“Tengo una familia perfecta pero me siento completamente solo”

Ahora la mujer quiere realizarse en su trabajo, algo que aplaudo, y el hombre debe ser un padre presente en los actos del colegio y las mil actividades de los chicos, lo cual tiene todo el sentido. Pero ambos estamos en todo, y así quedamos, prendidos fuego. Los dos en el infierno

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"Nuestras carreras profesionales crecieron a la par y sostener la familia se nos volvió muy demandante. Casi no nos queda espacio para la pareja" (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Cómo pudo caer tan bajo mi matrimonio?

Soy un ministro de un área importante, buen padre de familia, buen esposo. Al menos, eso creo. Mi mujer es una abogada destacada, buena madre, buena esposa. Pero como pareja, la vida nos pasó por encima.

Cuando no estalla una crisis de gobierno de las que abundan, me levanto a las 6.30 de la mañana. Me baño, desayuno con los chicos y dejo a dos de ellos en el colegio antes de llegar al ministerio a las 8.15. Trabajo todo el día como loco, con una presión enorme. Reuniones de gabinete, encuentros con mi equipo, audiencias, urgencias que solo se ven interrumpidas por algún evento familiar o acto de colegio a los que trato de ir cuando puedo. Si no hay grandes contratiempos, llego a casa a las ocho de la noche para cenar en familia.

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Para cuando los chicos se durmieron, mi mujer y yo estamos muertos. A veces atinamos a ver algo por televisión, pero nunca terminamos. Los dos caemos desmayados.

El día siguiente es más de lo mismo. La única rutina que cambia es durante el fin de semana, cuando hago de chofer para llevar a mis hijos a las mil actividades que tienen e intentamos cenar a solas con mi mujer algún sábado que otro para ponernos al día con nuestras vidas y si podemos, a la vuelta coger.

Esta ha sido nuestra rutina los últimos largos años. Nuestras carreras profesionales crecieron a la par y sostener la familia se nos volvió muy demandante. Casi no nos queda espacio para la pareja.

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Un año atrás empecé a frecuentar a una prostituta. La conocí en un estudio de televisión. Estaba ahí con alguno de los conductores del canal que por discreción, ella nunca quiso identificar. Le pedí el teléfono a un productor y una semana después nos encontramos en su departamento.

Me sentí raro las primeras veces. Por un lado, me incomodaba la transgresión porque siempre fui un tipo correcto, confiable. No entendía qué me empujaba a estar ahí, pero sentía la necesidad de hacerlo. Ella era hermosa y el sexo aceptable; no es que fuera mala amante, sino que me cuesta tener sexo si no tengo alguna conexión emocional. Así y todo, antes de irme quedamos en vernos a la semana siguiente y el rito fue repitiéndose hasta que empezamos a encontrarnos dos veces por semana.

Cada mediodía que iba a su departamento, no podía evitar preguntarme qué estaba buscando ahí. La respuesta obvia sería sexo. Después de dieciséis años con mi mujer, se me hacía imperioso oxigenarme. Sé que algunas personas me preguntarían si aceptaría que mi esposa también se oxigenara, y la verdad es que sí. En el largo plazo, la monogamia es muy difícil.

A medida que los encuentros se repetían, empecé a prestar atención a la dinámica de nuestra relación. Yo llegaba, ella me recibía en forma cálida y yo me relajaba. Conversábamos un poco, le contaba sobre mi vida y mis problemas, incluso los que tenía con mi esposa y los que no debía revelar como funcionario de alto rango. Ella me escuchaba en silencio, como un psicoanalista afectuoso. A veces me preguntaba cosas que no entendía de mi trabajo. Y para mí ese espacio era muy importante: al fin alguien me escuchaba, se interesaba por mí, me valoraba, no me juzgaba, no me criticaba ni me pedía nada. Me percibía como un ser humano de carne y hueso, que también necesita afecto. Aunque lo hiciera por dinero.

Nuestra rutina seguía transformándose. Los dos mediodías que yo iba a su casa, ella me esperaba con una buena copa de vino y un plato rico. Un mediodía me recibió con un plato de fetuccini al ragú de cordero. Casi me muero. Por un rato, sentí que a alguien le importaba.

La primera vez que se nos pasó el tiempo hablando y me fui del departamento sin coger, me pregunté seriamente qué me estaba pasando.

Necesitaba confrontar la realidad de una vez, dejar de hacerme el boludo. Si ya no cogíamos, evidentemente mi búsqueda era otra, o al menos la necesidad de variar de pareja sexual no lo explicaba todo. ¿Acaso buscaba afecto, contención, un espacio abierto en el cual poder ser yo mismo y que por una vez, nadie me exigiera nada? Quería que me registraran, que no me dieran por descontado: lo opuesto que encontraba en mi casa.

Entonces se me desató una avalancha de preguntas. ¿Se puede tener una dinámica semejante en el matrimonio cuando los hijos son chicos o adolescentes? ¿Puede funcionar una pareja si los dos tienen una carrera profesional demandante? ¿Está mal buscar otros espacios si resulta imposible tenerlos en casa? Sé que lo ideal sería poder hablarlo con la propia pareja, pero en general no toleramos hacerlo porque hay muchas emociones en juego. También porque la realidad suele llevarnos puestos y apenas podemos con los hijos y el trabajo como para ocuparnos de comprender al otro.

Hay algo que tengo claro: amo a mi mujer. Es mi compañera de vida. No quiero sumarle otra exigencia porque sé que no puede más. El tema es que yo tampoco puedo más. Necesito un espacio de intimidad, de calma, de receptividad, que hace rato es imposible encontrar en casa. Ahí no tengo lugar, estoy solo.

De algún modo, mis abuelos tenían la vida más fácil. Él trabajaba y ella se ocupaba de la casa y de los chicos. Mi abuela no se preocupaba por llevar plata, mucho menos por tener un trabajo que le gustase, y mi abuelo no sabía a dónde quedaba el colegio ni la escuela de Tae Kwon Do. Ahora la mujer quiere realizarse en su trabajo, algo que aplaudo, y el hombre debe ser un padre presente en todos los actos del colegio y las mil actividades de los chicos, lo cual tiene todo el sentido. Pero ambos estamos en todo, y así quedamos, prendidos fuego. Los dos en el infierno.

Creo que poner la vara tan alta termina por hacer estallar nuestra vida.

Insistimos en que la mujer tiene que ser una gran profesional, estar hermosa y entrenada, ser excelente madre, gran esposa, multiorgásmica. Los hombres tenemos que ser machos alfa, poderosos, ganar bien, ser atléticos, padres presentes y cariñosos, maridos fieles y comprensivos, y encima que se nos pare. ¿No será mucho?

Muchas veces me pregunto si realmente mi matrimonio cayó muy bajo o si son vicisitudes normales de la vida en los tiempos que corren y que hay que aprender a atravesar de la mejor forma posible, sin volverse hiperexigente.

Pero si la medida del éxito y el fracaso tiene que ver más con las expectativas que con la realidad objetiva, ¿podremos reconsiderar nuestras aspiraciones? ¿Podremos aceptar que nuestra vida no es ni será perfecta, y que aun así, también puede estar bien?

*

La búsqueda de perfección conyugal y personal, puede ser una forma de crueldad.

A veces no se busca un amante; se busca un lugar donde poder existir, al menos por un rato, sin tantas exigencias.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli