En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el psicólogo y psicoanalista Gabriel Rolón abordó uno de los grandes desafíos de la vida moderna: el peso de las expectativas y su impacto en la búsqueda de la felicidad.
Durante la conversación, Rolón analizó por qué las expectativas suelen alejarnos de la plenitud, cómo influyen en nuestras frustraciones y de qué manera la falta y el deseo estructuran la experiencia humana. El especialista profundizó en la imposibilidad de colmar todas las aspiraciones, el rol de la infancia en la construcción del deseo y la importancia de aprender a convivir con ciertas “sillas vacías” para transitar una vida más plena.
Este episodio, el cuarto de la serie, invita a repensar la relación entre lo que esperamos y lo que conseguimos, y propone herramientas para comprender la insatisfacción como motor vital. El capítulo completo está disponible en Spotify y YouTube.
—Quiero hablar con vos de un tema que es el peso que a veces tienen las expectativas. Y quiero empezar con una frase para que desarrollemos, que es que la felicidad a veces tiene que ver con la distancia que hay entre las cosas que nos suceden y las expectativas que les ponemos.
—Está bien. Si me permitís, cambiaría el eje. Me parece que lo que más tiene que ver con eso es la frustración. La falta de felicidad tiene que ver con esa diferencia entre lo que yo esperaba y lo que encuentro, ¿sí?
Freud tiene una frase muy bella que dice: “El destino de toda ilusión es la desilusión”. ¿Y qué está marcando con eso? Está marcando que, necesariamente, cuando te ilusionás con algo, generás una cantidad de expectativas que no se van a alcanzar nunca. Siempre va a haber una distancia entre lo que buscás y lo que encontrás. Es la característica del deseo humano.
No importa lo que hagas, no importa lo bien que salga, siempre en algún momento decís: “Qué lástima que faltó esto, faltó aquello”. El amor lo sabe mucho: el enamorado sabe que, por más que dé todo, siempre queda la pregunta “¿Qué más querés? ¿Qué no te alcanza? ¿Qué no te di? ¿Qué esperabas de mí?”. No importa lo que haga, nunca va a alcanzar. Todos esos puntos suspensivos aparecen en las cosas que no podemos obtener.
¿Por qué? Porque la expectativa que nos armamos es de todo, y todo no se puede ni se alcanza nunca. Las personas que tienen expectativas desmedidas se frustran mucho. Hay que tener cuidado, porque la frustración viene acompañada por una emoción: el enojo, la rabia. Cuando veas a alguien frustrado, lo vas a ver enojado: “Con todo lo que hice, con todo lo que puse, y mirá cómo salió y lo que me dijeron”. ¿Por qué? Porque se frustró por esa distancia entre el punto al que esperaba llegar y el punto al que finalmente llegó.
Nos pasa a todos los seres humanos. Es muy difícil aprender a vivir con esa falta, con esa incompletud. Cuando armás la expectativa, esperás que algo, lo que fuere, salga completo, salga perfecto. Y eso no es posible. Por más que salga perfecto, no lo vas a registrar como perfecto, porque el ser humano siempre siente que hay algo que no puede alcanzar.
En definitiva, nunca buscamos lo que creemos buscar, Mili. Pensás que vas a ser feliz cuando consigas algo. Por ejemplo: “Lo único que me falta para ser feliz es encontrar una pareja”. Hasta que está en pareja. Y después, cuando está en pareja, dice: “Bien, sí, tenemos nuestras cosas”, y ves que no es suficiente. Después esa pareja va a ser feliz cuando viva junta, cuando tenga un hijo, cuando compre una casa, lo que sea. Y cuando eso se alcanza, nos damos cuenta de que no era eso.
Ese es el gran misterio del ser humano: siempre desea otra cosa de la que cree desear. Entonces, vuelca en su deseo expectativas de completud que no se alcanzan nunca.
—¿Creés que muchas veces deseamos algo diferente a lo que pensamos que queremos, quizás porque no nos conocemos lo suficiente para identificar lo que nos haría felices o nos haría bien? ¿O puede ser que nuestra imaginación nunca coincide con la realidad y esperamos algo distinto? ¿Cuál es el motivo?
—Existe algo que los analistas llamamos vivencia primaria de satisfacción, ¿sí? Te lo cuento brevemente.
Cuando nacemos, imaginate este momento mítico: un chico nace. Estuvo dentro del cuerpo de su madre, nunca sintió hambre, nunca tuvo necesidad de nada. Todo se daba por esa relación simbiótica con su madre. Llegamos al mundo y la llegada ya es traumática: la temperatura es otra, el ámbito es otro. Nos separan de ese cuerpo que no era nuestro, pero era un poco nuestro. Nos ponen ahí y en algún momento el chico empieza a notar algo que desconoce, una molestia que le genera ansiedad hasta que descarga esa ansiedad del único modo posible: llorando.
Y entonces hay alguien que escucha ese llanto, pongamos por caso la madre, y dice: “Ah, tiene hambre”. El chico no sabe qué le pasa, nunca lo sintió antes. Viene mamá, le da la teta y el nene se calma. No esperaba nada y de repente se encontró con algo que calmó esa molestia, esa falta, esa desesperación.
¿Cuál es el problema? Que ahora aprendió algunas cosas. En ese acto le enseñamos cómo es ser humano. La madre le dice, sin palabras: “Solo no podés. Cuando te pase algo, se va a arreglar con algo que viene de afuera. Ese algo te lo va a dar otra persona y esa persona vendrá cuando la llames, y vendrá si quiere”. Todo eso en ese acto nos empuja a lo que va a ser la vida de un ser humano.
Ahora el bebé ya sabe esto. Entonces, la próxima vez que tiene hambre, cuando grita, cuando llama, ya espera algo. La primera vez no. Esa sorpresa que lo calmó es lo que llamamos vivencia primaria de satisfacción: no esperaba nada y lo encontró todo. Ahora, lo que busca es repetir esa sensación. Y en esa expectativa de repetirla, no la puede repetir más, porque ya hay algo que espera.
Llevá esto a cualquier ámbito de la vida, porque toda la vida intentamos repetir esa vivencia de satisfacción que está perdida. Se lo pedimos a un amor, a un trabajo, a cualquier sueño. Quiero volver a sentir algo que no sentiremos nunca.
—Me parece interesante pensar que a veces podríamos aprender a disfrutar más de la anticipación, porque en ocasiones esa espera resulta más gratificante que cuando el deseo finalmente se cumple. Por ejemplo, cuando planeamos unas vacaciones, solemos pasar más tiempo imaginando y organizando que disfrutando el momento en sí, y no siempre nos permitimos valorar esa antesala de lo que deseamos. ¿Cómo lo ves?
—Es muy interesante lo que decís. Creo que gran parte del ejercicio de aprender a vivir menos frustrado tiene que ver con la posibilidad de disfrutar de las vísperas.
El proyecto que vas a hacer comienza con el primer paso. El viaje comienza cuando decidís hacerlo. Y ahí se pone en movimiento: ¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos? ¿Cómo viajamos? ¿Dónde dormiremos? Si no podés disfrutar de toda esa víspera, después, cuando llegás, las cosas son la nada misma, Mili. Porque ya estás listo. Llegaste, la Torre Eiffel es preciosa. Ya la vi. ¿Y ahora? Ya vi los puentes del Sena y ya vi esto.
En cambio, si vas sorprendiéndote y te permitís ese descubrir de la vida, ese transitar paso a paso, todo cambia. ¿Qué hace la expectativa cuando es muy grande? Te hace saltar de golpe todos los pasos previos. Yo quiero llegar ya. Entonces no los disfruto porque me pongo ansioso, no veo la hora de llegar. Pero es parte del viaje. Cada uno de estos pasos, los inconvenientes que surgen, las cosas que arreglamos, forman parte. Y cuando llegamos, también tiene que tener un poco ese color.
La expectativa inhibe la capacidad de sorprenderte, porque todo lo estás esperando. ¿Sí? Y si no hay sorpresa, no hay milagro. El amor te sorprende, la felicidad te sorprende. Si estás diciendo: “Te vamos a presentar a alguien, no sabés lo que es”, te estoy condenando a que esa persona no te guste tanto como te podría haber gustado si la cruzabas por la calle.
Yo estoy con alguien y te digo: “Te presento, Mili”, y vos decís: “Guau, me pasó algo cuando conocí a esta persona”. Por eso hay que tener mucho cuidado con las expectativas que nos armamos, porque hay una distancia entre lo que soy y lo que quisiera ser. Cuanto mayor es esa distancia, mayor es mi sufrimiento. Hay una distancia entre lo que busco y lo que encuentro. Cuanto mayor es esa distancia, mayor es la frustración, mayor es la desilusión.
Gran parte del trabajo para no caer en la trampa de la expectativa desmesurada es tener la capacidad de ubicar la expectativa en la medida de lo posible. Siempre va a haber una falta. Incluso si pasa algo maravilloso y sale mejor de lo esperado, siempre va a haber algo que te parezca que faltó.
Esa noche que dijiste: “Voy a hacer el podcast en River con cinco invitados, van a venir dos mil personas”. Pero van ochenta mil y no podés de la emoción. Al otro día te vas a despertar y vas a decir: “¿Y ahora qué hago?”. Porque ahora mi expectativa va más allá.
Siempre nos inventamos eso, lo cual no está mal, porque es justamente esa distancia insatisfecha la que genera el deseo. Sin deseo no haríamos nada. Lejos de verla como una enemiga que nos frustra, tenemos que tomar eso que no alcanzamos con la gratitud de quien encuentra un nuevo motivo para seguir deseando.
—¿Pensás que la clave está en encontrar un equilibrio entre el deseo y la satisfacción? Me da la sensación de que los deseos son el motor que nos impulsa, y alguien sin deseos difícilmente pueda ser feliz. Pero, al mismo tiempo, acepto que el deseo nunca será exactamente como lo imaginamos o esperamos. ¿Coincidís?
—El deseo es un problema para el ser humano, un problema maravilloso, pero que nos da nuestra condición humana, ¿sí? Como decías claramente: sin deseo, ¿qué ocurre cuando una persona no desea? Está depresiva. ¿Sabés que te vas a morir, Mili?
—Claro, lo sé.
—Bien. ¿Por qué no estás deprimida todo el tiempo? ¿Por qué no estás angustiada sabiendo lo que te espera?
—Supongo que es porque no lo tengo presente en mi cabeza todo el día.
—Exacto. Porque en la cabeza todo el día, ¿qué tenés? Proyectos, sueños. “Me voy a ir a cenar con mis hermanos esta noche, me voy a ir de viaje con mi pareja, tal vez voy a hacer tal cosa, el año que viene para este pódcast quiero hacer tal otra cosa”. Los proyectos son las cosas que ponemos entre la muerte y nosotros para no vivir angustiados todo el tiempo.
¿Qué le pasa al depresivo? Se queda sin proyecto, se queda sin deseo. Cuando mira adelante, ¿qué ve? La muerte. Entonces, le decís: “Dale, levantate”. Y te responde: “¿Para qué?”. Es decir, “¿para qué, si igual me voy a morir?”. Y tiene razón. Pero tenemos que vivir. Ese es nuestro desafío.
No está mal la expectativa, porque es lo que mueve el deseo y lo único que justifica que no vivamos angustiados todo el tiempo sabiendo nuestra propia finitud, que es la gran tragedia y la maravillosa tragedia del ser humano. Nietzsche decía que sentía una especie de admiración, de envidia: “Envidia por la vaca”. Decía que está pastando tranquilamente, sin culpa por lo que hizo en el pasado y sin angustia por lo que le espera en el futuro. Los seres humanos no somos así. Sentimos culpa por el pasado, sentimos miedo por el futuro, porque somos conscientes de nuestra finitud.
Pero eso, que nos da ese sentimiento trágico de la vida del que hablaba Unamuno, nos da también la posibilidad de saber que, como el viaje no es eterno, hay que vivirlo. No podemos estar como la vaca, pastando inútilmente toda la vida. Tenemos que hacer algo porque se termina. Y como no sabemos cuándo, lo tenemos que hacer ahora. Eso es lo que te da la energía para vivir el momento, para entregar en este momento presente lo mejor de vos.
El deseo es importantísimo. Sin deseo te deprimís. Pero, como bien decís, el deseo siempre va a ser insatisfecho. Nunca vamos a alcanzar todo lo que deseamos. Eso va a dejar un espacio, un hueco, un vacío. Si ese vacío genera un nuevo deseo, es maravilloso. Si ese vacío genera ansiedad, angustia o frustración, estamos en un problema.
—A veces siento que caemos en la trampa de creer que, aunque sabemos que nuestra vida es finita, no vivimos con esa urgencia, y lo mismo pasa con los deseos: cuando cumplimos uno, enseguida sentimos el vacío y buscamos algo nuevo, como si eso nos fuera a completar definitivamente. ¿Por qué nos resulta tan difícil salir de esa trampa?
—Por eso, gran parte del trabajo que uno realiza es que los analistas trabajamos mucho para que nuestros pacientes aprendan a vivir con la falta. No tratamos que el paciente encuentre y logre todo lo que se propone. Intentamos que el paciente aprenda a vivir con aquello que no va a poder lograr. No le vamos a sacar nunca la soledad con la completud. Pero tratamos de que no esté triste todo el tiempo, porque hay una parte de él que está sola.
De eso se trata el camino: saber que, si tenés una pareja, si la querés completa, perfecta, sin errores, no es posible que la sostengas. A veces, cuando hablo con pacientes en esos momentos de queja o protesta por cuestiones emocionales, les pregunto: “Está bien, tu pareja tiene esto, esto y esto. ¿Por qué estás con ella?”. “Bueno, porque también tiene esto, esto y esto”. Y yo les digo: “¿Con qué podés vivir mejor? ¿Con la presencia de esto que no te gusta o con la ausencia de esto que amás de ella?”. Esa es la lección. Como nadie es perfecto, como nada es perfecto, solo podés estar con el otro cuando lo que del otro no te gusta, al menos no te lastima.
Tenés que tener la nobleza de trabajar para no tirarle al otro el costo de tus expectativas no satisfechas. Ese es el arduo camino que tiene por delante alguien cuando hace cualquier cosa. Vas a conocer mucha gente que se enoja mucho porque el programa no salió como esperaba, porque su pareja no actuó como esperaba, porque sus padres no hicieron lo que quería, porque hubiera merecido otra cosa. Todo el tiempo, porque no pueden con ese costado de la vida que es: nos recorre una ausencia, nos recorre una falta, la tenemos que entender, la tenemos que soportar y tenemos que intentar tener una vida que tenga sentido a pesar de nuestras faltas.
Hace poco me dieron una amable distinción y mirá vos las cosas del destino: estaba la gente, mi familia, un montón de gente. En primera fila estaba mi madre. ¿Podés creer que, siendo que el lugar estaba lleno, el único lugar que había vacío era el asiento al lado de mi mamá? (Pausa de dos segundos). Imaginate a quién ubiqué yo ahí, ni bien me subí.
—Tu padre.
—Exactamente. En un momento muy emocionante de mi vida, de profunda gratitud, mi mirada se fue al lugar vacío. Y lo primero que me dije fue: “Está bien”. Es como si la vida me señalara: “Mirá que a pesar de todo esto, hay un lugar que está vacío y tenés que poder con esa silla vacía”.
Creo que para seguir adelante en la vida, para apostar a la posibilidad de alcanzar alguna felicidad, tenemos que aceptar que hay algunas sillas que siempre van a estar vacías. Escribí un libro, tuviste la generosidad de entrevistarme para presentarlo, que se llama “La felicidad”, donde acuñé un término: faltacidad. Una felicidad con falta es una felicidad donde nuestras expectativas no se van a colmar del todo, siempre va a haber sillas vacías. Pero la única posibilidad, si es que existe la felicidad para nosotros, es que aceptemos que va a ser una felicidad incompleta, que no va a colmar todas nuestras expectativas, una felicidad con algunas faltas con las que tenemos que aprender a vivir.
—¿Considerás que quienes más sufren son los que nunca logran aceptar esto y viven esperando siempre algo más de la vida, de sus relaciones o de los demás?
—Sí, claro, porque eso te lleva a un inconformismo. No hablo de esa gente a la que, en realidad, las cosas le faltan en serio. Hay gente que tiene necesidades. No es que alguien que no come todos los días sea un insatisfecho. Ahí hay una necesidad.
Hablo de aquellos que, con las necesidades cubiertas, se encuentran en el mundo del deseo, que es el mundo que habitamos la mayoría, por suerte. En ese mundo del deseo, siempre hay algo que va a salir más o menos, siempre hay algo que va a faltar. Quien no puede aceptar eso, la va a pasar muy mal en esta vida y se le va a ir la vida detrás del sueño imposible de encontrar una completud que está perdida solo por el hecho de ser humano.
Los seres humanos nunca vamos a tener eso. Dos animales terminan de copular y después uno se acuesta, se duerme, el otro sigue su vida, lo que haga cada especie. El ser humano no queda con esa satisfacción permanente. Uno termina de hacer el amor con la persona que ama y necesita saber si el otro la pasó bien, si la pasó mal, y alguno quiere fumarse un cigarrillo, otro comer algo dulce. Siempre aparece algo que nos muestra que no podemos estar en paz, por más que hayamos pasado un momento maravilloso, porque siempre nos va a faltar algo: un abrazo más, un beso más, una palabra más. Si terminamos un encuentro... Los perros, por ejemplo, no necesitan preguntarle a la loba si la pasó bien con él. Ya está, es instintivo. Nosotros necesitamos ese reconocimiento final, esa mirada, esa última caricia. Necesitamos algo más, porque nada puede colmarnos por completo jamás.
—¿Cuánto peso creés que tiene la mirada del otro, la valoración de nuestros padres, de quienes nos rodean, en la construcción de nuestras propias expectativas?
—Depende la persona y cómo haya podido trabajarlo, pero si te hacés cargo de las expectativas de los demás, preparate para pasarla mal. Vos hablaste de los padres. Freud tiene otra frase, ya que estamos freudianos hoy, que dice que en los hijos se juega el narcisismo de los padres.
Cuando el papá viene y te dice: “Mi hijo fue a la bandera”, le mirás la cara y decís: “¿De quién es el logro?”. Parece ser del padre. “Mi hijo está en el cuadro de honor”. “A mi hijo lo eligieron mejor amigo”. Les mirás la cara y te das cuenta que ellos están satisfaciendo su narcisismo, su necesidad de reconocimiento en lo que haga el hijo. Y del mismo modo, sienten una frustración personal cuando el hijo no hace lo que ellos esperaban.
“Repitió. Te juro, lo mataría”. ¿Por qué lo matarías? Porque no está cumpliendo tus expectativas. Cuando un hijo se hace cargo de las expectativas que se han volcado sobre él, tiene que vérselas con algo muy pesado. Porque esas expectativas ajenas, a veces, taponan tu deseo. No podés saber qué deseás porque todo el tiempo estás cumpliendo los deseos de otro. Todo el tiempo estás tratando de calmar las expectativas, lo que se esperaba de vos.
De ahí la clásica pregunta analítica: “¿Usted qué desea? ¿Usted qué quiere?”. “No, porque yo sé que mi mamá, todo lo que se esforzaron mis padres, ellos querían que yo fuera arquitecto, médico...”. Pero, ¿y usted? “Yo quería ser actor”, dice el tipo. Bueno, perfecto. Actúe. Listo.
No estamos en el mundo para satisfacer las expectativas de los demás. Bastante tenemos con la frustración que nos genera no poder satisfacer las expectativas propias, que está hecha también de las expectativas de los demás, porque no somos una tabula rasa. Empezamos a vivir de la mano de los mandatos, de esas voces que nos señalan un camino.
En la vivencia de satisfacción primaria, el chico aprende que necesita ser amado, porque el otro va a venir a colmar mi necesidad o mi deseo si me ama. Si no, ¿por qué va a venir? Entonces, nos preguntamos desde siempre: “¿Cómo tengo que ser para que el otro me ame?”. De chicos: “¿Cómo tengo que ser para que mi mamá, para que mi papá me quieran?”. De grandes: “¿Cómo tengo que ser para que mi novio o mi novia me quiera? ¿Cómo tengo que ser para que mi jefe o mi jefa me quiera? ¿Cómo tengo que ser para que mis amigos me quieran?”. Y en algún momento, si tenemos suerte, para: “¿Y cómo tengo que ser para que yo me quiera?”.
Pero nuestros deseos están un poco impregnados de esos deseos ajenos. Todo tiene un límite. Si vivimos solo para complacer las expectativas de los demás, vamos a tener una vida donde la felicidad es absolutamente imposible para nosotros.
—También pienso que el deseo de pertenecer juega un papel importante. Más allá de los mandatos familiares, la sociedad muchas veces nos lleva a valorar y perseguir los mismos objetivos, aunque todos seamos distintos. ¿Creés que ese impulso por pertenecer a una tribu o grupo puede tener costos altos si quedamos afuera?
—Sí, porque yo no puedo vivir sin nadie que me quiera. Lo que me convierte en un ser humano es el reconocimiento de otro ser humano.
Imaginate Tarzán, alguien que vive en la selva rodeado de animales. Tarzán se transforma en hombre cuando los pasajeros del Arrow bajan, lo descubren y dicen: “Che, ese es un hombre”, le ponen nombre, le empiezan a hablar. Lo que te transforma es la mirada del otro.
No podemos existir en una soledad absoluta sin otro que nos hable. Pensá en el Náufrago, la película de Tom Hanks: si no se inventa a Wilson, si no habla con Wilson, si no siente que hay alguien que le responde, busca una especie de delirio para no volverse loco, porque sin otros no existo.
Esos otros son los recuerdos, las voces de nuestros padres, de nuestros seres queridos, las anticipaciones: “Uy, cuando le diga esto, ¿cómo se va a poner de alegre o de enojado?”. Vivimos todo el tiempo con esas multitudes.
Creo que vamos a pertenecer, aunque sea al grupo de los solitarios, pero pertenecemos. Hay gente como yo. Yo soy de los que les gusta estar más solos, disfruto menos de la fiesta, pero más de irme a un café a leer. Vos inventate, pero vas a ver que estás dentro de un grupo que te sostiene. Si no lo estás, la cultura te va a inventar ese grupo o te va a expulsar.
Cuando en los años sesenta aparecieron los que se oponían a la guerra, usaban señales de la paz, se dejaban el pelo largo, la barba, no querían ir a combatir, no querían bañarse y se sentaban a tocar la guitarra en una plaza, fue tremendo hasta que dijeron: “Bueno, pará, se llaman hippies. Son un grupo”. La cultura te da un grupo: pertenecés a esto. Un poco más al margen, un poco menos, pero estás dentro de la cultura.
Si sos uno solo el que hace eso, ahí sí estarías en un problema gravísimo. Todos necesitamos pertenecer a algo y a veces elegimos. Hay que tener la capacidad de entender que no te puede querer todo el mundo, no podés pertenecer a todos los ámbitos. Podés tener la capacidad de adaptarte, pero va a haber un ámbito donde te sentís mejor.
Y lo bueno es cuando ese ámbito no viene impuesto, cuando podés elegir: prefiero estar con este tipo de gente, este tipo de amigos, este tipo de influencias, este tipo de compañía. Ahí hay una elección personal. En el reconocimiento del propio deseo y en la voluntad de disfrutar cada uno de los pasos que te llevan hacia la expectativa que generó ese deseo, creo que ahí está un poco el secreto de una vida que duela menos.
—¿Qué mensaje le darías a alguien que siente que las expectativas que tiene para su vida le pesan tanto que le impiden disfrutar lo que le sucede?
—Yo le diría que intente diagnosticar qué le pasa, porque cuando eso ocurre hay dos posibilidades. La primera es que efectivamente uno no consiga nada de lo que desea. Pero la segunda es que uno siempre tenga una expectativa muy alta, tan alta que no importa lo que desee o lo que consiga, siempre se va a sentir mal.
Esa persona tiene un problema de amor propio. Hay algo que le dice: “¿Ves que no llegás nunca? ¿Ves que nunca estás a la altura?”. Hay un mandato que le dice: “Vos nunca vas a conseguir lo que soñás. Vos nunca vas a ser feliz”.
Cuando eso ocurre, es muy importante poder diagnosticarlo para decir: “Tengo que trabajar con esto. No puede ser que obtenga tal cosa, tal otra, y siempre esté mal”. Es el momento en el que uno se apropia de su propia frustración, en el que se hace dueño y responsable de esa ansiedad y esa angustia que le genera no alcanzar todo lo que se propone. Ahí es donde esto puede empezar a aliviarse.