
Aquel día fuimos caminando bajo la lluvia, miles, ninguno era empleado público ni se había vuelto rico con el uso del poder. Pueblo y militantes, juntos, unidos por un sueño, el regreso del General, un sueño que se volvía realidad. Era un regalo de la vida, no a muchos se le cumplen los imposibles.
Encaramos por avenida Del Trabajo, al poco rato nos cruzó la policía, dura como la de toda dictadura, tres patrulleros atravesados y las columnas humanas comenzando a deformar su geometría. Hay imágenes, momentos que marcan a fuego su recuerdo. Una joven corpulenta llevaba una bandera a la que hacía flamear en la llovizna. Su grito era un mantra que repetía insaciable, “adelante muchachos, adelante muchachos”. La columna se fue relegando, su grito y su ritmo iban derecho a los patrulleros, a la batalla o al desborde. Llegaba frente al enemigo, giró la cabeza y vio que estaba sola. Atrás el miedo y la vergüenza, la soledad del estandarte disimulaba el vestido empapado por la lluvia. Lo trascendente a veces solo dura instantes. Un hombre joven avanzó a zancadas, enfrentó a los patrulleros, se abrió la camisa al grito de “tiren, hijos de puta”.
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Tres patrulleros, esa dignidad femenina asumida estandarte valiente del miedo colectivo, y ese joven -le decíamos “Perico”, paraba en el bar de la esquina de Venezuela y Quintino- desafiando al poder, salvando la vergüenza de la soledad femenina. Los de atrás avanzaron de nuevo, la dignidad es más contagiosa que el miedo, la llovizna le ponía poesía a la confrontación. Hubo cuatro actores en ese escenario de la patria, los héroes -la joven del estandarte y el que ofrecía el pecho-, obviamente aquel pueblo, portador del sueño del reencuentro y también la policía, delegados del poder imperial. Fueron instantes, el avance de las columnas se había reanudado, entonces los coches policiales eligieron retirarse. Y todos seguimos aquel camino hacia un reencuentro que luego, otro día, en Ezeiza, la imbecilidad de la guerrilla volvería a frustrar. El militante estaba ese día, aportando sin pedir, encontrando su destino en el camino.
El General volvería a traernos la paz, el encuentro entre los argentinos. Eran tiempos duros, pero donde sobraba el trabajo, florecía la industria, los sindicatos más importantes estaban integrados por obreros calificados. Metalúrgicos, SMATA, Luz y Fuerza, el Estado productivo y los privados generando riquezas y trabajo, constituían una patria integrada sin deudas ni caídos. Aquella Argentina era una esponja, absorbía inmigrantes e integraba provincianos, había lugar para todos. En ese tiempo, la riqueza estaba bien distribuida, había ricos que en su gran mayoría eran productivos. Los salarios eran dignos.
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El peronismo había hecho mucho, pero también los radicales y hasta los liberales y conservadores fueron patriotas. Elegimos ser espejo de Europa, con todos los ciudadanos integrados. Vendría el golpe con su voluntad de destrucción de la industria y la soberanía, asesinando y endeudando, multiplicando bancos y financieras, imponiendo la renta sobre el esfuerzo. Y luego la democracia, más heredera del golpe y su imitación a la cultura sajona que de nuestra vieja mirada europea. Hoy arrastramos nuestras miserias entre distintas fuerzas políticas que solo representan los intereses de los grandes grupos económicos, que disfrutan del poder mientras administran la miseria colectiva.
Hoy habría que recordar en silencio aquella patria que hicieron nuestros mayores y no supimos sostener como legado, resulta difícil participar de una convocatoria que no asuma nuestras deudas con la sociedad para recordar un ayer que nos quedó grande. El peronismo era otra cosa, como el radicalismo, los conservadores y los mismos liberales, todos ellos eran patriotas, una versión nacional de sus ideologías, hasta el marxismo lo había logrado. Recordar al militante debiera comprometernos a la recuperación de sus sueños. Hoy votar a unos o a otros no cambia demasiado la situación de los necesitados. Hemos perdido el rumbo colectivo, las ambiciones deambulan desnudas en medio de la pobreza. La dirigencia disfruta de sus beneficios de espalda a las necesidades colectivas. Hoy, celebrando el Día del Militante se recuerda al soñador, al que vivía en la víspera de un mundo más justo. Recordemos en silencio aquella gesta, hasta que venga algún patriota a devolvernos un destino.
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