
El día patrio resulta propicio para reflexionar sobre la situación que vive el país. El presidente Javier Milei ha conseguido persuadir a millones de argentinos que le dieron su voto de confianza y que, sin embargo, no han visto garantizado de mejor manera ni un solo derecho, ni económico, ni social, ni cultural, ni de cualquier índole desde que asumió la presidencia.
Es cierto que ganó las elecciones por el voto de las mayorías, que ha sido muy exitoso en sus apariciones mediáticas, que ha tenido la capacidad de emerger en una Argentina que tiene muchas deudas y que ha dicho en campaña -y en cada uno de sus anuncios- que iba a actuar con bastante crueldad, pero omitió dejar claro el destinatario que terminó siendo todo el pueblo argentino.
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Con todo, no resulta menos verosímil que el Presidente no tiene una visión estratégica del desarrollo del país. Y lo que resulta mucho más doloso (voluntad realizadora, guiada por el conocimiento en el caso concreto), no pretende tenerla.
Dio comienzo a su empresa (gobierno) atacando a cuanto actor social pudo: maestros, trabajadores, periodistas y artistas. Sus “shows mediáticos” traspasaron las fronteras con ofensas a China, Brasil, Colombia, México y, esta última semana, al Presidente del gobierno español. Sus actitudes no sólo dañan las relaciones diplomáticas y comerciales, sino que afectan la posición, la credibilidad y la historia de nuestro país, en un contexto multipolar.
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No se trata de pedirle disculpas al Rey o preocuparse por la “angustia” de nuestros próceres, como hizo Mauricio Macri, ni de agredir irresponsable y violentamente a mandatarios extranjeros, con especial omisión -por repugnantes-, de los elogios a Margaret Thatcher, como hace Milei. Se trata de ser racionales, sensatos y pensar en el bienestar de las y los argentinos. Fueron 11 conflictos diplomáticos en 5 meses.

Argentina es uno de los 8 países con mayor extensión territorial, es el cuarto productor de litio en el mundo y es una potencia global en lo que se refiere a un recurso vital como el agua (ocupa el sexto lugar en cantidad de recursos hídricos de agua dulce per cápita con respecto a algunos países de América, Europa, Australia y Japón).
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Hagamos el esfuerzo de despojarnos de emociones y subjetividades, corramos la disputa electoral por un momento y pensemos sobre los intereses que benefician a la Argentina: ¿Cuáles son las posiciones estratégicas que adoptó el Poder Ejecutivo Nacional a favor del desarrollo de la Argentina? ¿En qué consisten las alianzas que, supone el Presidente, son el mejor recurso para defender nuestra soberanía?
Si se observa ligeramente el tablero global, se puede detectar que, fundamentalmente, luego de la pandemia, la mayoría de los países mixturan políticas proteccionistas y de librecambio. Estados Unidos, por caso, el país preferido de Milei, protege su industria y sus cadenas de valor.
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Estamos asistiendo con perplejidad a una etapa política que bajo el lema de la libertad busca poner en venta la Argentina y lo hace mientras somete al pueblo a una de las etapas más angustiantes y acuciantes en términos económicos, culturales y sociales de las últimas décadas.
Los intentos, aunque frustrados, del Presidente, se ciñeron a la generación de un ordenamiento jurídico a favor de intereses foráneos. Hasta aquí, su gobierno solo ha mostrado la vocación de instrumentar medidas -DNU, Ley Bases, RIGI, entre otras- con un horizonte ruinoso para el patrimonio nacional. De no producirse el freno legislativo, se concretará la cesión de recursos y la pérdida de soberanía más elocuente desde la recuperación de la democracia.
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Es un deber cívico colaborar para que a un presidente elegido democráticamente le vaya bien y, por tales motivos, hay capacidad de escucha y predisposición de las fuerzas políticas, de gobernadores y de muchos legisladores. Ahora bien, cuando de lo único que se trata es de ir en contra de los intereses nacionales y la felicidad de las mayorías, no hay ayuda posible, sólo se es cómplice.
Queremos atraer inversiones, por supuesto que sí. Pero no al costo de la soberanía nacional, del industricidio, del desguace de las empresas nacionales estratégicas, del avasallamiento de los derechos adquiridos, del desfinanciamiento de las universidades y del ajuste, en palabras del propio Milei, más grande de la historia de la humanidad.
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¿Quién puede ser cómplice de semejante deshumanización? Si el sistema político, jurídico, económico y social venían con serios problemas, ¿es la población argentina la que tiene que pagar con su angustia y sufrimiento?
Se requiere de honestidad intelectual y grandeza de la dirigencia para reconocer que la última etapa en la que el país tuvo un proyecto de desarrollo que defendió el interés nacional fue entre 2003 y 2015. Esa Argentina, con deudas, con errores, con problemas, se quitó de encima la deuda del FMI, logró el salario en dólares más alto de la región y dejó una deuda “bajísima”, según el propio ex ministro de economía de Mauricio Macri.
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Solo para citar algunos ejemplos, durante ese período supimos ser un país que creó 250.000 mil empresas nuevas, generó casi 6 millones de puestos de trabajo, fue uno de los 8 países en el mundo en construir satélites, creó 18 universidades, desarrolló un Plan Nuclear, sancionó la ley de Software de incentivo a la Economía del Conocimiento, extendió en 34.500 kilómetros la red de fibra óptica, puso en marcha el plan Raíces para impulsar la repatriación de 1300 científicas y científicos, entre otras tantas políticas que mejoraron la vida de los argentinos y argentinas.
La aparición de Vaca Muerta, la segunda reserva de gas no convencional en el mundo, que se forjó gracias a la recuperación de YPF nos permitió la soberanía energética y la oportunidad de crear un modelo sinérgico entre el sector público y el privado, que además agregó valor a cada eslabón de la cadena productiva.
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En definitiva, se trata de creer, de querer, de defender y de amar lo que es propio.
Ese país salió del infierno con las decisiones políticas de Néstor Kirchner y de su compañera Cristina Fernández de Kirchner y fue bajo el ordenamiento de sus ideas, convicciones y gobierno que se logró construir una Argentina normal y un lugar donde no se les exigió a sus habitantes el esfuerzo y la angustia al que los está sometiendo el gobierno de Milei.
La fecha patria nos debe convocar a que esta propuesta anarco capitalista no se extienda a la colonización del pensamiento porque si eso ocurre será muy tarde para reparar todo este daño planificado.
Tenemos que hacerlo construyendo el puente que nos conecte con la defensa de los intereses nacionales: una unidad como instrumento para lograr la construcción de una gran Nación.
Debemos hacerlo antes de que la “libertad” se vuelva la excusa que arruine el futuro de las próximas generaciones y solo sirva para poner en venta a la Argentina. Estamos a tiempo.
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