Viendo una serie basada en hechos reales, donde personajes adultos con vidas que deslumbran desde afuera empiezan a tener lo que llamamos flashbacks —esos fragmentos de recuerdo que aparecen de manera repentina e irrumpen—, recordé a una paciente que atendí hace muchos años.
Su consulta era porque, a pesar de una vida económicamente tranquila, de haber alcanzado lo que se suponía que debía desear —una familia, una carrera exitosa—, no encontraba gusto en la vida. Sentía que sus días eran grises, que aunque hiciera cosas lindas, viajara, no estaba del todo conectada con el mundo. Describía esta forma de disociación como una vida paralela: por dentro, nada tenía luz; desde afuera, todo se veía maravilloso.
No es poco común encontrarse en la consulta con adultos que atraviesan lo que llamamos depresiones funcionales: estados depresivos silenciosos, que no impiden trabajar, criar hijos o sostener una vida. Esta mascarada se sostiene tanto tiempo que termina confundiéndose con el carácter, con “la forma de ser” de esa persona. La persona se acostumbra a una vida sin emociones, casi todo le da lo mismo.
PUBLICIDAD
En las primeras sesiones, trayendo recuerdos fragmentarios, dijo: “Yo era muy obediente.” Lo pronunció sin afecto, como quien enuncia un dato. Durante muchos años esa había sido la explicación de quién era: una niña que hacía caso, que no protestaba, que siempre estaba feliz, un patrón que replicó en su adultez.
Cuando ese recuerdo empezó a desplegarse, apareció su imagen de niña abanderada, siempre el orgullo familiar, que tocaba el piano, que hablaba francés desde chiquita. Poco a poco aparecieron otras escenas: las veces que había querido decir que no, las miradas gélidas de la madre, las penetrantes del padre. Se acostumbró a anticipar el humor de los adultos para evitar que algo terrible ocurriera.
Nunca le habían pegado, que ella recordara, pero su miedo era tan intenso como si hubiese pasado.
Existe la obediencia que se construye cuando un niño reconoce las reglas: hay cosas que están mal, cosas que están bien, cosas que se pueden o no se pueden hacer. Es el adulto quien lo introduce en el mundo de la ley, la misma que pone límites y ofrece seguridad.
PUBLICIDAD
Existe también, como en este caso, una obediencia que no nace de la norma sino del miedo: lo que durante años fue celebrado como una cualidad —una niña fácil, una niña buena— era en realidad una estrategia de supervivencia psíquica, física, o ambas. Esa obediencia no es consentimiento, devela la magnitud del miedo.
Obedecer, en su raíz, no es someterse: es escuchar. Ella escuchaba puertas afuera, puertas adentro, y pocas veces se había escuchado a sí misma. Eso, lo replicaba en su vida adulta.
Con los años, esa forma de habitar el mundo puede volverse casi invisible para quien la vivió.
Muchas personas llegan a la adultez, como esta paciente, siendo extraordinariamente eficaces para cumplir expectativas ajenas, pedir poco, soportar demasiado y postergar sistemáticamente sus propios deseos. No porque así lo hayan elegido, sino porque esa fue la manera en que aprendieron a mantenerse a salvo.
PUBLICIDAD
Tal vez por eso convenga revisar algunos elogios que repetimos sin pensar: “qué buenito”, “qué bien se porta“
Cuando un niño o una niña nunca cuestiona, ni protesta, ni expresa desacuerdo, o es excesivamente complaciente, es una señal para indagar si pasa algo.
Me parece muy cruel que en la infancia se deba pagar la paz adulta con una hipoteca para toda la vida. Esa hipoteca, con los años, muchas veces se paga en forma de depresión.
PUBLICIDAD
La serie, con sus personajes atravesados por flashbacks, me dejó pensando en los niños y las niñas que tenemos cerca. En los que nunca dan trabajo, en los que ya saben, antes de que se les diga, lo que se espera de ellos. Y también en los que llegan a los consultorios porque no comen bien, o no duermen, o tienen alguna afección en la piel que el pediatra no logra explicar y por eso deriva a una consulta psicológica. Muchas veces confundimos ese silencio con calma. No siempre lo es.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.