El ex sacerdote Adrián Vitali junto a su esposa, Alejandra López, y sus hijos Bruno y Renzo.
El ex sacerdote Adrián Vitali junto a su esposa, Alejandra López, y sus hijos Bruno y Renzo.

“Alejandra vivía en el centro de Córdoba, yo en la periferia. Las cosas entre los dos se fueron dando. En la peña de un cura que vivía en la villa, me tomé unos vinos. Era sábado, se hicieron las tres de la mañana, y la llevé a la casa. Al llegar me dijo: ‘No te vas a ir así, te hago un cafe’. Entré, y como tenía lentes de contacto, se me había hecho una lagañita. Ella se acercó para sacármela y no se si fue el alcohol o qué, pero le dije: “¿Es pecado besar a quien se ama?”... Y nos dimos un beso. Yo tenía 30 años, lo hice por primera vez, y nadie bajó a castigarme. Fue una liberación. Me sentí feliz”.

-¿Por qué decís que “nadie bajó a castigarte”?

-Entré al seminario de Nuestra Señora de Loreto, de la Arquidiócesis de Córdoba, a los 17 años, en 1987. Nunca había hecho uso de mi sexualidad, ni siquiera me había masturbado. Pero todos los meses tenía un sueño erótico y una polución nocturna. Y como era reincidente, el confesor me decía que me pusiera un silicio, que es una especie de cinturón con púas. Es para que lastime la cintura y no genere pasión. Pero la biología sigue funcionando...

Quién habla es Adrián Vitali (52), y hasta el momento del beso era sacerdote. Lo fue un año más, hasta agosto de 1997. Cuando su relación con Alejandra López (50) se conoció, debió abandonar los hábitos. Hoy tiene dos hijos con ella: Bruno (21) y Renzo (19), y después de trabajar varios años como secretario de participación social en la municipalidad de Río Tercero, está desocupado.

Vitali, cuando era sacerdote en Villa Libertador, una barriada humilde de Córdoba.
Vitali, cuando era sacerdote en Villa Libertador, una barriada humilde de Córdoba.

Ahora que el papa Francisco cerró la posibilidad de ordenar sacerdotes a hombres casados, su historia vuelve a la luz. El Sínodo de la Amazonia, que tuvo lugar el año pasado, había significado una leve esperanza para Adrián y los curas que, por amor, dejaron de pertenecer a la Iglesia. Los casos abundan: el más resonante el año pasado fue develado cuando el actor Fernando Dente confesó que su verdadero padre era un sacerdote. A los pocos días se supo que se trataba de Fernando Onetto, quien había renunciado al curato y formó una familia.

En esa reunión que se llevó a cabo en el Vaticano, los obispos de las regiones amazónicas, preocupados por la falta de misioneros, habían aprobado que se discutiera la posibilidad de ordenar sacerdotes a hombres casados para llevar la palabra de Dios a esa selva remota. Pero esa chance se desvaneció. El documento papal Querida Amazonia, que se conoció el miércoles 13 de febrero, se limita a “a exhortar a todos los Obispos, en especial a los de América Latina, no sólo a promover la oración por las vocaciones sacerdotales, sino también a ser más generosos, orientando a los que muestran vocación misionera para que opten por la Amazonía”. Ni una palabra sobre quienes optaron por el matrimonio.

Por el momento, entonces, las únicas excepciones al celibato que admite el Vaticano son los sacerdotes casados de ritos orientales, como los maronitas libaneses o los coptos egipcios; los de la Iglesia greco-católica de Ucrania, que se integró al catolicismo en el año 1696 con la condición de seguir con su liturgia, su tradición y su disciplina; y aquellos que proceden de la confesión anglicana o episcopaliana, que aceptaron sucesivamente Juan Pablo II en 1980 y Benedicto XVI en el 2009.

“Francisco había generado expectativa, porque hizo el Sínodo de la Amazonia, porque invitó a la gente a opinar. Ahí se discutieron cosas importantes, como la posibilidad de ordenar hombres casados. Fue abrumadora la aceptación. Ahora, toda esa gente quedó expuesta. El documento final parece el del presidente de una ONG ecologista. Fue como si el Congreso votara una Ley y el presidente la vetara. El Papa nos decepcionó”, señala Adrián.

Después de diez años, Vitali obtuvo la dispensa papal y se pudo casar por Iglesia.
Después de diez años, Vitali obtuvo la dispensa papal y se pudo casar por Iglesia.

“Todo esto comenzó en el segundo concilio de Letrán, en 1123. Allí se instala el celibato obligatorio porque la Iglesia se estaba descapitalizando -reseña Vitali-. Frenaron la sangría, porque cuando moría un cura, la herencia iba a la mujer y los hijos. De esa manera, empezaron a recuperar el poder, que siempre es material.

-¿Cuántos sacerdotes hay en tu misma situación?

-Según un informe del Movimiento Latinoamericano de Sacerdotes Casados, se dice que en el mundo hay alrededor de 300 mil. Pero no hay estadísticas confiables, porque la Iglesia no dice cuántos curas dejan los hábitos. Sí sé que acá, en Córdoba, somos unos 130. Y eso lleva a otro problema: cuando entré al seminario en 1987 éramos 250, y por año se ordenaban siete, ocho… Ahora en el de Córdoba, habrá 20 seminaristas, y llegarán dos o tres. En mi curso éramos 27, el 11 de noviembre de 1995 nos ordenamos siete y quedan apenas tres. El drenaje es muy grande. Si no hacen un planteo serio, no lo van a resolver nunca. Hay un montón de parroquias que se cierran por falta de sacerdotes. Un cura debe atender dos o tres, y lo único que puede hacer es celebrar misa y hacer bautismos, para otra cosa no tiene tiempo.

-¿Tuvieron algún acercamiento con la Iglesia?

-No. Y en vez de venir a nuestro encuentro, inventa soluciones que no van a resolver el problema. Formar un cura lleva siete años. Por eso el Papa sale pidiéndole a los obispos que manden misioneros, gente formada. Es distinta la dinámica de los evangélicos: con un curso abren una iglesia. El catolicismo se va a avejentando. Vas a misa y la gente tiene de setenta años para arriba. Parece que no ven esto.

El beso de los novios.
El beso de los novios.

-¿Por qué te hiciste sacerdote?

-Yo me ordené en Villa Libertador, una barriada grande. Como La Matanza, pero en Córdoba. La mía era una opción por los pobres, me hice cura por eso. Fui muy feliz ahí. Después empecé a trabajar en la cárcel, porque muchos de mis feligreses estaban presos. Ahí conocí a Alejandra, mi mujer, que era catequista en la cárcel de mujeres El Buen Pastor. Empezamos a trabajar en la Pastoral Carcelaria. Esto fue en el 97. Yo tenía dos años y medio de cura. Como digo, el amor sucede. Me empecé a sentir más acompañado cuando estaba con ella. Y cuando no, buscaba excusas para verla. Hasta que ocurrió lo que te conté, del primer beso. Encima, Alejandra quedó embarazada enseguida.

-¿Qué pasó entonces?

-Me llamó el Cardenal Raúl Primatesta, que era el Arzobispo de Córdoba. Me sorprendió, porque me dijo que podía seguir siendo cura: “Te mandamos a otra parroquia, a otro lugar. Nosotros le pagamos la cuota alimentaria al chico, pero con la condición que no lo veas más”. Es el mismo protocolo que hacían con la pederastía. Le dije que no. Fue una charla de diez, quince minutos.

-¿Cómo se enteró Primatesta?

-Porque Alejandra le contó a una amiga, ésta a un cura, y éste le mandó una carta al Obispado, diciendo que yo había dejado embarazada a una feligresa… ¡un botonazo!

-¿Nadie lo sabía?

-Eso habrá sido un año, no más. Yo hablé con algunos curas amigos y les conté. Y muchos me decían “¿cuál es el problema?”. Había un montón en mi situación, pero no tenía estado público.

-¿Qué te pasó después de la charla con Primatesta?

-Era agosto del ‘97. Quedé a la intemperie. Porque la Iglesia es una institución muy protectora: no pagás la luz, tenés todo. Había estado diez años, me fui sin un oficio, nada. Me sentía como un animal en cautiverio que largan en su hábitat: no sabía si era carnívoro o herbívoro. Me dejaron sin una beca que tenía, hasta sin mutual para el embarazo de Alejandra. Salís de la institución y te hacen la cruz. Fue un aprendizaje duro, pero lindo.

-¿Te pudiste casar por Iglesia?

-Si, después de diez años. Primero fue el civil, el 31 de octubre del 97. Alejandra estaba de ocho meses, Bruno nació el 24 de noviembre. Nuestros padres se conocieron ahí, en el civil. Imaginate lo que era eso. Pero casarnos por Iglesia no podíamos. Debía esperar la dispensa de Roma. Y Juan Pablo II no la daba asi nomas, era para mayores de 40 años. Hice el trámite y quedó ahí. Cuando llegó el obispo Ñañez como Arzobispo de Córdoba se allanó el camino. Cuando llegó el decreto desde Roma, nos casamos. Fue el 7 de octubre del 2012. Tenía que ser medio en secreto, en una capillita cerca de donde vivo. Pero fue una fiesta re linda, con todos los amigos. La ceremonia la ofició un sacerdote amigo. Y en la iglesia estaban todos los curas que estaban en mi situación, con sus mujeres. Vinieron hasta medios nacionales. Me acuerdo los títulos de los diarios: “El cura vuelve al altar”.

Vitali junto a su familia.
Vitali junto a su familia.

-¿Cómo es tu relación con Dios?

-Muy personal, y muy buena. Siempre me apasiona la vida del carpintero de Nazaret e intento seguir viviendo como él. La vida de Jesús está muy lejos de la vida de la Iglesia.

-¿Vas a misa?

-Solo cuando me lo pide mi esposa, porque ella sigue practicando. ¿Que loco no? Fui a tantas misa en mi vida y ahora me tienen que llevar, jaja...

-¿Y comulgás?

-Por supuesto. La misa es la mesa donde los primeros cristianos compartían el pan.

-Si la Iglesia aboliera el celibato y aceptara curas casados, ¿volverías a adoptar los hábitos?

-Eso no va a pasar. Solo lo aceptaría para misionar en algún lugar pobre. Si de algo estoy seguro es que nunca lucré con Dios.

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