La enfermedad grave de un padre o su muerte puede alterar la sensación de seguridad de un niño y activar respuestas emocionales y físicas que no siempre logra explicar. La angustia suele aparecer como miedo a separarse, llanto persistente, rechazo a ir al colegio, cambios de conducta o síntomas como dolor abdominal y trastornos del sueño.
En la infancia, las figuras de apego —padres o cuidadores— funcionan como la base de protección cotidiana. Cuando esa base se percibe frágil por una hospitalización, un infarto u otra crisis familiar, el sistema de alarma del niño puede quedar encendido y traducirse en ansiedad, confusión e hipervigilancia.
Un caso que volvió a poner el tema en discusión fue el del torero peruano Andrés Roca Rey. Contó que a los nueve años vivió con angustia el infarto de su padre y que, desde entonces, sentía un temor intenso a separarse de su familia, especialmente al momento de ir al colegio, por la idea de que algo podía pasarles.
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El cerebro infantil frente a la pérdida o enfermedad de un padre
Para entender qué sucede en estos casos, el psicólogo español José Martín del Pliego, especialista en trauma, explicó para la revista Hola que en la infancia el sistema de seguridad emocional depende directamente del vínculo con los cuidadores. “Para un niño, los padres representan seguridad y protección. Cuando no están, porque hay una enfermedad grave o una hospitalización, aparece el miedo. Su sistema nervioso entra en alerta”, señala.
El especialista detalla que el niño no cuenta con las herramientas cognitivas para racionalizar lo que ocurre, por lo que la experiencia se traduce en una activación emocional intensa. “El niño no lo sabe explicar con palabras. Cuando se aleja de sus figuras de seguridad, como ir al colegio, la respuesta que aparece es de alerta y de querer estar con sus figuras de seguridad porque no se siente seguro”, añade.
En términos de psicología infantil, este fenómeno se relaciona con la ansiedad por separación, un mecanismo que se activa cuando el vínculo de apego se percibe como amenazado. “El sistema nervioso del niño está corrigiéndose con su mamá. Si ve que su madre no está bien o que su padre está enfermo, empieza a percibir la separación como un peligro”, explica el especialista.
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En estos casos, pueden aparecer conductas como miedo intenso a dormir solo, rechazo al colegio, llanto excesivo o necesidad constante de cercanía con los padres. “El hecho de que no estén es peligro”, resume el psicólogo, subrayando que no se trata de capricho, sino de una respuesta de alarma del organismo.
El especialista también advierte que no es necesario un abandono real para que se active este tipo de respuesta emocional. Hospitalizaciones, enfermedades graves o situaciones de alta tensión familiar pueden generar en el niño la percepción de pérdida del vínculo, activando su sistema de supervivencia.
Un trauma que acompaña a la adultez
Aunque estas experiencias ocurren en la infancia, sus efectos no siempre quedan atrás con el paso del tiempo. En muchos casos, el cerebro no registra estos episodios únicamente como recuerdos, sino como huellas emocionales que pueden reactivarse años después ante situaciones similares de pérdida, separación o inseguridad.
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En la vida adulta, estas memorias no siempre aparecen de forma consciente, sino a través de reacciones emocionales intensas o desproporcionadas frente a eventos que activan la misma sensación de amenaza vivida en la niñez. El cuerpo responde como si el peligro original siguiera presente, incluso cuando la persona ya no se encuentra en ese contexto.
“Se activan recuerdos de cómo se sentía ese niño cuando no tenía seguridad”, señala el psicólogo, en referencia a la persistencia de esas huellas emocionales a lo largo del tiempo.
En ese sentido, advierte que muchas respuestas de ansiedad, miedo intenso o hipervigilancia en la adultez pueden tener su origen en vivencias tempranas no procesadas completamente. “Son cosas que se nos han quedado guardadas, grabadas y que se activan en el presente”, añade.
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