Esta semana, el INEI anunció que la pobreza monetaria disminuyó 1.9 puntos porcentuales en el último año y se ubicó en 25.7%. Es positivo que aproximadamente 600 mil peruanos hayan salido de la pobreza. Sin embargo, esta noticia debe matizarse con dos datos que siguen generando preocupación:
● Existe un grupo enorme de personas que no son pobres “según la línea”, pero viven al borde. En 2025, casi un tercio de la población está en condición de vulnerabilidad: puede cubrir el costo de la canasta básica, pero está a un shock —una enfermedad, la pérdida de empleo, una mala campaña agrícola— de caer en pobreza.
● El ritmo de reducción sigue siendo insuficiente para volver al punto de partida prepandemia. El nivel de pobreza de 2025 sigue por encima del de 2019 (20.2%) e incluso del de 2013 (23.9%).
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En otras palabras, todavía estamos lejos de recuperar el terreno perdido y la vulnerabilidad sigue siendo una característica principal para un porcentaje importante de peruanos. En este contexto, me gustaría resaltar tres mensajes clave a tener en cuenta al momento de debatir cómo reducir la pobreza en el Perú.
1. Sin crecimiento no hay reducción de pobreza El consenso económico muestra que la pobreza baja cuando la economía genera oportunidades sostenidas, es decir, cuando crece de manera estable. Por eso, el primer mensaje es claro: necesitamos crecer más. Y, para crecer más, el motor principal de la economía peruana es la inversión privada —grande, mediana y pequeña—: inversión que abre y expande negocios, construye, produce, exporta e innova. En el camino, crea empleo y empuja los ingresos. Sin empleo formal y productivo, el país puede repartir apoyos, pero no reducirá la pobreza de forma sostenida. La pobreza cae de manera duradera cuando el mercado laboral se fortalece y la productividad sube.
2. Entre la crisis política e institucional y la pobreza no hay cuerdas separadas La crisis política e institucional nos sale cara, y una parte importante de la factura se paga en pobreza. El Perú ha vivido años de alta incertidumbre, rotación de autoridades, agendas cortoplacistas y confrontación permanente. En ese entorno, muchas decisiones de inversión se postergan, los proyectos se demoran, el crédito se encarece y las expectativas se deterioran. La pobreza no depende únicamente de la política, claro; pero sin estabilidad es mucho más difícil sostener crecimiento y empleo, y sin esos dos no hay reducción de pobreza que perdure.
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3. La calidad de la gestión pública nos afecta, y a los pobres más Incluso cuando hay recursos, la capacidad del Estado para convertirlos en servicios se ha debilitado. En los últimos cinco años hemos visto un deterioro serio de la gestión pública: menor predictibilidad, cambios constantes de equipos, programas que se rediseñan sin aprender, compras y obras que se traban, y una ejecución territorial que muchas veces no llega donde más se necesita. ¿Cómo se vincula eso con la pobreza? De manera inmediata. Si la posta no tiene medicamentos, el hogar pobre paga de su bolsillo. Si la escuela no logra aprendizajes, se recorta el futuro laboral. Si el agua no es segura, aumentan las enfermedades y se pierden días de trabajo. Peores servicios públicos empujan a las familias hacia abajo y reducen sus posibilidades de salir de la pobreza.
De cara a los próximos cinco años, un aspecto prioritario en el debate nacional debe ser cómo reducimos la pobreza y la vulnerabilidad de manera sostenida. Para lograrlo, se requiere al menos tres pilares.
Primero, crecimiento económico con inversión y productividad: reglas claras, permisos eficientes y un Estado que no sea un obstáculo. Segundo, estabilidad política e institucional: no hay política social que compense años de parálisis y desconfianza. Y tercero, reconstruir la capacidad de gestión pública: mejorar servicios, ejecutar bien, medir resultados y recuperar meritocracia. Sin ese trípode, seguiremos celebrando pequeñas mejoras anuales mientras el país se acostumbra a que uno de cada cuatro peruanos sea pobre.
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