El envejecimientoactivo requiere movimiento, autonomía y vínculos sostenidos para preservar la salud física y mental de los adultos mayores, en un contexto en el que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la población mayor se duplicará entre 2000 y 2050 y una de cada cinco personas tendrá más de 60 años hacia mediados de siglo.
Esa perspectiva convierte al cuidado cotidiano en un factor: caminar, hacer ejercicios de fortalecimiento muscular y sumar prácticas de equilibrio, flexibilidad o elongación ayuda a conservar la movilidad y a reducir el riesgo de caídas; no se trata necesariamente de rutinas complejas, sino de actividades que puedan incorporarse según las posibilidades de cada persona y la indicación médica, como caminatas regulares, ejercicios simples en el hogar, yoga o taichí.
La estimulación cognitiva también forma parte de ese esquema. Leer, hacer manualidades, aprender un juego o un instrumento, escuchar música, escribir o participar en actividades teatrales favorece la atención, la memoria y el aprendizaje.
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Cuando esas propuestas se comparten con otras personas, fortalecen el contacto social y ayudan a prevenir el aislamiento. El intercambio con generaciones más jóvenes suma otro efecto: jugar, contar historias, enseñar un oficio o aprender a usar una herramienta tecnológica puede reforzar en la persona mayor el sentido de propósito y la percepción de que su experiencia sigue teniendo valor.
La Organización Mundial de la Salud definió en 1999 el envejecimiento activo como “el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen”. Bajo esa definición, el objetivo no recae solo en la persona mayor: también exige revisar cómo se percibe la vejez y cómo se adaptan los entornos a sus necesidades.
Ese enfoque se apoya en tres pilares: participación, salud y seguridad. La participación apunta a que los adultos mayores continúen contribuyendo a la sociedad de manera activa y productiva; la salud, a garantizar más años de vida con mejor calidad; y la seguridad, a ofrecer protección.
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María Eugenia Méndez, directora médica de En Casa (empresa que desde hace más de 30 años se dedica al cuidado personalizado de adultos y niños con enfermedades crónicas o agudas, con soluciones como la internación domiciliaria y la atención integral en el hogar), resumió esa idea de este modo: “El envejecimiento activo no consiste en negar el paso del tiempo, sino en atravesarlo con autonomía y calidad de vida. Acompañar esta etapa implica revisar los controles de salud, la alimentación, la vacunación y las condiciones del hogar. Tampoco hay que olvidarse de generar espacios para moverse, aprender, vincularse y seguir transmitiendo saberes y experiencias”.
El hogar y los encuentros familiares pueden reducir riesgos o aumentarlos
La respuesta práctica a cómo preservar la autonomía en la vejez combina actividad física, estimulación mental, relaciones sociales y adaptación del espacio cotidiano. Mantener esos cuatro frentes al mismo tiempo permite sostener hábitos con mayor independencia y mejorar la calidad de vida.
En las reuniones familiares conviene mantener libres las zonas de paso, retirar alfombras u otros obstáculos, asegurar buena iluminación y dejar bastones o andadores siempre al alcance. Si la persona usa silla de ruedas, necesita espacio suficiente para desplazarse y permanecer cómoda, además de que se respeten sus pautas de alimentación e hidratación.
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En personas con desorientación o deterioro cognitivo, los encuentros numerosos o los cambios de ambiente pueden generar confusión y temor. En esos casos suelen funcionar mejor las reuniones pequeñas, en espacios conocidos y con estímulos moderados.
El acompañamiento profesional en el hogar puede ayudar a incorporar estas dimensiones a la vida diaria. Cuidadores, acompañantes terapéuticos y equipos de rehabilitación no solo asisten en las tareas cotidianas: también promueven hábitos, vínculos y actividades orientadas a sostener la autonomía y el bienestar emocional.