Por Susana Ceballos 

Larry Fine
Larry Fine

La escena trascurre en Filadelfia, en el comienzo del siglo XX. Un nene de cuatro años juega en su propio mundo de fantasía. El taller de joyería y relojería de su papá es un parque de diversiones, un mundo que brilla solo para él. También, es el lugar ideal para sus travesuras. Pero no sabe que juega con fuego. Una tarde, observa cómo su padre trabaja con unas alhajas y le llama la atención un simpático frasquito y decide probar su contenido. Se lo lleva a la boca cuando su padre advierte que el pequeño está por tomar ácido oxálico, el mismo que él utiliza para testear la calidad de sus joyas. Se lo aparta de un manotazo, respira hondo y vuelve aliviado a su tarea. El joyero, Joseph, nunca advirtió lo que pasaba con su hijo. Fue su esposa, Fanny, la que al correrle el abrigo vio que el ácido le estaba comiendo el brazo izquierdo. Volaron al hospital, donde el médico insistía en amputar, hasta que encontraron otra solución: aplicarle un injerto con tejido de su pierna.

Con algún que otro retoque, la situación podría ser una escena bastante cruel en Los Tres Chiflados. Sin embargo, fue un hecho real, que quizá marcó el destino tragicómico de su protagonista, Louis Feinberg que con el tiempo se convertiría en Larry Fine, el chiflado de pelo alborotado que marcó una época.

Pero retomemos, un guión quizá convertiría la dificultad del niño en una herramienta de superación, argumento imbatible para una película pochoclera de domingo por la tarde. Pero, otra vez, la realidad superó a la ficción. Los médicos aconsejaron que, para recuperar movilidad y fuerza, practicara alguna actividad. Un violín sería ideal. La terapia dio sus frutos de inmediato y Louis era tan buen violinista que su profesor propuso que se perfeccionara en un conservatorio en Europa, pero la primera Gran Guerra canceló los planes, y su padre respiró aliviado, ya que un poco de música estaba bien, pero tanto no.

Ya más crecido, se abrazó a la práctica del boxeo. Era ágil, sus puños eran fuertes y llegó a disputar y ganar una pelea como profesional en la categoría livianos. Pero su padre tampoco vio con buenos ojos tener un hijo boxeador, algunos golpes están bien, pero tantos no y chau boxeo.

Larry Fine (Shutterstock)
Larry Fine (Shutterstock)

Ya entrados en los años 20, Louis iba a encontrar la razón de su vida. Sin futuro claro ni en la música ni en el deporte, se lanzó a la aventura en el teatro de vodevil, donde empezó a hacerse un nombre como Larry Fine. Su habilidad con el violín, sumada a la agilidad que le había dado el boxeo y un histrionismo probado en la escuela secundaria, lo llevaron a recorrer los teatros de Filadelfia. En una función tuvo la suerte de toparse con Gus Edwards, un productor que necesitaba un reemplazo para un número. Y ese violinista que bailaba y contaba chistes en idish era una buena opción.

La apuesta fue todo un éxito. Larry giró por Boston y Nueva York, pero de regreso a sus pagos, notó que su padre esta vez tampoco estaba tan contento con tener un hijo actor, un poco de actuación estaba bien, pero como profesión no. Así que hizo todo lo posible por sumarlo al oficio familiar de la joyería, pero solo duró tres meses. Larry no podía detener al cómico que llevaba adentro y ahora su auditorio eran los empleados, que cuanto más reían, menos trabajaban y cuanto menos producían menos ganancias ingresaban así que su padre pensó que Larry sería un buen hijo, pero como empleado era un desastre y lo invitó a seguir su propio camino, es decir, lo despidió.

Lejos de deprimirse Larry no tardó en volver a la ruta de la actuación y se unió a las Haney Sisters un dúo integrado por las hermanas Loretta y Mabel, una hermosa rubia de ojos azules de la que se enamoró a primera vista. En principio, la relación fue clandestina: él era judío y ella, católica. En junio de 1926, Mabel se convirtió al judaísmo, se casaron y solo los separó la muerte.

Ya con un nombre en el ambiente de vodevil consiguió empleo como maestro de ceremonias en un night club de Chicago. Un día lo vio Ted Healy, un actor y productor que quedó encantando con su actuación y le ofreció sumarse a su proyecto con los hermanos Moe y Shemp Howard. A Larry le
sedujo la oferta, pero tenía un contrato y Fred Mann, su empleador, no quería saber nada con perder a su estrella. Unas noches después, la policía clausuró el boliche por violar la ley seca, Fred se suicidó y Larry se convirtió en un artista libre, listo para dar el gran salto de su carrera con The Three Stooges, en estas pampas conocido como Los Tres Chiflados.

(Video: Los Tres Chiflados en "Desorden en la Corte" / Youtube)

En total, fueron más de 200 cortos y sus protagonistas se convirtieron en los reyes de un tipo de humor que hizo escuela: la slapstick comedy, gags basados en lo físico y lo payasesco por igual. Cachetadas, tortazos, coscorrones, martillazos, piquetes de ojos y demás intercambios donde casi siempre Moe golpeaba, Curly recibía y Larry equilibraba. Los "chiflados" rompían todas las normas y lograban hacer reír tanto como escandalizar. En muchos hogares los padres les prohibían a sus hijos verlos para que no los imitaran.

Por fuera de la fama conseguida, Larry y Mabel vivían una vida desprendida y llena de bohemia. Así se habían conocido, así se habían enamorado y era lo más natural que las cosas siguieran de esa manera. Eran el uno para el otro, tanto que en la ficción, cuando los "chiflados" soñaban con mujeres, a él sólo se le ocurría repetir un nombre: Mabel.

Pasaron más de diez años hasta que la pareja accedió a la casa propia, y no era precisamente por dificultades económicas. Los dos preferían la vida de hotel, cenar en restaurantes y prolongar las veladas, antes que invertir en ladrillos. Larry era desprendido con el dinero en varios sentidos. Era generoso con los amigos y no esperaba devoluciones. Pero a veces, los gastos se iban más de la cuenta en el boxeo, los caballos y las cartas, y la bancarrota siempre era una amenaza. En el combo de la bohemia venía también su impuntualidad crónica, su único defecto profesional.

Con el paso del tiempo, la vida agitada de Larry y Mabel se fue apagando. El dinero ya no permitía ciertas licencias y se instalaron en una casa en California. La llegada de la televisión y un revival de las series de los años 30 puso a los "Chiflados" de nuevo en el centro de la escena y todo parecía mejorar. Pero el destino le tenía preparado dos golpes durísimos. En 1961, su hijo Johnny murió en un accidente de tránsito. Tenía 24 años, dos hijos y su esposa esperaba el tercero. Seis años más tarde, mientras se encontraba de gira con Los Tres Chiflados, Mabel falleció de un ataque al corazón. Larry dejó el tour de inmediato y voló a California para despedirla. Cuando pasó el duelo, volvió a la actuación por un tiempo hasta que el cuerpo le dijo basta: una hemiplejía lo dejó fuera de combate en 1970.

Larry Fine en sus últimos años (Reuters)
Larry Fine en sus últimos años (Reuters)

Sus últimos años los pasó internado en un hospital reservado a las celebridades. Con la compañía inseparable de su hija Phyllis y las visitas ocasionales de su gran amigo Moe y de los fanáticos de Los Tres Chiflados que se acercaban a conocerlo. Se mostró activo hasta el final de sus días. Seguía atento la campaña de los Dodgers en las Ligas Mayores de béisbol, entretenía a los pacientes con su humor inoxidable y escribió su autobiografía, que tituló "Stoke of Luck" (Golpe de suerte). Nada más atinado. Así consideraba los grandes hitos de su vida, desde el ácido que casi lo mata y le despertó un talento artístico, hasta su relación con Mabel y su vínculo con Los Tres Chiflados.

El 24 de enero de 1975 falleció el hijo de inmigrantes judíos, el niño que sobrevivió a sus travesuras, el marido incondicional, el héroe silencioso de una maquinaria de relojería que estuvo en el momento justo en el lugar indicado.

Alguna vez le preguntaron si había sido agradable ser un "chiflado". "No era divertido, era un trabajo, pero un trabajo tan bien pago que lo disfruté". Quizá Larry solo disfrutó de su salario, nosotros seguimos disfrutando de su talento.

“Los Tres Chiflados”
“Los Tres Chiflados”

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