Arequipa amaneció como una ciudad donde la tierra reclamó su lugar. Una lluvia intensa, acompañada de granizo y tormentas eléctricas, no fue un fenómeno pasajero: fue la chispa que encendió torrenteras y quebradas que, tras años de sequía aparente, descargaron su furia sin aviso. En cuestión de minutos, calles, barrios y hogares quedaron sepultados por lodo, piedras y desechos que vinieron montaña abajo como si la geografía hubiese decidido reconfigurar el paisaje urbano.
En Yanahuara, donde ahora las rocas se amontonan donde antes había urbanizaciones, hombres como Carlos no pueden creer lo que ven. “Esto era una cancha… y ahora miren mi casa”, dice con la voz quebrada, señalando entre escombros el lugar donde estaba su sala y cocina, ahora enterrados bajo tierra y piedras. El agua alcanzó casi metro ochenta adentro. “Ya no sé qué hacer… yo solo pido que alguien nos apoye”, dice mientras intenta limpiar con sus propias manos, sin herramientas ni respuestas claras de las autoridades.
Entre los escombros y el barro, uno de los vecinos más afectados describió la escena con la voz entrecortada: “Me he quedado prácticamente en la calle, no tengo ni dónde dormir. Todo mi domicilio se lo llevó el huaico, no tengo ni ropa. Todo está enterrado”. A su alrededor, la vivienda colapsada y el hueco abierto por el deslizamiento confirmaban lo que repetía una y otra vez: “Es pérdida total. Necesito apoyo, no tengo nada”.
A pocos metros, Humberto Gárate recorre lo que fue su hogar. Las paredes están astilladas, la tierra firme pesa como si fuese concreto, y el silencio —apenas roto por el murmullo del agua que sigue bajando— pesa más que cualquier palabra. “Son más de cien familias afectadas”, dice Carlos, y no suena a exageración: unas 400 viviendas solo en el distrito de Yanahuara han sido inundadas o arrasadas por torrenteras que no están diseñadas para contener el volumen de agua que descendió en horas.
Una tormenta con consecuencias mortales
Lo que empezó como un episodio más de lluvia de temporada se convirtió en emergencia. La tarde del jueves, intensas precipitaciones activaron quebradas en múltiples distritos de la ciudad: Paucarpata, Cerro Colorado, Mariano Melgar y otros puntos reportaron inundaciones severas. El agua no solo arrastró tierra y piedras, también sepultó decenas de vehículos y atrapó a miles de familias ante la imposibilidad de evacuar a tiempo.
La tragedia tocó su punto más doloroso cuando una mujer de aproximadamente 70 años fue arrastrada por un huaico en el distrito de Cayma, donde el agua bajó con tal fuerza que no dio margen de reacción. En otro sector de Arequipa, un hombre de 42 años perdió la vida alcanzado por un rayo, dejando en evidencia el carácter extremo de esta tormenta.
El caos en las calles y la infraestructura colapsada
El desborde de torrenteras como Chullo y Los Incas no solo afectó barrios residenciales: paralizó actividades esenciales. El Terminal Terrestre y el Terrapuerto suspendieron sus operaciones mientras los pasillos y salas de espera quedaban inundados, obligando a decenas de pasajeros a buscar refugio improvisado entre bancos cubiertos de barro.
La municipalidad de Arequipa informó que varios tramos de la vía férrea quedaron destruidos tras la descarga de agua y sedimentos, dejando al descubierto la fragilidad de la infraestructura cuando cae el agua con una fuerza inusual. Los bomberos, bloqueados por el lodo en algunos sectores, vieron restringida su capacidad de respuesta, obligando a que maquinaria pesada y personal de emergencia se movilizara de forma urgente.
Un trasfondo que arrastra cifras mayores
Las autoridades regionales aún no han terminado de mapear los daños con precisión, pero datos preliminares del Centro de Operaciones de Emergencia Regional (COER) indican que las lluvias han afectado a miles de personas en toda la región, con más de 2.700 damnificados y más de 1.300 viviendas afectadas solo en la provincia de Arequipa.
Alertas técnicas también señalan que el fenómeno no es aislado. El Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico (Ingemmet) reportó que hay 475 zonas críticas expuestas a deslizamientos, inundaciones y huaicos en 15 departamentos del país, incluyendo Arequipa, como consecuencia del incremento de las precipitaciones en los últimos días.
Los vecinos, los olvidados de la respuesta
Mientras las cifras se actualizan y los mapas se trazan, la escena en terreno es otra. Familias atrapadas entre escombros buscan herramientas, agua potable y ayuda básica. Otros improvisan refugios temporales o duermen donde pueden, porque las casas ya no existen como tales.
“¿Dónde está el Gobierno regional? ¿Dónde está el gobierno local?”, se escucha entre vecinos que intentan, con escobas y palas, retirar el barro de sus casas. La indignación no es solo por lo perdido, sino por la sensación de abandono frente a un desastre que ocurrió rápidamente —pero cuya respuesta parece eternamente tardía.
A lo lejos, la Cruz de la Concordia —emblema histórico de Arequipa— permanece milagrosamente intacta sobre un puente cubierto de lodo. Para muchos, es un símbolo de esperanza en medio del caos: un recordatorio de que, pese a todo, hay algo que resiste.
Lo que viene: más lluvia y un riesgo que no desaparece
El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) ha advertido que las precipitaciones continuarán en la sierra sur en los próximos días, con posibilidad de tormentas eléctricas y descargas intensas en cortos periodos de tiempo. No se trata de un episodio aislado: febrero es uno de los meses más críticos del calendario hidrológico andino, cuando el suelo ya saturado pierde capacidad de absorción y cualquier lluvia adicional puede activar quebradas aparentemente inofensivas.
Especialistas en gestión de riesgos señalan que el problema no es solo la intensidad de la lluvia, sino la expansión urbana hacia zonas de alto peligro. Muchas viviendas en Arequipa se han construido en las franjas naturales de descarga de torrenteras que, durante gran parte del año, permanecen secas. La falsa sensación de estabilidad convierte esos cauces en espacios habitables, hasta que la montaña recuerda su curso original.
El cambio en los patrones climáticos añade un factor de incertidumbre. Eventos de lluvia concentrada en pocas horas —cada vez más frecuentes— superan la capacidad de drenaje urbano y ponen a prueba muros de contención diseñados para escenarios menos extremos. El resultado es el que hoy se observa en Yanahuara, Cayma y otros distritos: infraestructura rebasada y familias expuestas.
Mientras las autoridades evalúan daños y anuncian planes de contingencia, la pregunta de fondo queda abierta: ¿se reconstruirá en el mismo lugar o se replanteará el mapa de riesgo? Porque cuando el lodo se seque y los titulares desaparezcan, la temporada de lluvias seguirá su curso.
En Arequipa, la tormenta ya pasó. Pero el riesgo —como las torrenteras— no se ha ido. Solo espera la próxima lluvia.