Venezuela vive una tragedia que conmueve a la región y nos obliga a mirar la ayuda humanitaria con más seriedad. Los recientes terremotos que golpearon La Guaira y otras zonas del país han dejado un escenario de devastación, con miles de familias afectadas, infraestructura colapsada y una demanda urgente de atención, refugio, agua, alimentos y servicios de salud. Las cifras siguen variando conforme avanzan las labores de rescate, pero reportes internacionales ya dan cuenta de una crisis humanitaria de gran magnitud, con miles de fallecidos, heridos, personas desaparecidas y familias damnificadas.
Frente a una tragedia así, la solidaridad aparece como una respuesta inmediata y humana. Y además se abren centros de acopio, se organizan colectas, se movilizan voluntarios y muchas personas buscan ayudar desde donde se pueda. Esto es valioso y necesario. Pero en una catástrofe de esta magnitud, hay algo que no siempre se ve, y es la importancia de la alimentación en situaciones de emergencias.
Alimentar en una emergencia no es simplemente entregar comida, es proteger la vida, es evitar que el desastre físico se convierta también en una crisis alimentaria y nutricional más profunda. Cuando ocurre un terremoto, una inundación, un desplazamiento masivo o cualquier evento que interrumpe la vida cotidiana, no solo se destruyen infraestructura. También se afecta el acceso a alimentos, agua potable, saneamiento y redes de cuidado. UNICEF advierte que, en situaciones de emergencia, los medios de vida se ven afectados y puede perderse el acceso a alimentos en cantidad y calidad adecuada, además los servicios de salud y nutrición pueden interrumpirse y las condiciones de agua, saneamiento e higiene deteriorarse.
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Por eso, la alimentación debe entenderse como parte central de la respuesta humanitaria. Sin agua segura, no hay alimentación segura. No basta con donar arroz, fideos, conservas o menestras si las familias no tienen cómo almacenar, preparar o consumir esos alimentos sin riesgo. La falta de agua potable incrementa el riesgo de enfermedades diarreicas agudas, deshidratación e infecciones, especialmente en niños pequeños, personas adultas mayores, gestantes y personas con enfermedades crónicas. En una emergencia, una mala práctica sanitaria puede multiplicar el daño.
Tampoco toda donación alimentaria ayuda igual. Hay alimentos que, por más bien intencionados que sean, pueden convertirse en un problema: productos vencidos, envases dañados, latas abolladas u oxidadas, alimentos sin rotulado, productos perecibles sin cadena de frío o comidas preparadas que no pueden garantizar inocuidad. La guía de atención nutricional en emergencias de UNICEF señala que la selección de alimentos seguros es un punto crítico de la cadena alimentaria, desde el suministro hasta el consumo final, y recomienda rechazar alimentos en descomposición, separar zonas de alimentos de otros tipos de donaciones y evitar almacenar perecibles en áreas destinadas a la preparación de raciones.
Esto no significa desalentar la ayuda. Significa mejorarla. Donar con criterio es una forma más responsable de solidaridad. En una emergencia, se deben priorizar alimentos no perecibles, seguros, correctamente rotulados, fáciles de transportar, almacenar, distribuir y preparar. También productos fortificados cuando corresponda, agua segura, alimentos adecuados para grupos etarios específicos. La ayuda alimentaria no debe improvisarse, debe responder a necesidades reales y a condiciones concretas del territorio afectado.
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Otro punto fundamental es la protección de los grupos prioritarios. No todas las personas enfrentan el mismo riesgo nutricional. Los niños pequeños, las gestantes, las madres en periodo de lactancia, los adultos mayores y las personas con enfermedades crónicas requieren atención diferenciada. En el caso de bebés lactantes, proteger la lactancia materna es una medida de supervivencia. UNICEF enfatiza que durante las emergencias no debe suspenderse la lactancia materna en niños que están siendo amamantados.
Aquí el rol del nutricionista es clave, ya que en una emergencia, el profesional de nutrición está capacitado para evaluar disponibilidad alimentaria, calidad sanitaria del agua, estado nutricional, necesidades energéticas especiales, riesgo de desnutrición aguda, rutas de derivación y seguimiento. La OMS señala que la respuesta nutricional en emergencias incluye evaluación de la malnutrición, composición de raciones, manejo de la desnutrición, monitoreo del estado nutricional y vigilancia nutricional para prevención y respuesta temprana.
En medio de esta crisis, también hay una lección comunitaria que Latinoamérica conoce bien: la ayuda se multiplica cuando se organiza. Las ollas comunes, comedores comunitarios y redes solidarias pueden convertirse en espacios fundamentales para responder a una emergencia alimentaria. No se trata solo de cocinar, se trata de ordenar donaciones, optimizar recursos, transformar aportes dispersos en raciones concretas, priorizar a quienes más lo necesitan y sostener una respuesta colectiva mientras las instituciones llegan o se reorganizan.
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Una donación aislada puede ayudar a una familia. Pero una donación articulada con una cocina comunitaria puede alimentar a decenas o cientos de personas. Puede evitar desperdicios, mejorar la distribución, reducir duplicidades y dar continuidad a la alimentación en medio del caos. En Venezuela, reportes periodísticos ya han mostrado cómo restaurantes, voluntarios, universidades y espacios ciudadanos se han organizado para preparar alimentos, registrar necesidades y sostener parte de la respuesta solidaria. Esa capacidad social debe ser reconocida, protegida y fortalecida, no obstaculizada.
La emergencia venezolana nos recuerda algo elemental, la alimentación no puede ser vista como un asunto secundario dentro de la ayuda humanitaria. Cuando una persona pierde su casa, también pierde su cocina, su agua, sus alimentos almacenados, su rutina, su capacidad de cuidar a otros. Cuando una comunidad queda aislada, el hambre y la deshidratación avanzan rápidamente. Cuando no hay coordinación, la ayuda puede acumularse donde no se necesita y faltar donde es urgente.
Porque alimentar en medio del desastre es sostener la vida cuando todo parece haberse quebrado. Y por en la emergencia, alimentar también es salvar vidas.
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