En los días previos al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, los mandos militares que ya tenían decidido derrocar y apresar a la presidente María Estela Martínez de Perón y a otros dirigentes del PJ, del sindicalismo y de la oposición, se debatían entre dos alternativas: el golpe “blando”, o el golpe “duro”. Las diferencias no radicaban ni en los métodos a emplear para instaurar el terrorismo de Estado con la excusa de reprimir a una subversión delirante que ya estaba diezmada, sino en quiénes iban a ser los futuros dictadores y cómo y cuándo alzarse contra el gobierno. ¿Había de verdad blandos y duros?
Entre los golpistas, dos estrategias habían confrontado a lo largo de los primeros tres meses de 1976, si no antes, en especial por la fecha del golpe. En diciembre de 1975 el alzamiento de un sector de la Fuerza Aérea, liderado por el brigadier Jesús Capellini, había cumplido con dos pasos estratégicos: primero, quitar del medio al entonces jefe de la fuerza, brigadier Héctor Fautario, un servidor que le había advertido a la presidente: “Cuídese de estos hombres, señora, porque la van a derrocar” y, segundo, servir de ensayo general, testear el humor popular ante una sublevación militar. Días después, en la Nochebuena de 1975 y desde Famaillá, Tucumán, Videla había impuesto un plazo tácito de noventa días para que el gobierno terminara con la subversión. El plazo vencía el 24 de marzo de 1976.
El sector más pétreo y áspero de las Fuerzas Armadas acusaba a sus pares, acaso más templados, de demorar demasiado el alzamiento; el país se debatía en una enorme crisis económica que ponía en peligro la moneda; el gobierno parecía incapaz de dar un paso acertado y la violencia de los grupos guerrilleros de izquierda, peronistas en Montoneros y trotskistas en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), apagaban aquel fuego con la nafta de decenas de asesinatos y atentados, eran correspondidos por los grupos terroristas paramilitares y parapoliciales.
De todo esto da cuenta un documento de la Embajada de Estados Unidos, firmado por el entonces embajador Robert Hill y dirigido al secretario de Estado Henry Kissinger, fechado el lunes 15 de marzo. Es un documento dramático porque fue redactado en un contexto violento del que la Embajada hace una tenue referencia, tenue pero aguda. El texto fue enviado a Washington a las cinco y cuarto de la tarde. Siete horas antes, una poderosa bomba instalada en el motor de un Ford Falcon estacionado cerca del puesto 3 de vigilancia del Comando en jefe del Ejército, sobre la Avenida Madero, había estallado, accionada por control remoto, a la hora en que decenas de militares y civiles entraban al edificio. La intención era asesinar a Videla que esa mañana llegó más tarde porque su auto y los de su custodia habían quedado atascados en un nudo de tránsito. En el atentado murió un civil, camionero de La Plata, y fueron heridos cuatro coroneles, siete suboficiales, cinco soldados y un número nunca determinado de ciudadanos de a pie.
Ese hecho definía los tantos entre militares duros y militares blandos. Faltaban nueve días para el golpe. El documento de la Embajada dice:
“Durante el fin de semana, los contactos políticos allegados a los militares informaron que la política de ‘ir lento’ de los Comandantes de Jefe sobre el momento de dar el golpe, está causando fuertes fricciones. Supuestamente, algunos partidarios de la línea dura en los altos mandos se están impacientando con el cronograma de la jefatura y quieren que actúen con más rapidez. Según las fuentes, varios comandantes de cuerpo compartirían estos sentimientos”.
Luego, el documento cita los términos de una conversación entre funcionarios de la Embajada y “el director administrativo del influyente periódico La Opinión”, a quien no menciona: tal vez se tratara de Abrasha Rotenberg. El funcionario del diario que dirigía Jacobo Timerman dijo haber visitado el 13 de marzo varias dependencias de las Fuerzas Armadas para intentar encontrar precisiones sobre cuál sería la política militar respecto a la libertad de prensa después del golpe. Siempre según el testimonio de la Embajada, el enviado de Timerman se había entrevistado con un “capitán naval a quien describió como el futuro vocero de prensa del gobierno militar. Según este militar, la prensa tendría bastante libertad de opinión”.
El documento agrega que el oficial de la Armada había destacado que la política del futuro gobierno hacia la prensa, que había precisado con infinita vaguedad, era “producto de un arduo e intenso trabajo en conjunto y estaba sujeta a cambios inmediatos ‘si los de línea dura perdían la calma’ y hacían a un lado a los moderados”.
Desde el poder militar, al acecho del gobierno, se incumplía el secreto a voces del golpe inminente sólo para difundir la lucha interna, supuesta o no, entre duros y blandos. El informe de la Embajada al Departamento de Estado refiere luego a varios episodios de violencia que habían sacudido a Córdoba: una serie de asesinatos que tenían el aspecto de ejecuciones sumarias, crímenes que no fueron investigados y que enturbiaban el panorama político y social no sólo de esa provincia. Dice el informe del embajador Hill en un revelador párrafo que desnuda también el aparato represivo puesto en marcha durante el gobierno de Isabel Perón: “Varias fuentes indicaron durante el fin de semana los temores de que la creciente violencia en Córdoba fuese resultado de acciones emprendidas por miembros de grados superiores, que han decidido arreglar cuentas con elementos vivos del aparato subversivo sin esperar órdenes superiores. Esta actividad ha sido fuente de honda preocupación en la cúpula castrense y ha provocado que varios legisladores radicales, que no se mostraban disgustados ante la evidente inevitabilidad del golpe, pronunciaran discursos en el Congreso deplorando la violencia y expresando sus esperanzas de que los militares no estuvieran implicados”.
El comentario final del informe del embajador Hill, sintetiza la aparente disputa en la cúpula militar y refiere, sin citarlo de modo concreto, al atentado contra el Comando en Jefe del Ejército producido apenas horas antes: “La cúpula militar podría estar bastante preocupada: si no se actúa rápidamente, más oficiales podrían verse tentados a actuar y a desencadenar un golpe de línea dura. El atentado con bombas a los cuarteles del Ejército el 15 de marzo, claramente presiona a los comandantes en jefe a actuar si desean mantener el control de la situación. Fuentes políticas especulan, con creciente intensidad, que el atentado puede haber sido ‘la gota final’ que desencadenará el golpe en los próximos días. Hill”.
La investigación del atentado contra la sede del Ejército y contra Videla dio resultados inmediatos. La bomba había sido colocada bajo el motor de un Ford Falcon estacionado cerca de la entrada del personal militar, y estalló a las ocho menos cuarto de la mañana, la hora de mayor ingreso del personal al edificio. Se trataba de un artefacto con cinco kilos de trotyl, sembrado de bolillas de acero, típicas de los rulemanes, que obraron como letal metralla. La onda expansiva, según las crónicas de la época, “pulverizó los vidrios del Comando General del Ejército, de los ministerios de Bienestar Social, Economía y Defensa y de la sede de Aerolíneas Argentinas (…) y destruyó casi totalmente a otros autos estacionados en las inmediaciones”.
Si hacía falta —y no la hacía— un detonante para el golpe, el atentado que se adjudicó Montoneros lo simbolizaba con plenitud.
Al día siguiente, 16 de marzo, ocho días antes del golpe, la Embajada de Estados Unidos, que tenía en esas horas una muy intensa actividad, envió otro informe al Departamento de Estado con un título revelador y expresivo: “Desintegración del peronismo”. El texto destaca la profunda división del partido y el ilusorio control del PJ, reducido ahora a “una pequeña minoría, que podía exhibir Isabel Perón”. Luego describe la fragmentación del movimiento: “La izquierda hace tiempo que se separó completamente y ahora forma una agrupación distinta: el Partido Auténtico. De mayor importancia, también por su número, son los anti verticalistas, probablemente más de la mitad de lo que solía ser el Partido Peronista. A su vez, los anti verticalistas están divididos en varias facciones y grupos: el senador Lúder y sus partidarios, el Grupo de Trabajo (refiere a una treintena de legisladores peronistas), las fuerzas de Calabró (refiere al gobernador de la provincia de Buenos Aires), otros grupos disidentes, las fuerzas de Robledo-Báez (habla del exministro de Isabel, Ángel Robledo y del sindicalista Genaro Báez), en Reafirmación Peronista. Con frecuencia estas agrupaciones se superponen, A veces trabajan juntos y cooperan, otras, no. En lo único que coinciden es en que, pese a su apellido, la señora Perón ha agrietado el partido y debe irse”.
El documento insiste en la grave realidad que enfrenta el PJ: “Hay certeza de que ella (la presidente) ha agrietado al movimiento peronista. Actualmente está desintegrándose. Todas las facciones, sin dudas, continuarán llamándose peronistas y pensarán que lo son, pero las posibilidades de una reconciliación entre las diversas facciones para formar de nuevo una sola masa, son en extremo remotas”.
Luego, el documento de la Embajada americana retrata la división del sindicalismo peronista: “Varias regionales de la CGT han acusado a la señora Perón de haber traicionado, o al menos abandonado, los programas y la filosofía del general Perón. Además, en la Cámara de Diputados, la semana pasada, el diputado gremial peronista Ricardo de Luca hizo una distinción pública entre “isabelismo” y “peronismo”, sugiriendo que la señora Perón y su grupo minoritario de partidarios derechistas no son realmente peronistas, y que las dos fuerzas representaban corrientes irreconciliables (…). Lorenzo Miguel y algunos sindicatos siguen apoyando a la señora Perón, pero no la mayoría. Claramente, muchos dirigentes gremiales peronistas ya han hecho convenios con los militares. Sin embargo, siguen las luchas intestinas entre los propios dirigentes y la gran inquietud es si aún tienen poder sobre sus filas”. Sobre el final, el informe asegura: “Uno de los motivos que ha demorado tanto tiempo la intervención de las Fuerzas Armadas es que esperaban a que el peronismo se dividiera y el gobierno se desacreditara solo. Y lo han logrado (…)”.
Un tercer documento de la Embajada de Estados Unidos, fechado también el 16 de marzo, da cuenta de una división, tácita y no política, entre los legisladores del Congreso. El documento analiza cuál es la posición de la Unión Cívica Radical frente a la crisis y toma como referencia una columna publicada por el diario La Opinión, sin citar a su autor. El texto de la Embajada es una descripción con algo de color, un poco mundana, con la agudeza con la que los diplomáticos estadounidenses retrataban aquellos días frenéticos. Dice:
“El columnista de La Opinión indicó el fin de semana que el Congreso está dividido no en líneas de partido, sino en dos grupos. El primero, probablemente la mayoría, está formado por aquellos que están completamente resignados a que el golpe es inevitable y por lo tanto han claudicado en continuar con sus esfuerzos. El segundo, dice, consiste en aquellos que si bien comprenden que sus esfuerzos sean tal vez infructuosos, continúan trabajando para llegar a una solución constitucional aunque sea a último minuto”.
La referencia al último minuto no es casual: esas líneas fueron escritas y enviadas a Washington horas antes del mensaje que el líder de la UCR, Ricardo Balbín, daría esa noche por cadena nacional, un último manotazo del gobierno por mostrar una amplitud de miras que no tuvo nunca. Balbín citaría al poeta Pedro B. Palacios, “Almafuerte” y su poema “Avanti” que culmina: “¡Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de su muerte!”. La Embajada no estaba para sonetos, si bien anticipaba el sentido y el espíritu que tendría el mensaje de Balbín, también elegía reflejar con datos inocentes en apariencia el embravecido mar que sacudía al país entero. Al comentar la división en el Congreso entre resignados al golpe e insistentes a hallar una salida institucional, agregaba: “Ciertamente, hay evidencia de que muchos legisladores se han pasado ya al primer grupo. Varios han llamado desde el Congreso para despedirse de los funcionarios de la Embajada, y muchos de ellos ya han sacado sus artículos personales de sus oficinas y se han ido a casa”.
Días más tarde, el éxodo en el Congreso quedaría evidenciado por la fantástica crónica de un diario porteño: “En el Parlamento nacional se vivió ayer un clima de desazón. Muchos diputados expresaron su convencimiento en el sentido de que en las próximas horas se producirían grandes novedades y comenzaron a retirar sus efectos personales. De un importante bloque se llevaron el televisor, la heladera y un busto de Hipólito Yrigoyen. En tanto, otros legisladores se apresuraron a solicitar el adelanto de sus dietas. Otros efectuaron consultas acerca de si era conveniente irse al exterior. Ya no hay café. Hasta los ‘mangueros’ desaparecieron”.
Como una fruta madura, el golpe estaba al caer.