El 36,7% de los estudiantes de cuarto y quinto de secundaria evaluados en Lima Metropolitana presenta riesgo clínico de ansiedad y depresión, de acuerdo con un informe elaborado por la Dirección Regional de Educación de Lima Metropolitana (DRELM) y la Escuela de Carácter y Ciudadanía. El resultado abarca a 2.052 adolescentes de una muestra de 5.592 alumnos de 45 colegios públicos.
La investigación, desarrollada en las siete Unidades de Gestión Educativa Local de la capital peruana, plantea que la salud mental de parte de los escolares requiere una respuesta que involucre a las familias, los centros educativos y los servicios especializados. El estudio identifica problemas vinculados con el entorno académico, la convivencia entre pares y situaciones que ocurren fuera de la escuela.
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El porcentaje equivale a más de uno de cada tres alumnos que participaron de la evaluación. El informe no plantea que todos ellos tengan un diagnóstico, pero sí advierte sobre indicadores que ameritan atención clínica o psicoeducativa, con el objetivo de evaluar cada caso y definir el acompañamiento que corresponda.
Las señales pueden aparecer en la conducta, el ánimo y el rendimiento escolar
Las dificultades de salud mental en la adolescencia pueden expresarse de distintas maneras. El aislamiento, el rechazo a asistir al colegio, la irritabilidad, la tristeza persistente y la ansiedad figuran entre los cambios que pueden alertar a padres, docentes y cuidadores. También pueden producirse modificaciones en las horas de sueño, el apetito y la relación con el grupo de pares.
En el ámbito escolar, estos procesos pueden coincidir con una caída en el rendimiento, dificultades de concentración, falta de participación en clase o ausencias frecuentes. Ninguna de esas conductas, por sí sola, permite establecer un diagnóstico. La alerta surge cuando los cambios se mantienen, aumentan o afectan la vida cotidiana del estudiante.
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El Ministerio de Salud (Minsa) recomienda prestar atención a las variaciones bruscas de comportamiento y buscar ayuda profesional cuando los síntomas comprometen el bienestar del adolescente. La institución también señala que las ideas recurrentes de muerte, la desesperanza y las conductas autolesivas requieren una respuesta inmediata por parte del entorno adulto y de los servicios de salud.
El acoso escolar y la violencia familiar agravan la vulnerabilidad emocional
El informe sitúa al acoso escolar entre los factores que pueden afectar la salud mental de los adolescentes. Las agresiones reiteradas, las humillaciones, el aislamiento impuesto por compañeros y otras formas de violencia pueden relacionarse con síntomas de depresión y ansiedad. El daño puede persistir aun cuando cesa el episodio de agresión, sobre todo si el estudiante no encuentra un espacio de escucha y protección.
La convivencia escolar adquiere así un lugar central en la prevención. Los colegios deben contar con mecanismos para identificar conflictos, recibir alertas y proteger a los estudiantes afectados. La supervisión durante los recreos, las actividades deportivas, los desplazamientos y los espacios menos vigilados puede ayudar a detectar agresiones que no siempre llegan a conocimiento de los adultos.
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La investigación también menciona la violencia familiar, los problemas de comunicación y la falta de expresión afectiva como condiciones relacionadas con el deterioro emocional. Un adolescente que atraviesa tensiones en casa y enfrenta hostigamiento en el colegio puede tener menos recursos para pedir ayuda o expresar lo que siente. Por ese motivo, la evaluación debe considerar tanto la experiencia escolar como el contexto familiar.
Padres y docentes pueden detectar cambios antes de que el problema se agrave
El acompañamiento psicológico y la orientación constante de madres, padres y cuidadores pueden reducir la vulnerabilidad de los estudiantes. Escuchar sin descalificar, preguntar por la rutina escolar y reconocer cambios en el estado de ánimo son acciones que facilitan la detección temprana. La conversación no sustituye la atención profesional, pero puede ser el primer paso para que el adolescente acepte buscar ayuda.
Los docentes también cumplen una función de observación. La disminución del rendimiento, el retraimiento, los conflictos frecuentes o una alteración marcada de la conducta pueden requerir una conversación con el estudiante y una coordinación con su familia. La escuela debe evitar que estas señales se interpreten de forma automática como indisciplina o falta de interés.
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La prevención exige protocolos claros ante casos de acoso, canales de comunicación accesibles y coordinación entre las instituciones educativas y los establecimientos de salud. El objetivo no debe limitarse a responder después de una agresión. También incluye generar condiciones de respeto, intervención oportuna y acompañamiento para quienes presentan dificultades emocionales.
La línea 113 ofrece orientación gratuita las 24 horas
Ante cambios persistentes de conducta, tristeza intensa, aislamiento, irritabilidad o expresiones de desesperanza, el Minsa recomienda acudir al establecimiento de salud más cercano o a un Centro de Salud Mental Comunitario (CSMC). Estos servicios brindan atención especializada a personas con problemas de salud mental y dificultades psicosociales.
La Línea 113, opción 5, ofrece orientación gratuita sobre salud mental las 24 horas, todos los días de la semana. El servicio puede informar a las familias sobre los recursos disponibles y sobre la ubicación del CSMC más cercano. En situaciones de riesgo inmediato para la vida, corresponde solicitar atención de emergencia de forma urgente.
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La información disponible sobre el estudio expone la necesidad de reforzar la prevención en Lima Metropolitana. La detección temprana, la protección frente al acoso escolar, el diálogo familiar y el acceso a atención especializada forman parte de una respuesta necesaria para los estudiantes que presentan señales de ansiedad, depresión u otras dificultades emocionales.
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