Los jóvenes argentinos de 18 a 24 años atraviesan el presente con una lógica de supervivencia: priorizan la estabilidad económica y social, desconfían de los grandes relatos ideológicos y esperan que el Estado garantice salud, educación y seguridad, mientras apuestan a su propia capacidad para salir adelante. Así lo afirma un estudio realizado por la Universidad de Avellaneda.
El relevamiento muestra que siete de cada diez viven con sus padres, que el 65% se atiende en hospitales públicos y que la mayoría estudia, trabaja o combina ambas actividades. También detecta que el 70% usa inteligencia artificial como herramienta de consulta y que, entre los sectores más vulnerables, más de un tercio recurre a esa tecnología para hacer terapia.
Según el estudio dirigido por Santiago Hernández, sociólogo e investigador principal, esa generación no se identifica de manera lineal ni con la derecha ni con la izquierda. “Nos encontramos que en realidad los jóvenes no tienen una adhesión ideológica a la derecha. Han construido estrategias de supervivencia”, afirmó Hernández en Infobae en Vivo.
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La demanda central es un Estado que proteja sin ordenar toda la vida
La investigación describe una relación específica con el Estado: los jóvenes reclaman lo básico, pero no esperan una presencia total. “Quieren Estado, salud, educación, seguridad. Después, este Estado que no me invada demasiado, pero lo necesitamos ahí, protegiendo, que no nos caigamos del mapa”, explicó Hernández.
Esa expectativa no incluye una solución integral a sus trayectorias laborales. “No están esperando que el Estado sea proactivo en resolver su inserción laboral. El Estado está para proteger a los jubilados, para proteger a los desprotegidos. Es un Estado más limitado, pero no un Estado ausente”, detalló el sociólogo.
El punto central del reclamo juvenil, de acuerdo con el trabajo, es que el esfuerzo y el estudio recuperen valor material. Muchos de los consultados, al pensar qué le dirían a un dirigente, plantean una misma incomodidad: “Que un influencer no gane más que uno que trabaja y estudia”.
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Las redes sociales alimentan relatos de motivación, misterio y salida individual
El informe de la Universidad de Avellaneda también indaga en el consumo digital y encuentra una combinación de formatos largos en YouTube y fragmentos breves en TikTok. En ese entorno, las plataformas no funcionan solo como entretenimiento: también ofrecen ejemplos de superación personal, agencia individual y formas de interpretar la realidad.
Hernández sostuvo que ciertos discursos de derecha encajan mejor en esas narrativas porque se apoyan en la idea de que existe algo oculto detrás de lo visible. “La derecha siempre está poniendo en duda como que hay algo oculto. Y las narrativas que consumen los jóvenes en lo digital de cualquier cosa es lo que está detrás, lo que está oculto”, señaló.
El sociólogo agregó que los jóvenes no consumen política en Twitter y prefieren espacios donde conviven el humor, la motivación y las historias de mejora personal. En ese marco, el ideal no es convertirse en figura pública digital, aunque sí observan a los influencers como referencia económica.
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El mérito, la suerte y la comunidad ordenan sus expectativas
Hernández descartó que la aspiración dominante sea ser influencer. “No quieren ser influencers. Ese es otro mito, que no quieren ser influencers”, aclaró. Lo que aparece, en cambio, es una percepción de desigualdad entre quienes estudian y trabajan y quienes logran altos ingresos en el ecosistema digital.
Para explicar esa mirada, el investigador habla de una “economía de lotería”. “No es más la economía del emprendedor lo que moviliza a estos chicos. La lotería es tratar de que una me salga bien. Y esa una que me salga bien es un proyecto, un trabajo, una actividad”, afirmó. La meta no es la fama, sino que alguna apuesta concreta funcione.
En esa lógica, la combinación decisiva tiene tres componentes. “Por eso los tres elementos principales son esfuerzo, agencia individual y un poco de suerte”, indicó Hernández.
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El estudio también registra una fuerte pertenencia a espacios cercanos: los amigos, el club de barrio y el municipio aparecen como referencias más confiables que las grandes instituciones. “El Estado municipal es más percibido por si me arreglo la plaza, si tengo un espacio donde juntarme, si me generó una actividad”, resumió el sociólogo.
Ese anclaje comunitario convive con capacidad de reacción colectiva cuando sienten que se toca una fibra identitaria. Para Hernández, la generación no es nihilista ni apática, y ese rasgo abre una oportunidad para las fuerzas políticas que logren traducir demandas de estabilidad, bienestar y protección en un lenguaje cercano a la experiencia cotidiana de las juventudes.
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