
No tenía por qué suceder. No estaba en los planes de nadie. Nada hacía imaginar siquiera que podía pasar. Es una de esas situaciones que generan un desconcierto absoluto. Sensación de impotencia. De pesar, de dolor por dentro. El silencio de no poder creerlo, se va transformando en estado de conmoción. La rabia comienza a ganar todas las emociones. La furia interna requiere responsables, precisa culpables. Lo injustificable ciega toda salida racional al conflicto. El enojo lo invade todo. El quiebre con lo que tenemos enfrente nos llena de desesperanza. Nos hace sentir que será imposible volver a ser, lo que fuimos alguna vez.
El texto de esta semana trae un claro ejemplo acerca de las emociones que nos ganan al enfrentar desilusiones y fracasos propios. En la cima del Monte Sinaí se vivía una experiencia espiritual única que invadiría los siglos y los continentes. Dios mismo se presentaba frente a toda una nación para entregar su mensaje. Un código de ética que sería guía para el destino de la humanidad. Era el punto culmine de la historia. Sin embargo, mientras entregaba grabada en piedra Su Voz en las manos de Moisés, los israelitas a los pies del monte adoraban un becerro de oro. Las Tablas de la Ley comenzaban a carecer de sentido. Nada en ese momento podía ser peor. La desilusión. La traición. La frustración. Era el fin de una promesa. Las Tablas no se rompían por caer al piso, sino por chocar contra la deslealtad (Éxodo cap. 32).
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El texto nos dice que Dios se enfurece de tal manera que decide terminar con todo ese pueblo, cansado ya de su ingratitud. En tremendo momento de desengaño, tensión y furia, Moisés pregunta: “¿Por qué Dios, se enciende tu furor contra tu pueblo?” (Éx 32:11). La duda de Moisés sorprende. Es la última pregunta que cabe en medio del desastre. ¿Cómo no estar enojado? ¿Cómo anular el sentimiento de ira cuando todo duele por dentro? ¿Cómo enfrentar de otra manera el delirio que genera el rencor?
Para comprender la pregunta de Moisés debemos saber que en el idioma hebreo existen dos términos diferentes para preguntar por qué. Uno de ellos lo estudiamos en esta misma columna hace algunas semanas, y se pronuncia: “¿MADÚA?”. MADÚA proviene de la palabra “MADÁ” que significa “Ciencia”. Es el “por qué” que busca las causas de las cosas. La pregunta que inquiere acerca del pasado de lo que nos sucede. El MADÚA investiga como un científico la raíz, el fundamento, el germen de lo que tenemos enfrente. Frente al misterio de la zarza que ardía en el desierto y que no se consumía, Moisés se pregunta: “¿MADÚA?”. Él no se contenta con lo sobrenatural de lo que ve, sino que exige la explicación de lo que está por detrás de un evento que no comprende (Éxodo 3:3).
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Sin embargo, en esta ocasión utiliza el segundo término hebreo. Moisés usa aquí, frente al enojo divino, la palabra: “¿LAMA?”. LAMA proviene del término LE-MÁ, que significa: “¿Con qué sentido?”. El LAMA no busca saber del pasado, sino que invierte su búsqueda en el futuro. El LAMA no requiere causas, sino que estudia las consecuencias. Es el porqué que se pregunta aquél que analiza cuánto le va a servir todo lo que está viviendo en este presente. El que se pregunta cuánto le servirán las emociones que le niegan tener visión. El LAMA deja de buscar culpables, para encontrar salidas. Es la pregunta que nos lleva a quienes nos vamos a transformar a partir de lo que hayamos vivido. El LAMA cambia el foco de la pregunta en un: ¿de qué me sirve o servirá todo esto que me pasa?
Moisés no pregunta acerca del porqué del enojo para saber qué fue lo que trajo el enojo. Eso era más que evidente. Él pregunta adónde va a llevar ese enojo. El LAMA intenta mirar con los ojos del mañana cuánto perdemos, cuánto nos desgastamos, cuánto reparamos y cuánto dejamos de ser, al dejarnos ganar por el enojo de hoy.
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Hay ocasiones en que el enojo es producto de nuestras propias malas elecciones. En esos momentos nos es tanto más fácil culpar a otros por errores propios, por decisiones que debiéramos haber tomado antes, o de otra manera. Es allí donde el LAMA nos golpea en el rostro preguntándonos adónde nos llevará esta nueva mala idea. Otras veces, la frustración y la bronca son más que justificadas. El daño que nos hayan hecho pudo haber sido infinito. Es entonces en que la pregunta del LAMA, nos ayuda a buscar esas respuestas que nos permiten re-escribir otra vez la historia.
Amigos queridos. Amigos todos.
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Becerro en hebreo se escribe “EGUEL”. La palabra proviene del término “AGOL” que significa “círculo”. Adorar lo circular, lo cíclico, es creer que nada tiene comienzo ni final. Que todo simplemente sucede de manera interminable, sin un propósito. Así funciona el mundo cíclico de la naturaleza. Sin embargo, el Poder que rige la naturaleza está por sobre ella. Llevamos esa chispa. Tenemos un comienzo y a la vez, un fin. Nuestra vida tiene un porqué. Un sentido, un propósito. El desafío espiritual de lo cotidiano se basa en responder cada nueva mañana, a nuestros propios porqués.
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