
Después de poco menos de seis semanas, hemos podido finalizar toda la serie de A Knight of the Seven Kingdoms, este spin-off de Game of Thrones que se ubica muchos años antes de esa serie y también mucho después de House of the Dragon, siendo un punto intermedio en la enorme línea de tiempo que representa los hechos de Westeros.
Así como los primeros tres episodios fueron un aluvión de presentaciones de nuevos personajes y escenarios donde transcurrirá el resto de la temporada, estos tres episodios son un arco en sí mismo. El final del episodio tres nos entrega un conflicto que se va a desarrollar en profundidad en los siguientes episodios, para entregarnos un final que compete tanto al pasado como a lo que vendrá.
Lo primero que tengo para decir de este arco final es lo que dejaron en mi. Los personajes se sienten sumamente cercanos y las ganas de seguir sus aventuras son absolutas. No recuerdo un nivel de apego tan inmediato dentro de Game of Thrones ni tan emotivo, ya que el foco de la serie no es los asesinatos, ni las muertes, ni la puja por el poder. Son los principios, los valores, y en ese sentido esta es una serie mucho más “positiva”. El inicio de nuestra nueva aventura favorita. Así se siente.

Estos tres episodios cambiaron bastante el foco de la narrativa y de la serie. A Knight of the Seven Kingdoms empezó siendo una serie jocosa, casi cómica que intentaba buscar un espacio en un universo que ya nos había mostrado suficiente drama y tragedia. Pero este arco final nos enseña que Westeros siempre fue cruel con el destino y nuestros personajes se enfrentan a su primera gran prueba: un juicio a muerte para Dunk.
El juicio no solo es de una modalidad llamativa que no conocíamos de Game of Thrones, sino que también nos entrega una episodio de batalla digno de aquella serie con un fuerte foco en lo emocional y en lo espectacular, haciendo que el nivel de producción de la serie resalte en todo momento.
Dunk pasa de ser un chiste a un caballero, con matices y con errores, pero se nota que es un arco inicial para un personaje que puede dar muchísimo más. La actuación de Petter Claffey es tan buena como la de Dexter Sol Ansell como Egg y generan una química que oficia de motor principal para los espectadores.

Hablando de nuestro querido Egg, es su personaje el que lleva quizás la cuota más narrativa de este universo. La revelación que abre este arco de episodios nos abre la puerta a un mundo mucho más cercano a lo que conocíamos, la guerra de casas y la dominación absoluta por parte de los Targaryen y sus dragones.
De hecho, Egg funciona como eje conductor hoy del universo Game of Thrones, es uno de los pocos personajes que tiene hilos concretos relacionados tanto a House of the Dragon como a la serie madre, y seguramente será quien más desarrollo tenga a lo largo de las siguientes temporadas.
Su participación en la trama estuvo llevada con un ritmo espectacular, lo suficientemente trabajado como para ser fuerte y lo suficientemente lento para ser sorpresivo. Un acierto en todo sentido: actor y personaje. Lo mismo podemos decir de sus familiares, que en este segundo arco se vuelven personajes mucho más importantes e igual de intrigantes.

Esta primera temporada de A Knight of the Seven Kingdoms pareció un cuento bien contado. Principio, final, guiños al futuro, pero un círculo perfecto que empezó y terminó en el tiempo justo y necesario. Reavivó la llama de un universo que tenía una imagen bastante negativa y que incluso había perdido a parte de sus espectadores. Hay pocas cosas para reprocharle, y mucho más que puede aún crecer, así que la considero un éxito en todos los frentes.
En un principio, el plan de “15 temporadas y más de 30 años” me parece muy ambicioso. Aunque no lo creo imposible, creo que la constancia y regularidad serán claves para que Dunk y Egg sigan siendo cita obligatoria los domingos. Por lo pronto, ya tenemos confirmación de que en 2027 veremos la segunda temporada de A Knight of the Seven Kingdoms.

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