Blaise Pascal y Maimonides
Blaise Pascal y Maimonides

La pregunta fundacional para el progreso individual y social constituyendo una nación viable es ¿cómo inducir al ciudadano a actuar efectivamente de acuerdo a su deber?

Más allá del subjetivismo de Bertrand Russell, para quien los sistemas éticos corporizan los deseos de quienes los propugnan o justifican sus experiencias, ninguno de aquellos pudieron demostrar una obligación conductiva a partir de sus respectivos valores supremos.

Platón afirma que el bien es una comprensión intelectual y contemplación de la suprema idea del ser, principio explicativo del mundo, causa de la realidad, perfección y verdad. Y por ser el bien cognoscible, luego, también enseñable. Esto conduce a la teoría del mal involuntario, como resultado de un error de juicio, siendo la causa de la mayor infelicidad. Así, el hombre abyecto no lo es motu proprio, dado que nadie elegiría padecer el mayor de los males, sino debido a la ignorancia. Este concepto fue tan influyente en la historia de la humanidad hasta nuestros días que aún se respira dicho espíritu de intelectualismo ético, razón por la cual se predica que la solución para todos los problemas éticos es la educación. Su error radica en que las ideas son en sí mismas impotentes en términos conductivos, no conllevando per se un principio de acción obligatoria. De lo contrario, ningún médico fumaría o ningún juez sería corrupto, entre otros ejemplos de expertos que obran contra lo sabido, dado que nadie más que un médico conoce lo perjudicial del fumar para la salud y nadie mejor que un juez, el concepto de justicia.

Supongamos ahora que el hedonismo es una teoría lógicamente válida, luego, ¿qué ley prohíbe al individuo comportarse irrazonablemente, actuando contrariamente al principio del placer? Aquí la razón sólo describe las consecuencias de tal acción, pero puede no importarle al sujeto.

Similarmente sucede con el utilitarismo, donde según Jeremy Bentham, siendo el interés de la comunidad el de los individuos que la constituyen, el principio de máxima felicidad es el de utilidad para aquella y por ende para estos, proporcionando la norma de lo correcto, estableciendo un cálculo entre placeres y dolores, promoviendo los primeros, sinonimizados con el bien y la felicidad. Todo ello asumiendo una hipotética sociedad como macro sujeto, omitiendo minorías e individuos y por ello sin necesidad de ser comandado moralmente. El utilitarismo así conformaría una teoría política igualitaria en relación al feudalismo, pero no una teoría moral. Y esta falta también aplica al innatismo ético, tanto de Rousseau como de Hobbes, así como al intuicionismo ético de George Moore, ya que aun cuando el hombre posea innatos conceptos del bien y del mal, o la capacidad de captar la moralidad o inmoralidad de una acción, no empírica ni analíticamente sino por un acto simple y directo, siempre es capaz de desobedecerla, ser indiferente o bien no llevarla a cabo. Y esto es porque no hay en aquellas nociones innatas o captación inmediata de ideas, nada que obligue a obedecerlas.

El ejemplo más importante de esta ausencia de principio de obligación es el imperativo categórico kantiano, mostrando que el requerimiento ético a priori es el actuar sólo de forma tal que se desee que su máxima pueda convertirse al mismo tiempo en ley universal. Pero Kant omitió lo más importante, probar que el sujeto está obligado a actuar acorde a dicho famoso factum de la pura razón práctica. Es decir, una acción que no satisface aquel imperativo categórico no es moralmente obligatoria, pero no se establece que el deber del hombre es actuar obligatoriamente en ese sentido. El imperativo categórico puede validarse lógicamente, pero no es ni categórico ni imperativo, ya que no resulta en una necesaria acción.

Lo mismo aplica al marxismo, cuyo materialismo dialéctico postula como único factor determinante conductivo la condición material de la existencia humana. Así, de organizarse la sociedad para servir a dicho bienestar de todos los hombres, las voluntades serían buenas. Pero considerando todo dependiente de un estricto determinismo materialista, la expectativa marxista por la cual la clase de orden social resolvería los problemas de los hombres, resulta en una forma de optimismo dogmático para el cual no hay justificación teórica ni práctica. La presunción que la satisfacción material conduce a conductas nobles presupone una ciega confianza en la bondad esencial del humano, la cual se pervierte por la insatisfacción de necesidades materiales. Probado está su histórico fracaso empobreciendo sus poblaciones, produciendo gobiernos totalitarios y violencia principista, sólo fragmentariamente útil para la agitación política.

Por último, Henri Bergson, distinguiendo entre la racionalidad y la obligación del bien, diferenció la moral de una sociedad cerrada, tribal o nacional; de una moral de una sociedad abierta, la humanidad. Para Bergson, la acción moral no radica en una conducta consciente por ser la personalidad humana demasiado voluble para confiarle semejante responsabilidad. En su lugar, la efectiva conducta ética se asegura por compulsión, tomando la forma de presión social en las sociedades cerradas.

Y en las sociedades abiertas, la moralidad es comunicada por sobresalientes personalidades que ejercen una irresistible atracción. Luego, toda moralidad es por presión social o atracción aspiracional, no siendo la aceptación de un código ético garantía de su realización. Pero si bien donde no hay obligación no hay ética, también la obligación ética presupone libertad de acción. Esto es, el hombre actúa éticamente cuando elige entre alternativas y decide acorde a una demanda axiológica. Luego, así como la moralidad necesita la libertad, ésta conlleva también la amenaza de fracaso en la conducta ética. Básica y exclusivamente, hay compulsión inexorable o hay ética.

El problema permanece irresuelto. De hecho, Edward Gibbon definió la historia humana como el registro de los crímenes, locuras e infortunios de la humanidad, reduciendo a la irrelevancia tanto el conocimiento o la ilustración habida, la condición material satisfactoria o no de su existencia, así como también lo insignificante de sus respectivas figuras paradigmáticas aspiracionales, mesiánicas religiosas o míticas folclóricas, y menos aún la presión social e internacional ejercida sobre de aquellos pueblos, naciones o individuos.

Y esto es porque las más sofisticadas y excelsas reglas de conducta humana son de muy poco valor a menos que la gente las cumpla y con el mismo o mejor espíritu de quienes las han pergeñado. Es en este sentido, que dos de los más grandes pensadores del judaísmo y el cristianismo, Maimónides y Pascal, respectivamente, viviendo en mundos tan distantes como los 450 años que los separan, han afirmado igualmente que lo justo y lo recto no lo son en sí por la sola razón, sino por el hecho de ser aceptados, siendo esta aceptación el fundamento de su autoridad. Para ello, se debe recurrir a las leyes y principios fundamentales abolidos por costumbres injustas e indecentes habiendo querido sacudirse aquel yugo axiológico para provecho de unos y ruina de otros. De no decidir aceptar todos y cada uno de nosotros algunos pocos postulados éticos, obligándonos a cumplirlos por sí mismos y más allá de las conveniencias e intereses personales o colectivos, nada servirá y seguiremos transitando gobiernos y poderes corruptos, incompetentes, mentirosos o indiferentes como expresión de la cultura del pueblo que los permite, hundiéndonos en la miseria y con un destino desgraciado, mientras que muchos otros pueblos y naciones ya lo han superado.

Rabino y Doctor en Filosofía. Miembro Titular de la Vaticana Pontificia Academia para la Vida. Premiado con la máxima distinción del Senado Nacional "Mención de Honor Domingo F. Sarmiento" (2018)