El avance de los fármacos GLP-1 redefine el tratamiento de la obesidad en Estados Unidos

Nuevos medicamentos transforman el enfoque médico con efectos que van más allá del control de peso y apuntan a prevenir enfermedades cardiovasculares, asegura New Scientist

Investigaciones sugieren que medicamentos GLP-1 podrían tener aplicaciones futuras en el tratamiento de adicciones (Photographer: George Frey/Bloomberg)

El descenso en las tasas de obesidad registrado en Estados Unidos en 2023 marcó un punto de inflexión tras décadas de incremento sostenido. Buena parte de ese cambio puede atribuirse a la irrupción de la semaglutida, un medicamento aprobado en 2021 para el tratamiento de la obesidad y que, pese a su alto costo y limitada disponibilidad, ha demostrado ser extraordinariamente eficaz. Sin embargo, según New Scientist, este avance podría representar solo el inicio de una transformación mucho más profunda en la medicina contemporánea.

La semaglutida, junto con otros fármacos de su clase como liraglutida o tirzepatida, forma parte del grupo de los agonistas del receptor GLP-1, diseñados para imitar una hormona intestinal que genera sensación de saciedad y reduce el apetito, además de regular el azúcar en sangre. La consecuencia directa es una significativa pérdida de peso en la mayoría de los pacientes. Pero los beneficios no se detienen allí.

Ensayos clínicos recientes han revelado efectos cardiovasculares notables. Un estudio a cuatro años con casi 18.000 participantes demostró que la incidencia de infartos y accidentes cerebrovasculares fue menor en quienes tomaron semaglutida, en comparación con quienes recibieron placebo. También se están documentando casos en los que el medicamento reduce comportamientos compulsivos como el consumo excesivo de alcohol, lo que ha generado especulación sobre su potencial para abordar diversos tipos de adicción.

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Beneficios más allá del peso

El entusiasmo en torno a estos efectos secundarios beneficiosos ha llevado a algunos expertos a considerar el uso prolongado, incluso de por vida, de estos medicamentos. La investigadora Helen Colhoun, de la Universidad de Edimburgo, sugiere que podrían tener un rol duradero en la salud pública más allá del tratamiento de la obesidad, aunque advierte sobre la tentación de presentarlos como una solución mágica. “Es esencial reforzar las intervenciones sociales que combaten las causas estructurales de la obesidad”, subrayó.

Helen Colhoun aborda el potencial de estos fármacos para la salud pública más allá de la obesidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

A pesar del optimismo, persisten numerosas incertidumbres. La ciencia aún no logra determinar si los beneficios cardíacos provienen de la pérdida de peso o de efectos independientes del fármaco. Un estudio en animales sugiere que algunos de estos efectos positivos se producirían incluso sin reducción de peso, lo cual podría explicarse por la presencia de receptores GLP-1 en órganos como el corazón o el cerebro. Por ahora, sin embargo, se carece de datos suficientes sobre los efectos en personas no obesas ni con diabetes tipo 2, debido a la limitada participación de este grupo en los ensayos.

Una carrera farmacéutica sin precedentes

En paralelo, la industria farmacéutica está compitiendo por desarrollar versiones mejoradas de estos medicamentos. Actualmente hay al menos 39 nuevos fármacos GLP-1 en desarrollo. Entre ellos destaca la retatrutida, que además de actuar sobre los receptores GLP-1 y GIP (ambos relacionados con la saciedad), también activa el receptor de glucagón, favoreciendo la liberación de reservas de grasa. Los primeros datos apuntan a que su eficacia para perder peso podría superar incluso a la de la tirzepatida.

El mayor obstáculo para una adopción masiva sigue siendo el formato inyectable de estos tratamientos. Debido a que se trata de proteínas complejas, no pueden administrarse por vía oral sin ser destruidas en el aparato digestivo. Esto encarece la producción y limita su disponibilidad. Algunos avances intentan revertir esta situación: el fármaco Rybelsus combina semaglutida con un compuesto que facilita su absorción intestinal, aunque requiere tomarse en condiciones muy específicas y solo está aprobado para tratar la diabetes.

Una vía prometedora son los fármacos de moléculas pequeñas, como orforglipron, que podrían tomarse como comprimidos y fabricarse a gran escala con mayor facilidad. Actualmente se encuentra en fase III de ensayos y podría ser aprobado en breve. También se están explorando versiones inyectables de aplicación mensual.

Al menos 39 nuevos medicamentos GLP-1 se encuentran en desarrollo dentro de la industria farmacéutica (Imagen Ilustrativa Infobae)

Casi la mitad de los pacientes experimentan efectos gastrointestinales —náuseas, vómitos, diarrea— que en general desaparecen al cabo de unos días, pero en algunos casos persisten y provocan el abandono del tratamiento. Además, existe preocupación por posibles efectos adversos como la pérdida de masa ósea y muscular. Algunas empresas buscan contrarrestarlos combinando GLP-1 con medicamentos que favorezcan el crecimiento muscular.

Uno de los puntos más controvertidos es el fenómeno conocido como “efecto rebote Ozempic”. Un ensayo con 2.000 participantes reveló que, al dejar de tomar el medicamento, los pacientes recuperaban cerca de dos tercios del peso perdido. Esto ha llevado a comparar su uso con el de otros tratamientos crónicos, como las estatinas, cuya eficacia depende de la administración continua.

Un arma poderosa, pero no suficiente

Aun así, los expertos advierten contra la dependencia excesiva de estos medicamentos. Aunque ofrecen una vía eficaz para controlar enfermedades asociadas a la obesidad, no resuelven las causas sociales, culturales y económicas que la alimentan. El riesgo, advierten, es que estas terapias farmacológicas desplacen la atención de las políticas públicas necesarias para transformar los entornos que perpetúan malos hábitos alimentarios y estilos de vida sedentarios.

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