Bajo esa visera de la que cuelga la frase “Cultivar el suelo es servir a la Patria”, sobre esa platea, se ha propuesto un modelo de país y, en consecuencia, se ha cocinado gran parte de su destino. La inauguración de la Exposición Rural es un acontecimiento “de agenda”. A nivel político, no sucede nada más importante ese día, preferentemente domingo, en el que, paradójicamente la inauguración no abre la muestra sino que la cierra. Y en medio de esa “celebración” se ofrece una comunicación a cielo abierto, desde una tribuna que le habla al país, entre “el campo”, un sector trascendental para la economía nacional, y el administrador de ésta, el presidente. Si es que va.
“Que se vaya, que se vaya”, rugió la arena del Predio Ferial de Palermo el invierno de 1988. Las tribunas, colmadas de abrigos oscuros y boinas húmedas por la lluvia de ese domingo, silbó y repudió la presencia del primer presidente desde la vuelta de la democracia. La Sociedad Rural, pocos años antes, había dado la bienvenida a la dictadura al celebrar que los militares “tomaron las riendas con patriótico empeño” y recibió a Videla en las clásicas muestras, que no se interrumpieron en los años de plomo.
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Una década después, el 13 de agosto de aquel 88 (el año de la muerte de Olmedo y de los 40 y pico de días de paro docente) todos o casi todos gritaban que se fuera de allí Alfonsín. La inflación empezaba a su trágico ciclo indomable, el Plan Austral no funcionaba, a la primavera democrática se le marchitaban las flores y los productores rurales, en la voz del presidente de la entidad, Guillermo Alchourrón, reclamaron menos retenciones.
El clima se puso espeso bajo la lluvia porque antes de Alfonsín habló su secretario de Agricultura, Ernesto Figueras. Y los silbidos casi taparon su voz. El presidente se paró a su turno y la silbatina aumentó incluso más. Bajo boinas y paraguas, mientras Alfonsín enumeraba a los invitados presentes que ocupaban el palco, la gente lo insultaba cada vez más alto. El abogado de Chascomús miró para atrás, tomó aire y levantó el dedo índice de su mano derecha, un gesto de su característica figura.
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“Estas manifestaciones no se producen en tiempos de dictadura. Aunque parece que algunos comportamientos no se consustancian con la democracia, porque es una actitud fascista no escuchar al orador”, bramó Alfonsín y de repente aparecieron algunos aplausos, como un rayo de sol en la tormenta. “Son los que muertos de miedo se han quedado en silencio cuando han venido acá a hablar en representación de la dictadura”, siguió, de inmediato. “Y son también los que se han equivocado y han aplaudido a los que han venido a destruir la producción agraria”, cerró. Segundos después le agradeció a Alchourrón “su diálogo” y, no sin ironía, “su vehemencia”.
Finalmente Alfonsín miró a los ojos al presidente de la SRA, sentado apenas a un metro y medio, y bajó el tono en la enumeración de los problemas que afrontaba su gobierno. De fondo, la cortina de silbatinas jamás se detuvo, sino hasta el final del discurso.
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Probablemente el caso de Alfonsín haya sido el más emblemático por la ferocidad dialéctica y el enojo que bajaba de las tribunas y que, de igual modo, el presidente también atribuyó, con muñeca, a un sector que tenía “intereses electorales”. Como si no le diera demasiada entidad a la respuesta de las tribunas, en épocas donde los debates populares se daban así, desde el estrado, a lo griego, mucho antes del delirio anónimo de las redes sociales.
Palermo ha sido territorio hostil hasta para Menem, con quien el campo siempre tuvo sintonía y más la SRA, que pudo comprar el invalorable terreno frente al viejo Zoo (según la Justicia, el riojano se los vendió a precio vil). Pero en 1989, a poco de asumir su primer mandato, el presidente peronista en camino hacia la frecuencia neoliberal global post Muro de Berlín inauguró la Exposición Rural y recibió un trato cálido por parte de Alchourrón.
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A diferencia de la jornada lluviosa (y ácida) de Alfonsín, el sol tostaba la arena central. La SRA celebró el rumbo económico, las reformas del Estado y las privatizaciones de las empresas públicas pero reclamó el fin de las retenciones y pidió por la flexibilización laboral y la “apertura económica”.
“El campo es uno de los pilares fundamentales de nuestra producción. Vamos a trabajar para devolver el brillo que tuvo la Argentina en otras épocas”, resaltó Menem a un cronista de ATC mientras subía a su lugar en el palco. Cuando le tocó hablar hubo gente que lo aplaudió de pie. Carlos Saúl sonrió bajo un elegante traje gris y le dijo al campo que encarnaba su propio modelo: “el capitalismo popular de mercado”.
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“No pretendo que sea un discurso más. Voy a hablarles desde el corazón”, arrancó, a cuestas de su carisma, y se llevó los primeros aplausos. Sin embargo, les puso un freno sutil. “Con toda mi esperanza quiero formular un llamado a la dirigencia empresaria argentina: nadie puede sentirse ajeno a este llamado porque a mayores recursos mayores responsabilidades. Pasó el tiempo de salir a flote solitariamente de esta crisis”.
Menem siguió yendo y también lo hizo De la Rúa en su administración fallida y trágica, los dos años que le tocó gobernar. Tuvo que escuchar el reproche de la SRA porque en las rutas “crecen los piqueteros”. Después pasó lo que pasó, el 2001 y su pozo profundo dentro del cual trató de nadar Eduardo Duhalde para sacar adelante un país estancado, sin trabajo ni producción pero el barón de Lomas de Zamora no fue a la Rural cuando hubiera sido su turno.
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El discurso del representante de mayor jerarquía del Gobierno que puso la cara en Palermo, el secretario de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación Rafael Delpech, se llevó de regalo los fuertes silbidos de los productores rurales y tiro por elevación a Duhalde. “Todo el campo esperaba que el Gobierno estuviera aquí. Siempre creímos que el Gobierno tiene que estar con la gente que trabaja, pero lamentablemente parece que algunos no lo entendieron”, dijo el presidente de la SRA.
El que respondió fue su secretario general, Aníbal Fernández. “El doctor Duhalde nunca ha ido a la Rural, ¿por qué lo tiene que hacer ahora? ¿Porque es una costumbre?”, desafió.
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Después vino la década de Néstor y Cristina Kirchner. Ni el patagónico ni la abogada platense fueron jamás al predio palermitano. El 2 de agosto de 2003, cuando él llevaba menos de tres meses en el poder, envió a su vice, Daniel Osvaldo Scioli, en su lugar. Cada año, el presidente de la Rural, Luciano Miguens, fustigó las “formas”. Hasta que no hubo retorno. 2008 y la 125. En diciembre de 2012, Cristina Fernández hasta firmó un decreto para confiscar el predio de La Rural, una medida que frenaría el Poder Judicial.
Después vinieron mejores épocas. Macri siempre fue un amigo del campo. “Cuando me dicen que les hemos dado una mano, yo no me siento cómodo con esa frase. Lo que hemos hecho es sacarle el pie de encima y el campo respondió con más trabajo y más empleo”, les dijo en 2017.
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Al amigo Macri lo siguió el peronista Alberto Fernández y la pandemia canceló las ediciones de 2020 y 2021, una interrupción histórica desde que la Sociedad Rural se hizo en 1875 de las tierras palermitanas que habían pertenecido a Rosas. Ahora volvió un presidente a la Rural, encarnado en el excéntrico Milei. Las tribunas lo trataron bien. Aun así, el nuevo presidente de la SRA, Nicolás Pino, le pidió que baje retenciones y que salga del cepo. “Confiamos en su palabra”, le avisó. Lo tenía a su lado. A la hora de su discurso, el presidente lo retribuyó. Arrancó por un lugar común, el del sentimentalismo: “Es un orgullo estar parado sobre esta arena. Este podio y esta institución han sido protagonistas de esta historia. Estar aquí me llena de orgullo y deber”. Después les pidió paciencia.
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