El cerebro humano es nuestra computadora personal. Es el centro de comando del cuerpo, el órgano que nos permite pensar, aprender, recordar, movernos, emocionarnos y tomar decisiones. Aunque su función es clave para la vida, apenas representa cerca del 2% del peso total de una persona. Un cerebro adulto pesa, en promedio, 1,400 gramos; al nacer, apenas alcanza los 450 gramos. Sin embargo, más importante que su tamaño es su calidad funcional: cómo se desarrolla, cómo se mantiene y cómo responde a lo largo de la vida.
El tamaño del cerebro puede variar según el sexo, la contextura o la talla de una persona. En promedio, el cerebro masculino suele ser ligeramente más grande que el femenino y una persona de mayor estatura puede tener un cerebro más grande que otra más pequeña. Pero conviene decirlo con claridad: estas diferencias no determinan la inteligencia ni la capacidad cerebral. Lo que sí influye de manera decisiva en su funcionamiento es una combinación de factores como la herencia, el sueño, el estrés emocional, el ejercicio físico, la estimulación intelectual y, por supuesto, la nutrición.
Como nutricionistas, insistimos en una idea sencilla pero poderosa: el cerebro también se nutre. No basta con pensar en la comida como energía para caminar, trabajar o crecer. La nutrición afecta la química, la estructura y el rendimiento del cerebro. Este órgano es especialmente sensible a lo que comemos, tanto en el corto como en el largo plazo. Aunque pesa poco en relación con el cuerpo, puede consumir hasta el 20% de las calorías diarias. Por eso, cuando un niño no desayuna adecuadamente, su atención, memoria y rendimiento escolar pueden verse afectados ese mismo día.
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A largo plazo, el impacto puede ser todavía más profundo. Nutrientes como el hierro, el yodo, el ácido fólico, el DHA, las vitaminas del complejo B, la colina y la vitamina D cumplen funciones claves en el desarrollo y mantenimiento cerebral. Una anemia mal tratada durante la infancia, por ejemplo, no solo representa cansancio o palidez; puede comprometer procesos vinculados con la atención, el aprendizaje y la memoria, con consecuencias que podrían acompañar a la persona hasta la adultez.
La función cognitiva es una de las más sensibles a las fallas nutricionales. Hablamos de procesos básicos como la atención, la percepción, la sensación y la memoria; y de procesos superiores como el pensamiento, el lenguaje y la inteligencia. Para que todo ello funcione de manera adecuada, el cerebro necesita combustible, pero no cualquier combustible. Requiere glucosa de suministro lento y estable, no picos bruscos de azúcar. Por eso, los cereales integrales, las menestras, las frutas enteras y otros alimentos naturales son mejores aliados que los productos ultraprocesados o las bebidas azucaradas, que pueden generar el efecto contrario: menos concentración y más fatiga mental.
Las proteínas de buena calidad, presentes en carnes, lácteos, huevos, frutos secos y menestras, aportan aminoácidos necesarios para la formación de neurotransmisores, esas sustancias que permiten la comunicación entre neuronas. Su consumo adecuado favorece la atención, la memoria visual y el aprendizaje. Las grasas saludables también son indispensables. En especial, los ácidos grasos omega 3, como el DHA, presentes en pescados de carne oscura como bonito, caballa, jurel y anchoveta, forman parte de la estructura cerebral y contribuyen al cuidado de la memoria y la salud mental.
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Las vitaminas tampoco son un detalle menor. La B1 ayuda al rendimiento general del cerebro; la B6 y la B12 participan en la formación de neurotransmisores; el ácido fólico es esencial durante el embarazo para el desarrollo cerebral del feto; la colina se relaciona con la memoria en la infancia; y la vitamina D viene siendo estudiada por su posible vínculo con el deterioro cognitivo y la demencia. A ello se suman los antioxidantes naturales de frutas y verduras, y algo tan básico como el agua: una deshidratación leve puede afectar la atención, la memoria y el rendimiento psicomotor.
Cuidar la nutrición cerebral no significa comer de manera perfecta ni seguir dietas complicadas. Significa comprender que cada plato puede favorecer o limitar nuestras capacidades. En un país donde la anemia, la mala alimentación y el consumo creciente de ultraprocesados siguen siendo desafíos urgentes, hablar del cerebro es también hablar de futuro. Porque una sociedad que alimenta mejor a sus niños, a sus gestantes, a sus adultos y a sus adultos mayores, no solo protege cuerpos: fortalece talentos, aprendizajes, productividad y bienestar.
El cerebro dirige nuestra vida, pero depende de nuestras decisiones diarias para funcionar bien. Nutrirlo con calidad es una forma silenciosa, pero profunda, de cuidar quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser.
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