Cuando las redes sociales se convierten en cementerios: “Los muertos no hacen clic en los anuncios”

El investigador Carl Öhman habla con ‘Infobae’ sobre la herencia digital y qué ocurre con nuestros datos después de la muerte

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El investigador Carl Öhman explica cómo, al morir, perdemos todos los derechos sobre nuestros datos personales. Las empresas tecnológicas se convierten en las únicas propietarias, planteando un dilema sobre el futuro de nuestra historia digital colectiva.

Todo lo que hacemos en el mundo virtual deja huella. Desde nuestra primera búsqueda en Google hasta el último like que dimos a un meme gracioso, nuestro camino ha quedado registrado en servidores de todo el mundo con el resto de datos de la humanidad. Mientras vivimos, esa información nos pertenece. Pero, ¿qué ocurre cuando morimos?

La herencia digital que hemos construido a lo largo de los años se mantiene, pero no podemos cedérsela a un familiar o un amigo: nuestras fotos, comentarios sarcásticos, opiniones, vídeos... quedan en las manos de las compañías tecnológicas para las que los publicamos. Una información que ocupa espacio y recursos, pero que ya no da dinero.

Carl Öhman lleva años advirtiendo de estos riesgos. El doctorado por la Universidad de Oxford y profesor en la Universidad de Upsala (Suecia) publicó en 2022 un artículo en el que alertaba de que, para el año 2060, la red social Facebook tendría más perfiles de personas muertas que vivas si continúa perdiendo usuarios. “Es un problema para ellos, porque su modelo de negocio no se ha construido alrededor de personas muertas; los muertos no hacen clic en los anuncios”, apunta el investigador en una entrevista con Infobae.

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La rentabilidad de los fantasmas digitales

Ante este escenario, las redes sociales tienen dos opciones: o eliminan todos los datos de los fallecidos o intentan recomercializarlos. La antigua Twitter se planteó en 2019 implantar la primera y propuso borrar las cuentas que estuviesen más de seis meses inactivas, si bien terminó paralizando este proyecto al no ofrecer un mecanismo para honrar a los fallecidos. Así, es posible que las compañías opten por la segunda, “la opción más viable” para Öhman.

Las posibilidades de rentabilidad son infinitas. “Imagina que enviaste una prueba de ADN a una empresa de investigación genealógica porque quieres saber quiénes son tus ancestros. Esa compañía estadounidense se va a la bancarrota y tus datos se venden a un tercero; ya no te pertenecen. Es perfectamente plausible que, por ejemplo, las compañías de seguros utilicen ese ADN para rastrear a tus hijos y darles diferentes primas para su seguro basándose en esos datos”, teoriza Öhman. Aunque, por el momento, “lo que hacen es entrenar modelos [de inteligencia artificial] con ellos”, explica.

Es algo que empresas como Meta ya se han planteado. En 2023, la compañía de Zuckerberg patentó una IA que permitía seguir publicando desde cuentas de personas muertas. La intención, según contaron a Business Insider, era evitar que el resto de usuarios echasen de menos el contenido de los fallecidos, si bien aseguran no tener planes de continuar con el modelo.

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La llegada de la IA también ha abierto otras oportunidades de negocio, como los deathbots, que simulan ser un ser querido que ya no está a partir de sus fotografías, sus audios, los mensajes que publicaba... Es una deriva “bastante natural” de las tecnologías, en opinión de Öhman. “Todas las nuevas tecnologías de la información se han intentado utilizar para comunicarse con los muertos: la piedra en la Edad de Piedra está casi en exclusiva asociada a los muertos; cuando inventamos el lenguaje, comenzamos a escribir cartas a los muertos. Lo mismo ocurrió con la fotografía o el telégrafo”, explica.

Más que patologizar esta forma de duelo, Öhman advierte de los riesgos que puede tener esta práctica. “Las compañías que están haciendo esto pueden aprovecharse de la relación póstuma de alguien con sus padres, por ejemplo, donde el consumidor puede sentir una suerte de obligación moral de continuar interactuando con el servicio”, indica. “Es un producto que se vende solo, porque el bot probablemente estará programado para que los usuarios sigan interactuando con él", añade.

¿Quién protege nuestro recuerdo?

Sea cual sea la intención que tengan las grandes tecnológicas, poco pueden hacer los ciudadanos por proteger el legado de sus familiares. “Legalmente, estamos a merced de la benevolencia de las empresas tecnológicas”, lamenta Öhman.

Incluso si estas decidieran dejar a los descendientes controlar la huella digital de una persona, las consecuencias pueden ser complicadas. “Hay historias, por ejemplo, de adolescentes que, una vez fallecidos, sus padres han tenido acceso a sus perfiles de redes sociales y han borrado cualquier referencia a su identidad de género, una suerte de violación póstuma del derecho a la autodeterminación”, cuenta el investigador.

El profesor sueco aboga, a nivel europeo, por modificar el Reglamento General de Protección de Datos para incluir de alguna forma a las personas fallecidas, un camino que no tiene muchas esperanzas en que salga adelante. “No ha habido mucho interés, ni por parte de los políticos ni por parte de la industria, porque el debate tecnológico es absurdo en el corto plazo. ¿Quién sabe cuál será la próxima gran tecnología en cinco años?”, expresa.

Lo que sí aconseja a todos aquellos preocupados por su herencia digital es aprovechar las herramientas que algunas plataformas ya tienen. Desde Meta, han habilitado la posibilidad de establecer un Facebook Legacy Contact (Contacto de Legado de Facebook), que permite delegar a otro usuario de la red social como custodio de tu perfil una vez fallecido.

Una batalla por la historia

FOTO DE ARCHIVO: Pancartas de protesta en una manifestación del movimiento #MeToo frente al hotel Trump International en Nueva York. (REUTERS/Brendan McDermid/File Photo)

El problema va más allá de los recuerdos digitales de familiares y amigos que ya no están. “Tu historia digital es importante para ti y tal vez para tus descendientes, pero cuando juntamos mil millones de esos perfiles juntos, es algo más que una colección de historias individuales, es nuestra historia colectiva digital lo que se acumula. Y, ahora mismo, hemos subcontratado el mantenimiento de nuestra historia digital colectiva a un puñado de gigantes tecnológicos que la están monopolizando”, lamenta Öhman.

Hasta ahora, se podía estudiar el paso de la humanidad a través de la huella física que iban dejando nuestros antepasados en piedra, libros, murales o enterramientos. Hoy, una gran parte de la vida discurre en el mundo virtual y ese apartado está en posesión de unos pocos, que pueden preservarlo, alterarlo o destruirlo. “Cuando los historiadores quieran estudiar el movimiento #MeToo, habrá un único guardián de estos testimonios, que es Elon Musk", ejemplifica Öhman.

El profesor sueco defiende que preservar esta parte de la historia de la humanidad es necesario y, en este trabajo, deben tenerse en cuenta más criterios que el económico. “No deberíamos dejar a un puñado de instituciones decidir qué merece la pena preservar para la posteridad. Sugiero que nos inspiremos en cómo funcionan los archivos y los museos. No hay una única persona que decide qué dejar y qué destruir: invitas a arqueólogos, antropólogos, tal vez a personalidades políticas y todos juntos toman esa decisión. Creo que podemos hacer algo similar con nuestra herencia digital”, concluye.