Los psicólogos explican cuándo está bien y cuándo no cancelar planes: “A veces la motivación sigue a la acción, no al revés”

El ‘zapping social’ es ese impulso de aceptar planes con la misma facilidad con la que cancelas a unos minutos antes de que inicie

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Un grupo de amigos en una cena improvisada (Canva)

Todos hemos sentido satisfacción cuando hemos cancelado ese plan al que nos comprometimos hace semanas porque te apetecía, pero que, llegado el momento, ya no te genera ningún deseo. Aunque tienes tantas ganas de quedarte en casa para estar tranquilo y descansar de la jornada de trabajo, al final no puedes evitar sentir un poco de culpa por fallar a la otra persona. Este impulso tiene nombre y los expertos lo han bautizado como ‘zapping social’. Concretamente, la tesis de Alyssa T. Altieri de la Universidad DePaul lo define como esa tendencia de cancelar o cambiar planes de manera digital minutos antes de que ocurran, impulsado generalmente por la aparición de una alternativa considerada más atractiva o divertida.

Pero, ¿dónde está el punto intermedio entre obtener un descanso saludable o tener una actitud irresponsable? Los expertos determinan que hay circunstancias claras en las que quedarse en casa es aceptable. La psicóloga Virginia Chow, consultada por Real Simple, señala que cancelar es una opción saludable si responde a una necesidad genuina de descanso, enfermedad física, agotamiento emocional, duelo o burnout. En estos escenarios, priorizar el reposo es un acto de autocuidado indispensable para evitar un agotamiento mayor y favorecer la recuperación.

Por el contrario, la frontera de lo inaceptable se cruza cuando la cancelación se convierte en un método constante para evitar la incomodidad, los nervios o la ansiedad social. Así, la doctora Chow advierte que existe una gran diferencia entre el autocuidado y la evitación. Es común sentir pereza o timidez ante una reunión con personas desconocidas o con amigos que no vemos hace tiempo. Sin embargo, los psicólogos sugieren hacer el esfuerzo de asistir. Bajo el enfoque de la “activación conductual”, el estado de ánimo suele mejorar como consecuencia de realizar la actividad, y no antes. “A veces la motivación sigue a la acción, no al revés”, explica Chow.

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Dos amigas haciendo un picnic en un parque (Canva)

¿Quién de los dos lo pasa peor?

Asimismo, la terapeuta Cheryl Groskopf subraya la importancia de evaluar cómo afecta nuestra ausencia a la otra persona. No tiene la misma gravedad posponer una cita informal que faltar a una celebración importante, o cancelar un compromiso en el que la otra parte ha invertido tiempo, dinero en entradas o ha tenido que contratar una niñera. Al final, la confianza se consolida mediante “actos repetidos de hacerse presente cuando realmente importa”, y son estos momentos clave los que definen con quién se puede contar a largo plazo.

A pesar de la culpa que suele acompañar a estas decisiones, la ciencia sugiere que nuestros temores a la desaprobación suelen ser exagerados. Un estudio realizado por científicos de la Escuela Noruega de Economía y la Escuela de Negocios Alpina GEM demuestra una notable “brecha de percepción” entre quien cancela y quien recibe la noticia. En el experimento, que involucró a unos 400 adultos estadounidenses, se evaluó un escenario donde un amigo cancelaba una cena de último minuto por trabajo. Aquellos que imaginaron cancelar estimaron que su acción tendría una aceptabilidad de apenas 4,96 sobre 7.

Por el contrario, quienes adoptaron la perspectiva de recibir la cancelación valoraron la situación con un promedio de 6,22 sobre 7. Esra Aslan, investigadora principal, concluye que “la gente no debería estresarse tanto por la cancelación”, pues el entorno suele ser mucho más comprensivo de lo que asumimos en nuestros estados de ansiedad. No obstante, los científicos advierten que esta indulgencia varía según el contexto cultural, siendo la desaprobación mayor en culturas de Asia.

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Para preservar la calidad de los vínculos cuando cancelar es inevitable, los expertos coinciden en ciertas reglas de cortesía. En primer lugar, se debe comunicar la decisión lo antes posible. Groskopf enfatiza que avisar con antelación protege el tiempo del otro y le da la oportunidad de reorganizarse. En segundo lugar, se debe proponer de inmediato una fecha alternativa y una actividad concreta, demostrando un deseo sincero de reunirse. “Si la gente reprograma las cosas y hace un pequeño gesto de buena voluntad de antemano”, concluye la autora del estudio noruego.