“No morimos por falta de sexo, sino por falta de caricias”. Valerie Tasso.
No siempre se engaña por deseo: a veces se traiciona por hambre emocional.
Llevamos quince años como amantes. Los primeros doce fluyeron, cada vez que nos veíamos era una celebración. Pero los últimos tres se complicaron mucho.
Carina llegó a mi estudio para que la ayudara en su divorcio, un proceso largo y muy difícil. Ella tenía treinta y nueve años, y yo cincuenta. Su ex marido era uno de esos hijos de puta sin paz que le hacía la vida imposible, lo que nos obligó a hablar a diario y compartir situaciones de mucha tensión. Ella se quebró varias veces y en esos momentos yo le daba la mano, o si la veía muy mal, la abrazaba.
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Con mi esposa estamos juntos desde que teníamos dieciocho años. Nos conocimos en la facultad, cuando además de estudiar trabajábamos todo el día para salir adelante. Los dos veníamos de familias humildes y necesitábamos construirnos un futuro diferente.
Apenas pudimos nos mudamos juntos porque nos resultaba imposible pagar dos alquileres. Y ni hablar de vernos: con jornadas de trabajo de hasta doce horas, apenas podíamos con nosotros mismos. Con mucho sacrificio nos recibimos y seguimos progresando. Tardamos en decidirnos a tener hijos porque teníamos miedo de no poder darles la calidad de vida que recién empezábamos a descubrir para nosotros. Solo después de un gran esfuerzo e infinitas conversaciones decidimos tirarnos a la pileta.
En síntesis, hasta los cuarenta años no tuve margen más que para empujar y empujar. La sexualidad con mi esposa a esa altura era mínima y de subsistencia, no solo porque llevábamos veintidós años juntos, sino porque los habíamos vivido bajo mucha presión. Primero, por trabajar y estudiar a destajo y en simultáneo. Y después, por tener que trabajar como locos para salir adelante y poder bancar a nuestra familia. Ella también trabajaba en nuestro estudio contable, aunque en menor medida que yo para poder ocuparse más de nuestros dos hijos.
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Durante diez años viví mi sexualidad prácticamente en soledad. Apenas llegábamos a la cama mi mujer se desmayaba, y yo no encontré más remedio que masturbarme casi a diario. Así canalizaba mi pulsión sexual y tenía un espacio íntimo en el que, al menos en mi imaginación, podía acostarme con quien quisiera. Hoy miro hacia atrás y me da pena haber perdido los mejores años de mi vida sexual de esa forma. Pero no estoy seguro de que tuviese alternativas que no fueran engañar a mi esposa. Es un dilema triste, que dudo que hubiera podido resolver de otra forma. A veces, lo que llamamos fidelidad es miedo.
A los cuarenta, tuve una aventura con una mujer de Tribunales. Dudé mucho en cruzar ese límite, pero tenía una duda que me carcomía el alma: ¿voy a seguir viviendo así el resto de mi vida?
Esa primera experiencia fue un viaje de ida en el que sentí la libertad de experimentar algo que necesitaba vivir hacía rato. También me hizo sentir que podía caminar por el fuego sin quemarme. Tenía un par de amigos que solían verse con prostitutas para no correr el riesgo de enamorarse. No era mi caso. Yo estaba contento con mi mujer y con mi familia. Solo necesitaba un espacio en el que canalizar mi deseo sexual y disfrutar un rato de distención entre tantas exigencias.
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Quizás también estaba un poco cansado de que mi mujer nunca me buscase sexualmente y de que la iniciativa fuese siempre mía. O quizás yo tampoco tenía muchas ganas de seguir teniendo sexo únicamente con ella. Sea como fuese, empecé a tener amantes, tratando de no descuidar lo más importante: mi familia.
Después de varios años apareció Carina. Yo no la busqué. Nos acercó la intimidad emocional generada entre nosotros por la vulnerabilidad que ella enfrentaba con su divorcio y terminamos siendo amantes.
Desde el primer día le aclaré que no valía enamorarse. Menos de un año después, era evidente que no me había hecho caso. Cuando no hubo forma de negar lo evidente, le propuse dejar de vernos.
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—¿Cómo voy a querer que dejemos de vernos si es lo más lindo que me pasa en la vida? —me cortó.
Así seguimos durante diez años en los que nuestro vínculo se fue profundizando, pero al menos en mi caso, eso nunca me puso en crisis. Mi relación con ella era algo muy valioso, pero no se me ocurría separarme de mi mujer, ni dejar mi casa y mi familia.
Pero algo cambió en los últimos tres años. Por un lado, percibir el sufrimiento de Carina, que no tiene con quien compartir su vida fuera de las muchas horas semanales que pasamos juntos. Nunca me atreví a pasar ni una noche con ella. ¿Será que no lo hago porque tengo miedo de mí mismo, de que mis emociones desborden y ya no pueda volver a casa? Es posible, aunque no creo que esa sea la verdad completa.
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Estos últimos años fui comprendiendo el trasfondo de mi situación, que va más allá de la relación con Carina. Con mi esposa llevamos más de cuarenta años juntos, luchamos la vida espalda con espalda y construimos nuestra familia. Sin embargo, y aunque me duela mucho reconocerlo, hace rato que no hay calidez ni ternura entre nosotros.
¿Acaso la hubo alguna vez? ¿Será que solo unimos fuerzas ante la adversidad para construir juntos una estabilidad económica y emocional que ninguno de los dos había tenido? ¿Habremos sido camaradas de lucha, nada más? Y si así fuera, ¿eso le quitaría valor a todo lo que armamos juntos?
Con Carina, en cambio, encontré el afecto que tanto anhelaba y que ni siquiera sabía que existía, porque nunca lo había conocido. Nuestra sexualidad es excelente, pero el vínculo pasa por otro lado. Siento que ella es capaz de recibirme, de escucharme, de hacerme una caricia, de mirarme con ternura. De darme todo lo que no encuentro en casa. Incluso más, de darme lo que yo no imaginaba que necesitaba. El afecto que nunca tuve y que aunque no lo supiera, esperaba.
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Estoy parado en medio de este dilema sin saber hacia dónde ir. Por un lado, mi compañera de vida, con la que formamos una familia con hijos y nietos, pero con quien tenemos poco y nada de amor. Un hogar sin calor, seco, casi diría que sin vida. Un desierto emocional. Por otro lado, Carina y la calidez que tanto necesito. Un manantial.
Creo que nunca antes llegué a planteármelo como algo importante por lo dura que fue mi vida. ¿A quién le importa el afecto si está en juego la supervivencia?
Pero ahora, con sesenta y cinco años, sé que estoy viviendo los últimos años buenos de mi vida, y eso potencia mis emociones y mi conflicto. ¿Voy a romper mi familia a esta altura? ¿Voy a pasar las Navidades, los cumpleaños, las vacaciones lejos de mis hijos y mis nietos, en un clima hostil por haberme separado? ¿Alguien podrá comprenderme? Y si me enfermo, ¿vendrán a visitarme o estarán demasiado enojados como para acompañarme? Pero si no me separo, ¿voy a seguir viviendo sin afecto lo que me queda de vida? La falta de ternura puede ser más asfixiante que la falta de aire. ¿Pero tengo derecho a elegirme cuando eso implica herir a los demás?
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Tengo la conciencia tranquila porque cuidé lo que había que cuidar todo el tiempo que pude, incluso negándome a mí mismo y a mis propias necesidades. Pero en un momento, no pude más. La realidad empezó a descongelarme y ahora siento que ya no quiero seguir viviendo en las alta cumbres. Necesito ese calor. Quiero dejar de sobrevivir para empezar a vivir.
¿Y entonces? ¿Qué estoy esperando?
Algunos amigos me dicen que hable con mi mujer. Como si no lo hubiera hecho. O como si fuera posible que ella se vuelva cálida y afectiva a esta edad. Otros más moralistas me condenan. El que juega con fuego se quema, me dicen. Pienso que son juicios fáciles. Mi verdadero problema es haberme alejado tanto del fuego hasta tener una existencia gélida, glacial, durante casi toda la vida. No tuve margen. Y ahora tengo la suerte —¿o la desgracia?— de haber conocido el amor en el otoño de mi vida.
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Me siento mal porque sé que no hay ninguna salida posible sin dolor. Haga lo que haga, habrá pérdidas y sufrimiento. A veces creo que frente a ciertos problemas, lo mejor es no tener avidez por querer resolverlos. Pero por momentos el conflicto se me hace insoportable.
Un buen amigo me dice que somos todos adultos.
—Todos eligieron y eligen, incluso tu esposa. No es cierto que ella sea una víctima. En todo caso, elige no ver, negar lo que debe percibir de mil formas, y en eso es tan responsable como vos. No es una situación ideal, pero sí humana, así que no te cargues con lo que no te corresponde —me calma.
Sé que la vida no es redonda. A veces nos pone en situaciones contradictorias de las que queremos salir indemnes, cuando quizá la única salida posible sea aprender a vivir las contradicciones. Aceptar que los conflictos también son parte de nosotros, parte de la vida. Como en una moneda, no podemos separar la cara de la ceca sin destruirla.
¿Puedo darme el espacio para recorrer este camino incierto? ¿Cómo hago para vivir lo mejor que pueda el tiempo que me queda?
No estoy en condiciones de elegir con certeza porque ambas partes de mi vida son reales y me constituyen. No quiero traicionar lo que construí, pero tampoco traicionarme a mí mismo. Quizás el mayor acto de amor que puedo ofrecer ahora sea no forzar esa decisión.
***
La fidelidad no es no traicionar: es sostener lo que amamos, incluso si eso nos parte al medio.
La madurez no es saber qué hacer: es saber qué hacer con lo que no se puede resolver.
Nadie sale ileso de una vida plenamente vivida.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli