Guillermo Francella es Arturo, dueño de una pequeña galería de arte, y Luis Brandoni es Renzo, un excéntrico pintor caído en desgracia, incapaz de vender una obra. A ambos los une una añeja amistad, un vínculo que derivará en todo tipo de situaciones risueñas.

El mundillo de las exposiciones en galerías, los museos y las pinturas, parece una locación ideal para desarrollar esta historia. Andres Duprat, guionista habitual de la dupla que compone su hermano con Mariano Cohn, es además el director del Museo Nacional de Bellas Artes, por lo que conoce el paño a la perfección, permitiéndole cargar el argumento de ironía, clichés y la farsa que muchas veces rodea a los "artistas de moda".

El dúo Francella – Brandoni funciona a la perfección: el primero, como el pensante, agiornado a los caprichosos cambios del mercado, y el segundo, como el anárquico, nostálgico y estereotipado artista que se siente incomprendido. Juntos hacen fluir un argumento en el que los diálogos mordaces, las secuencias que apelan al ridículo y los giros dramáticos construyen un sólido retrato dividido en tres actos claros: una comedia casi costumbrista que deriva en un drama cargado de melancolía para finalizar en una estafa con aires reivindicatorios.

Francella y Brandoni, en la presentación del filme (Veronica Guerman/Graphpress)
Francella y Brandoni, en la presentación del filme (Veronica Guerman/Graphpress)

El pequeño pero efectivo elenco secundario también cumple con creces: el español Raúl Arévalo como símbolo de cierta juventud idealista y utópica, y sobre todo Andrea Frigerio, caracterizada como una galerista top en una performance divertida que parodia el snobismo de ciertos personajes relacionados con el negocio del arte.

Andrea Frigerio (Veronica Guerman/Graphpress)
Andrea Frigerio (Veronica Guerman/Graphpress)

Técnicamente impecable, Mi obra maestra presenta gran parte de sus escenas como si fueran pinceladas de una gran muestra, apelando a colores vivos y estridentes, de hecho muchos de los fotogramas funcionan como cuadros en movimiento. Algunas escenas en Río de Janeiro y sobre todo las que están rodadas en la inmensidad de las montañas jujeñas, tienen una clara influencia pictórica.

Sin ser tan original como algunos trabajos anteriores de Cohn/Duprat y resultar por momentos algo previsible, la película funciona, entretiene y se disfruta.

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