
Estamos a dos meses de las Fiestas. Y tras casi un año de lucha desigual, la Argentina alcanza la mortalidad de Italia, aunque con una población 13 años más joven, y la enfermedad se disemina por todo el país sin que nada la detenga. Cuando preguntaron al comité científico asesor del Gobierno sobre los resultados, la respuesta fue que ellos no tomaron las decisiones (aunque antes las habían defendido con ahínco). Ahora bien, si se evitó, como creemos, lo peor en su momento, ¿de dónde la decepción? La respuesta está en el futuro inmediato.
De acuerdo con las proyecciones internacionales, en la Argentina el número de casos y víctimas aumentarán hacia fin de año, los focos estallan alternativamente en el interior provocando sobrecarga (y colapso) de los sistemas sanitarios, la estrategia central se desvanece, y la cuarentena es insostenible. Y a cuarentena insostenible, mayor movilidad y resurgimiento de casos (inclusive allí donde parecían haber bajado), completando la tragedia del COVID. Frente a esto, la respuesta de “para marzo está la vacuna” es inaceptable. Porque en el mejor escenario aún faltan otros cinco o seis meses que podrían opacar lo hasta ahora vivido tanto desde lo sanitario como desde lo económico.
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Estamos obligados a cambiar. Y debemos comenzar por una nueva estrategia nacional unificada y un renovado equipo de crisis. Con todo respeto, antes que los sindicalistas docentes, quienes deberían estar diciendo si abrimos o no las escuelas son un conjunto de expertos en epidemiología y modelado de enfermedades, dimensionando con datos y modelos estadísticos el riesgo sanitario y su posible mitigación. Dejar ese trabajo de análisis y toma de decisiones a las jurisdicciones, por mayor capacidad técnica que ellas tengan, es poner los cimientos de la discordia en una cuestión riesgosa pero indispensable como es el regreso a la escuela. Los chicos deben retomar ya mismo alguna actividad escolar presencial porque si la Argentina tenía un severo problema de abandono, lo que espera es el estrago.
Se acepta ahora que se testeó poco (aunque se defendía lo contrario con argumentos técnicamente pueriles). También aquí debemos cambiar cantidad y calidad de tests y equipos trazadores, así como incorporar sofisticadas herramientas de vigilancia epidemiológica, de las cuales ya hay desarrollos importantes en el mercado. Aun queda por delante un tiempo igual al transcurrido para sacarles provecho y en paralelo modernizar nuestro sistema de vigilancia e información epidemiológica, que ha mostrado serias falencias.
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Las muertes no van a bajar sin testeos, porque el virus se va a ir desplazando de un foco a otro para volver donde previamente, sin que podamos anticiparnos. Además, los testeos deben ser masivos. No podemos tener una provincia en medio de un brote con positividad del 30% o más sin aumentar abrumadoramente la cantidad de hisopados e identificar y cortar las cadenas de contagio; no alcanza la cuarentena, y decir que “hacemos testeos focalizados” no tiene argumento, toda vez que pasa lo que pasa porque se ha llegado tarde precisamente a detectar los “focos”.
Parecería que la fragmentación de nuestro sistema sanitario en jurisdicciones ha complicado la gestión de la pandemia. Debemos resolverlo urgente, porque la logística para la vacunación requerirá desesperadamente de esta deseable coordinación. El Ejército debería estar en la primera línea de organización y ejecución de este ambicioso plan, así como en la estrategia de testeos masivos y vigilancia epidemiológica. No parece haber (o quedar…) otra organización del Estado con dicha capacidad.
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Finalmente, la comunicación. Hay veces que tratar de minimizar las cosas acaba por ser contraproducente, como fue el caso. Son las facultades nacionales de medicina las que deberían formar comités independientes que comuniquen el riesgo y las recomendaciones al gobierno y a la sociedad. Y que, de ser necesario, pongan en su lugar a la política. En Reino Unido el comité científico asesor amenazó con renunciar cuando el Primer Ministro pretendió editar uno de sus informes; las minutas de sus reuniones y recomendaciones son publicadas independientemente y hasta se reciben públicamente comentarios y consejos de la población.
Hay que reencontrar el rumbo; la manera de llegar a la vacuna no es agotados y enemistados, sino más unidos que nunca y celebrando haber doblado la curva de contagios con una estrategia sanitaria adecuada. Esto ocurrirá solamente si cambiamos la forma de organizarnos para dar esta pelea que ya cobra la vida de 2.000 argentinos por semana y que sola no va a parar por sí sola.
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