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García Cuerva lo hizo

En el Tedeum, con un discurso potente y educado, el máximo referente del catolicismo porteño no se olvidó de su proveniencia: la militancia del evangelio en los lugares más excluidos

Jorge García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires

Fragmentación, discapacitados, abuelos, niños que sufren, descartados del sistema, no buscar responsables sino soluciones, basta de arengar a la división, perdieron sensibilidad y empatía, odiadores terroristas de las redes, derroche de dinero y despilfarro, basta.  Así podría ser la nube de palabras de la homilía del arzobispo Jorge García Cuerva, esa herramienta que los encuestadores hacen para destacar lo que más se escucha en distintos escenarios públicos. El que quiere oír, que oiga.

Con un discurso potente y educado a la vez, tan a contrapelo de lo que se escucha en el ágora político dominado por el oficialismo en general y por el presidente en particular, el máximo referente del catolicismo porteño no se olvidó de su proveniencia: la militancia del evangelio en los lugares más excluidos.  

Hay que recurrir a la más fina y estratégica diplomacia del mundo, la de los hombres con sotana que refieren a Roma, para ver el subtexto de la elección de la lectura evangélica en el Tedeum de hoy.  Es el pastor el que elige con total libertad.  García Cuerva escogió al paralítico discriminado y abrazado por Cristo: puso en relieve alumbrado por un reflector cenital, ni más ni menos que a un discapacitado maltratado.  

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Y así, con todo. Los jubilados estuvieron presentes, los pobres y marginados, los descartados por los que clamó el papa Francisco, su mentor espiritual y para la designación en el cargo.  En el día en que se publica la primera encíclica del actual Papa, el que abomina la deshumanización provocada por las redes y propone “desarmar” la IA, el obispo de Buenos Aires echó del templo de sus fieles a los que odian como terroristas desde Twitter, Facebook y todos sus parientes.   Odian. Son terroristas, dijo sin levantar el tono de voz y la admonición retumbó en la catedral y puertas afuera.  Las patotas digitales no podían creerlo. 

Hubo un mensaje a todos: oficialistas, opositores (ni uno solo puede empardar la contundencia del mensaje de este obispo) periodistas y simples ciudadanos. Basta de divisiones, sean empáticos, no derrochen dinero ni lo exhiban con obscenidad (las cámaras de televisión de presidencia tuvieron el decoro de no mostrar algún rostro de las primera filas que sonarían a ejemplo de esto). Otra vez: el quiera escuchar, que escuche. El que no, seguirá insultando en Twitter.

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