
La historia de Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica en México es única. Y es que lo que para unos fue una invasión al país, para otros fue la oportunidad de mejorar como nación, sin embargo, el destino de los emperadores fue muy trágico.
Maximiliano y Carlota llegaron a México desde Trieste, Italia, donde vivían en el castillo de Miramar, el 28 de mayo de 1864. La pareja llegó al puerto de Veracruz, sin embargo, a su llegada, tuvieron un recibimiento muy frío, pues casi nadie asistió para recibirlos.
La situación cambió en la Ciudad de México, donde la pareja real fue recibida por cientos de personas que deseaban conocerlos y saber cómo eran los nuevos emperadores de México, de origen europeo.
La pareja se hospedó, en un principio, en el Palacio Nacional, que bautizaron como Palacio Imperial, sin embargo, pronto decidieron cambiar de residencia, pues el Palacio tenía muchas imperfecciones que debían ser reparadas, además de que, la cama en la que dormían, estaba infestada de chinches.

Maximiliano y Carlota decidieron vivir en el Castillo de Chapultepec, mismo al que nombraron como el Palacio de Miravalle, pues desde él se podía observar el esplendor del Valle de México.
Sin embargo, su historia como emperadores de México terminó pocos años después, en 1867, cuando Maximiliano fue capturado por Benito Juárez y, posteriormente, fusilado en el Cerro de las Campanas, Querétaro, junto a sus generales conservadores Miguel Miramón y Tomás Mejía.
Se dice que las últimas palabras del emperador fueron: “Moriré por una causa justa, la independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria, ¡Viva México!“.
Meses antes de la ejecución de Maximiliano, su esposa, Carlota había viajado a Europa para pedir a Napoleón III, quien los había mandado a México a gobernar, y al Papa Pío IX, su respaldo en América, sin embargo, ninguno de los dos escucharon sus súplicas.

Tras la negativa a su llamado de ayuda, la emperatriz comenzó a mostrar comportamientos extraños y repetitivos, como el mordisqueo de un pañuelo y las uñas, el mesarse el pelo constantemente, gestos que pronto derivaron en un trastorno mental complejo.
También tomaba agua de fuentes públicas, pues decía que todos la querían envenenar con bebidas que le ofrecían. Casi no dormía y comenzó a dejar de confiar en las personas.
En el castillo de Miramar, donde vivió con Maximiliano, fue recluida en un cuarto con barrotes, lugar en el que se le trató con aislamiento total, agua helada e inmovilización.
Tenía solamente 26 años cuando enloqueció, y vivió más de dos terceras partes de su vida en las tinieblas. Murió en su natal Bélgica a los 86 años de edad, el 19 de enero de 1927, 60 años después del fusilamiento de Maximiliano.
Se dice que las últimas palabras que dijo Carlota fueron: "Todo aquello terminó sin haber alcanzado el éxito".
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