
Aunque parecía una posibilidad remota, el gran suceso argentino se dará en pocos días y, de repente, el país parece haberse detenido. Monotemáticas conversaciones de bar, importante tráfico de páginas deportivas en internet, reacomodamientos de agendas, pulsos acelerados: millones esperamos con impaciencia el partido entre River y Boca por la final del campeonato americano entre clubes más pretendido. ¿Por qué nos encenderá tanto todo esto? ¿Será verdad, entonces, como dice el entrañable personaje de Guillermo Francella en El secreto de sus ojos, el gran valor que tiene la pasión para los hinchas de fútbol?
Una de las hipótesis de la ciencia que podría explicar tanta pasión tiene que ver con que en torno a este deporte se desarrolla un profundo sentido de identidad. De esta manera se vería satisfecha la necesidad primitiva de sentirnos y reconocernos como parte de un colectivo. De hecho, nos definimos a nosotros mismos a partir de los grupos a los que pertenecemos (o aquellos a los que no pertenecemos). Justamente, la rivalidad entre los equipos, entre Boca y River en este caso, refuerza este sentimiento. Además, la pertenencia se expresa en símbolos como vestir la camiseta, tener la bandera del club o en los cánticos de la hinchada, por ejemplo. También se fortalecen los lazos y la conexión social al reunirse con otros como uno, familiares o amigos, para ver el partido, abrazarnos con un gol propio o embroncarnos todos juntos con uno en contra. Es decir, hay una serie de rituales que no hacen más que potenciar la afiliación a un grupo. Por su parte, la formación de una conciencia colectiva tendría un rol importante en la empatía, esa capacidad que nos hace humanos y permite entender los sentimientos y pensamientos de los demás, y responder ante ellos.
Ahora bien, es verdad que así como estos encuentros deportivos despiertan pasiones positivas, pueden desatar, también, desencuentros sociales y respuestas violentas. Mucho de eso es lo que lleva a situaciones dramáticas y vergonzantes de violencia callejera y hasta muertes en estadios de fútbol. Una muestra cabal y generalizada de esto es la disposición de que no puedan concurrir las dos hinchadas adversarias a un mismo partido desde hace varios años. Sería inadecuado simplificar la complejidad que tiene en nuestro país la violencia en el fútbol, por todos los intereses y sectores que involucra. Sin embargo, hay un estudio, que contamos en nuestro libro El cerebro argentino, que puede ayudarnos a pensar en estas respuestas negativas que lamentablemente muchas veces se dan en lo que rodea a este deporte popular.
El investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Emile Bruneau, explica respecto de la violencia social que cuando hay hostilidad entre grupos, tiene lugar una "brecha de empatía". ¿En qué consiste? Sostiene que, a diferencia de lo que se suele suponer, la falta de empatía hacia otra persona se vincula más con el grado de identidad que se tiene con el propio grupo que con una pobre capacidad empática. Además, al propio grupo se lo caracteriza como superior y se exageran las diferencias que se tienen con los demás. Bruneau observó que en esos casos el cerebro silencia la señal empática con el fin de evitar comprender y ponernos en el lugar de ese a quien consideramos otro ajeno a los nuestros. Por eso, cuanta más identificación sesgada hay con el propio grupo, menor es la empatía hacia el otro.
Es importante subrayar que la preponderancia o no de la agresión está, entre múltiples causas, influida por el ambiente. Entonces, la educación, la cultura, las instituciones, la sanción social y las leyes pueden influir y hacer que la violencia no tenga lugar.
Muchas veces, en nuestro país, al fútbol se lo considera como una "metáfora de la vida". Entonces las actitudes, las prácticas, las emociones y hasta las discusiones que se dan en torno a este pueden pensarse, en el fondo, como discusiones sobre los valores, las normas morales y las maneras de vivir en sociedad. Pero también como un juego que trae consigo los desafíos y los fervores que hacen a la vida.
El autor es neurólogo y neurocientífico. Presidente de la Fundación INECO. Fundador del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro. Investigador del Conicet.
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