Este mes de junio, marcado por temperaturas muy altas para la época del año en distintos puntos del mundo (como en España y otros países de Europa), va a terminar con un dato preocupante: el agua del Mediterráneo ha alcanzado los 30 grados en varios puntos, una temperatura más propia del Caribe durante el verano.
El calor afecta a la fauna y flora que habitan en el Mediterráneo, que se calienta más rápido que el promedio global. Sin embargo, no es solamente importante fijarse en el punto máximo que alcanzan los termómetros en el agua, sino los días consecutivos que se experimentan temperaturas moderadamente altas, generando estrés térmico.
Un estudio publicado recientemente en la revista Global Change Biology Communications —realizado por investigadores españoles del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC), el Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos (IFISC, CSIC-UIB) y la University of Science and Technology (KAUST), de Arabia Saudí— indica que este estrés térmico puede estar provocando el debilitamiento y la fragmentación de las praderas marinas de Posidonia oceanica, una especie clave y endémica del Mediterráneo.
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El calor “no mata de golpe, pero debilita”
A partir del nuevo indicador Stress Degree Days (SDD), el estudio concluye que entre el 2000 y el 2020 el estrés térmico alto del sur y este del Mediterráneo ha derivado en más de un 40 % de pérdida de cobertura y mayor fragmentación de posidonia respecto a las áreas de bajo estrés. En la actualidad, las zonas más afectadas son Tunisia, Libia, Egipto, Gaza, Líbano, Siria y Turquía.
“A veces el daño no aparece por un episodio extremo y puntual, sino por una exposición prolongada a temperaturas moderadamente altas”, ha explicado en The Conversation el investigador Àlex Giménez Romero, del Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos (UIB-CSIC) y autor principal de estudio. “Un verano algo más cálido, seguido de otro verano cálido, y después otro, puede generar una carga de estrés que se acumula lentamente. No mata de golpe, pero debilita”.
Una planta marina clave para el ecosistema
La Posidonia oceanica es fundamental para la biodiversidad, la estabilización del sedimento, la transparencia del agua, la protección costera y el secuestro de carbono en el Mediterráneo. Sin embargo, a pesar de su inmenso valor ecológico y económico, las praderas marinas están disminuyendo: se estima que desde la Segunda Guerra Mundial se ha perdido un tercio de la superficie.
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No debe pensarse que el calentamiento del mar es el único factor que está amenazando esta infraestructura natural clave: los fondeos, la contaminación, los dragados, las obras costeras o el aumento de la turbidez llevan décadas afectando a la Posidonia oceanica.
De esta manera, la fragmentación de esta planta marina tiene múltiples implicaciones ecológicas: se deteriora la retención de sedimento, desciende el secuestro de carbono, disminuye la conectividad clonal y empeora la resiliencia del ecosistema, además de que desaparece el refugio de muchas otras especies.
Las costas españolas pueden verse afectadas
Las zonas actualmente afectadas por este estrés térmico no serán las únicas. Según las proyecciones futuras, el área en el que la Posidonia oceanica se verá amenazada por el calentamiento del mar Mediterráneo aumentará en las próximas décadas. "Bajo escenarios de emisiones más altas, el estrés térmico acumulado aumenta de forma generalizada y se extiende hacia regiones que hoy presentan valores más moderados. Esto se asocia con pérdidas potenciales de cobertura y con una mayor fragmentación estructural", señala Giménez.
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Así, aunque algunas áreas como Alborán, el Golfo de León o ciertas partes del Egeo podrían funcionar como refugios térmicos, su persistencia dependerá de procesos oceanográficos futuros. Según las previsiones para finales de siglo bajo un escenario climático moderado, la zona que rodea las islas Baleares, por ejemplo, experimentará mucho más estrés térmico, comprometiendo la supervivencia de la Posidonia oceanica en nuestro país, donde en el mes de marzo se aprobó un real decreto para impulsar su conservación.