustancias. Si el cerebro se inflama, se habla de neuroglía proinflamatoria en modo M1. Primero, ocurre la inflamación (M1), y luego pasa a M2 para iniciar la reconstrucción.
Una persona neuroinflamada permanece en modo M1, siempre inflamada, y esa inflamación se incrementa con el tiempo. El único momento en que el cerebro logra desagotar toxinas es durante el sueño. Lo ideal serían ocho horas, sin uso de psicofármacos y con sueño continuo. Sin embargo, dormir ocho horas seguidas sin medicación es difícil.
Cuando el sueño es insuficiente, la persona neuroinflamada acumula toxinas que empiezan a afectar los pensamientos, las sensaciones y los sentimientos.
—¿Dormir bien es la principal herramienta para desinflamar el cerebro? ¿Qué otros hábitos pueden ayudar?
—Si dormís de forma ideal, el cerebro logra desagotar toxinas. Así, la inflamación puede fluctuar, subiendo y bajando. El problema aparece cuando la inflamación siempre aumenta. Un mal descanso es, probablemente, el pilar número uno para la desinflamación cerebral. Por eso, una persona depresiva suele pasar mucho tiempo en la cama: la fisiología la impulsa a dormir, desagotar, descansar, restaurar, reparar y remodelar. Sin embargo, como no pueden dejar de pensar, tampoco logran dormir. No hacen ni una cosa ni la otra y, además, al permanecer en la cama, atrofian los músculos.
—¿Cómo identificás a una persona neuroinflamada y cuál es tu enfoque inicial para tratarla?
—Por los ojos. Los ojos son un apéndice del cerebro, una prolongación directa. Si se extrae el cerebro, los ojos van junto con él. En los ojos ya se pueden notar las ojeras, la mirada, los párpados caídos y la forma de mirar. No es lo mismo mantener una mirada activa mientras hablás, que tener los ojos a media asta, mirar hacia un costado o hacia la puerta, buscando irse. Ese es un signo de una persona neuroinflamada, que se siente encerrada en su propio cerebro.
También se observa a nivel periférico: el color de la piel, la presencia o ausencia de acné. Una persona sin energía lo evidencia, y cualquiera puede verlo en el espejo. Los ojos, la piel y el pelo son fundamentales. Si querés sumar un elemento más, observá las uñas: si son acanaladas, tienen hongos o no crecen, todo eso indica falta de energía y, probablemente, neuroinflamación.
—¿Qué hábitos considerás que se repiten y están errados, sorprendiendo a tus pacientes cuando los corregís en consulta?
—Mucha gente piensa que tomar agua es saludable y se equivoca. El agua hidrata, es fundamental para el colágeno y para mantener los tejidos hidratados. Ahora bien, ¿qué tipo de agua? Muchas personas llevan al gimnasio una botellita de plástico que usan desde hace tiempo; ese plástico libera microplásticos al agua, sobre todo si la dejan al sol en el auto y le ponen agua de filtro. Eso es solo H2O.
Esa agua, tal como entra en el cuerpo, puede ser un problema. Por ósmosis y mecanismos químicos, al no tener minerales ni nutrientes, va a extraer nutrientes de las células para equilibrarse. El cuerpo utiliza sus propios recursos para diluir esa agua y eso puede sobrecargar los riñones, aunque que los riñones trabajen no es negativo en sí. Pero, si tomás agua y a los veinte minutos tenés que ir al baño, esa agua no te hidrató. Es fundamental hidratar el agua adecuadamente para que cumpla su función en el organismo.
—¿Qué le ponés al agua para hidratarte, para que te hidrate?
—Yo uso sal, aunque la mayoría de los profesionales de la salud recomienda agua de mar. A mí el agua de mar no me gusta, me cae mal y me hace sentir raro. Prefiero agregar sal al agua.
— ¿Cómo incorporás este hábito de hidratación en tu rutina diaria?
—A la mañana, apenas me despierto. Dormir equivale a correr dos maratones seguidas en términos de energía. Cuando me levanto después de dormir, por ejemplo, ocho horas, me siento renovado. Tomo unos 150 o 200 ml de agua, le agrego un puñado de sal celta, lo mezclo y lo tomo. Antes esperaba que se disuelva, ahora lo tomo igual, aunque queden pedacitos de sal; no me importa.
— Recién mencionaste que dormir bien es como correr dos maratones. ¿A qué te referís con eso?
—Es la energía que invertimos en todo lo que reparamos, reconstruimos y remodelamos, junto con la acción de la hormona de crecimiento. Cuando vamos al gimnasio y buscamos que el músculo crezca o que el estímulo del entrenamiento tenga efecto, eso solo ocurre durante la noche.
Por ejemplo, si entreno a las 8 o 9 de la noche y tomo creatina, esa energía se va a destinar al crecimiento muscular, la reparación de tejidos, la digestión, la mejora del endotelio o del recubrimiento interno del intestino. Todo ese proceso requiere tanta energía como correr dos maratones. No es la misma calidad ni el mismo tipo de energía, pero sí la misma cantidad.
Por la mañana, después de usar tanta energía, necesito hidratarme. Lo primero que hace un animal al despertar es tomar agua; lo veo en mi perro cada día. Yo también le agrego un poco de sal al agua. Así me hidrato bien. Después espero media hora para no diluir la comida con el agua, porque es preferible comer sin tomar agua. Son detalles que pueden sorprender, pero hacen la diferencia.
—¿Por qué recomendás no tomar agua durante las comidas?
—No es correcto eso de “hay que tomar mucha agua”. Lo ideal es terminar de comer y después tomar agua, porque si no, se altera el proceso digestivo. El estómago contiene ácido clorhídrico, necesario para procesar y degradar la comida. En la boca actúa la saliva y, en el estómago, el ácido clorhídrico. Si comés y tomás agua al mismo tiempo, diluís ese ácido y la digestión es menos eficiente. Ahora, si comés pizza, vas a necesitar tomar agua, porque eso no es un alimento completo y el cuerpo busca “bajarlo” con algo.
—¿En qué aspectos de la vida sos optimista?
—En la inteligencia artificial. Considero que, a partir de la inteligencia artificial, el futuro de la salud va a cambiar. Ya realicé varias capacitaciones aplicadas a salud y veo su potencial. La inteligencia artificial permitirá dejar de depender de algunos profesionales de la salud que solo trabajan por dinero y no priorizan la salud de las personas. Llegará un momento en el que la inteligencia artificial podrá decirnos cómo estamos y qué debemos hacer, de manera gratuita, directamente desde el teléfono y en cualquier momento, incluso recordándonos lo que necesitamos.
—¿Qué avances recientes en inteligencia artificial aplicada a la salud te sorprendieron o motivaron?
—Utilizo la inteligencia artificial de forma muy personalizada. Como mencioné antes, le cargué todos mis conocimientos y sigo incorporando información para lograr que sea lo más precisa posible y evitar que alucine. Por ejemplo, cuando un paciente llega con cincuenta estudios, necesito optimizar el tiempo de la consulta. Los reviso, pero también los cargo en la inteligencia artificial para que los resuma y los incorpore a la historia clínica.
Antes, los resúmenes a veces tenían errores, ahora prácticamente no falla. Además, cuando los estudios incluyen imágenes —porque las cargan las secretarias—, también realiza interpretaciones de resonancias, tomografías, radiografías o ecografías. Esto es muy útil, porque en el futuro, aunque sea un servicio pago, se podrá sacar una foto a un estudio y recibir un análisis: “Tenés una hernia de disco, los tratamientos posibles son estos”.
—¿Cuál es el problema más frecuente que ves en consulta y que puede resolverse rápidamente mediante cambios de hábitos?
—El movimiento. La alimentación es muy difícil, lleva mucho tiempo, se puede, pero lleva mucho tiempo.
—¿Lleva mucho tiempo poder cambiar la alimentación o los efectos se ven rápido?
—No, los efectos son inmediatos. Tengo pacientes que, en un mes de cambiar la alimentación, logran una mejora del 50 al 70 %. Esto es importante: con una alimentación saludable, los resultados llegan rápido. Lo que cuesta es reentrenar las papilas gustativas y la mentalidad. La mala noticia es que, después, no hay retorno. Una vez que te acostumbrás a comer bien, si te sirven una pizza y tenés hambre, no la comés porque sabés que te intoxica y te va a hacer sentir mal. Esa es la mala noticia.
El movimiento es más fácil de incorporar. Se puede empezar de a poco: caminando, subiendo escaleras, usando una caminadora en casa, pasando de estar sentada a pararte más seguido. Es un cambio más accesible y progresivo. El movimiento, creo, es lo más sencillo para empezar.
—¿Qué tipo de actividad física recomendás como primer paso para quienes no están habituados al ejercicio?
—Caminar es una opción fácil y suele gustar a la mayoría. Muchas personas me dicen: “¿Hacés actividad física?” y responden: “Sí, camino”. Eso es actividad, está bien. “¿Hacés ejercicio?” “No, pero camino media hora”. Es movimiento, y prefiero eso antes que nada.
Después, sí es importante incorporar fuerza, pero caminar está bien como inicio. También me gusta mucho el pilates, que en realidad es un entrenamiento de rehabilitación, pero resulta muy útil. El yoga también me resulta muy valioso; no es solo para estirar o meditar. Hay estilos de yoga que requieren mucha fuerza muscular. La calistenia, utilizando el propio peso del cuerpo, también es una excelente opción.
—¿El hot yoga es más exigente a nivel mental y físico que otras actividades?
—El hot yoga es muy intenso. A veces implica un verdadero trabajo mental. Me pasaba lo mismo con el hot yoga que al correr: son ejercicios que requieren atravesar un umbral que, muchas veces, es principalmente mental.
—¿Por qué considerás que correr largas distancias no es tan saludable como otras formas de ejercicio?
—El hot yoga es más saludable en comparación con correr largas distancias. El impacto de correr puede ser beneficioso en pequeñas dosis, pero quienes corren en exceso, como los runners que hacen muchos kilómetros a diario, no suelen ser personas saludables. Exigir al cuerpo con esfuerzos extremos, como correr maratones o practicar fisiculturismo, no es lo mejor para la salud.
El fisiculturismo, además, suele estar asociado al uso de anabólicos y hormonas. Todos los extremos resultan perjudiciales. Las personas que dicen: “Corro diez kilómetros por día” tampoco están en el mejor camino. Siempre recomiendo priorizar la musculación. Correr está bien, pero en moderación: unas tres veces por semana y en cantidades razonables. Excederse no es recomendable.
—¿Por qué diez kilómetros diarios no sería lo mejor, aunque no es un extremo?
—Cuando corrés, utilizás unas fibras musculares que son de mantenimiento, no de exigencia máxima. Es como si este vaso estuviera hecho para sostener agua, pero constantemente le agregás piedras: el vaso resiste, pero está forzado.
Las fibras que se usan para correr a un ritmo constante —por ejemplo, a cinco o cinco y medio—, si se estimulan todos los días durante diez minutos, no generan tanto beneficio si buscás una buena calidad endocrinológica y mental. Los músculos, cuando se trabajan adecuadamente, liberan mioquinas, enzimas y proteínas que actúan directamente en el cerebro y transmiten señales de seguridad, bienestar, serotonina y dopamina: todo lo que buscamos para el equilibrio mental.
—¿Qué mensaje o recomendación final te gustaría dejar?
—Me gustaría que la gente deje de creer en las soluciones mágicas. Está bien que existan muchos influencers o creadores de contenido hablando sobre lo ideal para la salud, pero al momento de ponerlo en práctica, hay que saber qué es posible hacer según cada persona.
El verdadero biohacking hoy consiste en entender cuál es el camino para llevar la salud a otro nivel de manera progresiva y definitiva. Si no se puede hacer algo con buen efecto a largo plazo, será solo una solución momentánea: pan para hoy, hambre para mañana —y uso el término pan en ambos sentidos, por el dicho y porque el pan puede ser un tóxico para muchos.
Mi recomendación es que cada uno empiece a identificar qué necesita y escuche realmente a su cuerpo, sin importar cuánto tiempo tome ese proceso.
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