El consumo de azúcares ha pasado de ser un placer ocasional a convertirse en un hábito cotidiano para millones de familias en todo el mundo. En la actualidad, numerosos productos industrializados contienen cantidades elevadas, lo que representa un desafío tanto para padres como para autoridades sanitarias. Este fenómeno no solo responde a una evolución en las preferencias alimentarias, sino también a la disponibilidad y accesibilidad de productos ultraprocesados, desde bebidas hasta snacks y alimentos infantiles.
Diversos estudios advierten que el exceso de endulzantes artificiales puede acarrear serias consecuencias para la salud, especialmente cuando su consumo se inicia durante la infancia. El problema no solo está en la cantidad, sino también en el momento en que el organismo es expuesto: las preferencias por alimentos dulces que se adquieren en los primeros años tienden a consolidarse y acompañar a la persona a lo largo de su vida.
No obstante, no todo el azúcar es igual. Mientras que la que se encuentra de forma natural en frutas enteras aporta fibra y micronutrientes, el añadido carece de valor nutricional y desplaza el consumo de alimentos saludables. Según la Organización Mundial de la Salud, el consumo ideal debería representar menos del 5% de la ingesta calórica total.
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Efectos de consumir azúcar en la infancia
El consumo alto de azúcares añadidos en la infancia se asocia con efectos que pueden durar décadas. Según investigaciones recientes publicadas en la revista Science y analizadas por especialistas de la Universidad del Sur de California y la Universidad de Colorado, la exposición temprana se asocia con un aumento del riesgo de enfermedades crónicas en la vida adulta, como hipertensión y diabetes tipo 2.
Estos endulzantes artificiales no solo afectan la salud metabólica y cardiovascular. Estudios científicos, como uno publicado por el equipo de Núria Voltas en Sage Choice, revelan que la ingesta elevada de azúcares en la primera infancia puede estar relacionada con problemas psicológicos, incluyendo trastornos del sueño, síntomas de ansiedad y TDAH. Esta evidencia amplía el foco sobre los potenciales efectos, mostrando que sus implicancias van mucho más allá de las caries y el sobrepeso, alcanzando incluso el ámbito del desarrollo mental y emocional.
Una persona expuesta a mucho azúcar desde la gestación y los primeros años de vida puede llegar a la adultez con más riesgo de hipertensión y diabetes tipo 2, además de obesidad, resistencia a la insulina y señales vinculadas con problemas de sueño, atención y ansiedad, según la Universidad de Colorado y el estudio de SAGE Open Medicine.
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Según el estudio analizado por la Universidad de Colorado, una exposición más baja durante los primeros 1.000 días se relacionó con menos casos de ambas enfermedades y con una aparición entre dos y cuatro años más tarde. Con datos de salud de unos 60.000 británicos seguidos hasta la adultez, investigadores hallaron menos hipertensión y menos diabetes tipo 2 entre quienes estuvieron expuestos a menos azúcar al comienzo de la vida.
La Universidad de Colorado, al citar la misma investigación publicada en Science, situó la reducción del riesgo de diabetes tipo 2 en 40% y añadió que la aparición de estas enfermedades se retrasó entre dos y cuatro años. Tadeja Gracner, científica de la Universidad del Sur de California, dijo a National Geographic que “reducir el azúcar añadido desde temprana edad es fundamental para la salud a largo plazo”. La casa de estudios de Colorado subrayó además que la restricción británica no eliminó el azúcar, sino que mantuvo un consumo moderado.
Huellas en la conducta, el sueño y el gusto por lo dulce
La exposición temprana también puede dejar huella en la relación con la comida. Gracner declaró a National Geographic: “Si estuviste expuesto a alimentos dulces desde temprana edad, es probable que los prefieras a lo largo de tu vida más que alguien que no lo estuvo”.
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La revisión de Sage Choice examinó a nenes evaluados hasta los 30 meses en Tarragona, España, y analizó el consumo de azúcares libres, una categoría de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que incluye los añadidos y también los presentes de forma natural en miel, jarabes, jugos y concentrados de jugo.
En esa muestra, el 40,4% de los bebés a los 12 meses y el 50% a los 30 meses superaban el 10% de la energía total recomendada por la OMS. Ese trabajo encontró una asociación entre un alto consumo de azúcares libres a los 30 meses y la presencia simultánea de problemas de sueño, síntomas de ansiedad y TDAH.
En cambio, no hallaron una asociación significativa entre el consumo a los 12 meses y el desarrollo posterior de esos problemas a los 30 meses. Los autores precisaron que sus resultados no permiten extraer conclusiones firmes sobre causalidad. National Geographic recordó además que investigaciones de los años 90 descartaron la vieja idea de que el azúcar causa hiperactividad. Esa aclaración no contradice las asociaciones observadas en el estudio sobre sueño, ansiedad, atención y TDAH.
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Cómo reducir el azúcar añadido desde los primeros años
Los endulzantes artificiales no aparecen solo en golosinas y postres. La Universidad de Colorado citó como fuentes frecuentes las gaseosas, cereales de desayuno, alimentos procesados, snacks salados, yogures con sabor, alimentos para bebés, jugos y bebidas deportivas.
Según destacaron en la revisión, los niños en Estados Unidos consumen en promedio 17 cucharaditas diarias de azúcares añadidos. National Geographic indicó que las autoridades sanitarias recomiendan menos del 10% de las calorías a partir de azúcares añadidos en mayores de dos años, que la OMS plantea un ideal inferior al 5% y que los menores de dos años no deben consumirlos.
Joshua Tarkoff, endocrinólogo pediátrico del Nicklaus Children’s Hospital de Miami, dijo a National Geographic que revisar etiquetas exige reconocer muchos nombres distintos del azúcar, entre ellos maltosa, dextrosa y jarabe de maíz de alta fructosa. Sobre las bebidas, advirtió: “Si toman jugo en el desayuno, leche con chocolate en el almuerzo, bebidas isotónicas después de clase y gaseosas en la cena, eso son cientos de calorías, y no les sacia”.
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Las recomendaciones recogidas pasan por ofrecer más agua, limitar otras bebidas, desconfiar de etiquetas que presentan bebidas azucaradas como saludables y optar por alimentos integrales o comidas caseras. Jortberg resumió ese objetivo con una pauta de moderación: no se trata de excluir por completo el azúcar, sino de fijar límites tempranos que después influyan en las decisiones alimentarias de la vida adulta.