Las articulaciones son una de las zonas que más se pueden resentir con el paso de los años. De hecho, es habitual ver a personas mayores con problemas en hombros, codos y, sobre todo, rodillas. Esta mayor vulnerabilidad se debe, en un gran porcentaje de las veces, al desgaste del cartílago.
El cartílago es un tejido flexible y resistente que recubre los extremos de los huesos dentro de las articulaciones. Su función principal es actuar como una especie de amortiguador, reduciendo la fricción entre los huesos y permitiendo que el movimiento sea suave y sin dolor.
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A diferencia de otros tejidos, el cartílago tiene una capacidad de regeneración muy limitada. Por eso, con el paso del tiempo y si es sometido a estrés, puede ir deteriorándose. Cuando esto ocurre, los huesos empiezan a rozar entre sí con mayor facilidad, lo que puede provocar dolor, inflamación y pérdida de movilidad. Por todos estos motivos, es importante evitar su desgaste tomando todas las medidas preventivas posibles.
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Causas del desgaste
El deterioro del cartílago no responde a un único factor, sino a la combinación de varios elementos. La edad es uno de los principales, pero no el único. El exceso de peso, por ejemplo, incrementa la carga que soportan las articulaciones, especialmente en zonas como las rodillas y las caderas.
También influyen los movimientos forzosos repetitivos, habituales en determinados trabajos o prácticas deportivas, así como las lesiones mal recuperadas, que pueden dejar secuelas a largo plazo. A ello se suman otros factores como el sedentarismo, que debilita la musculatura de soporte, o una mala alineación corporal, que provoca un reparto desigual de las cargas.
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Ejercicios para proteger tu cartílago
La actividad física desempeña un papel fundamental en la protección de las articulaciones, especialmente cuando existe desgaste del cartílago. Lejos de ser perjudicial, el movimiento adecuado ayuda a mantener la movilidad y a nutrir los tejidos articulares.
En este sentido, ganar masa muscular es especialmente importante, ya que una musculatura más fuerte actúa como soporte natural de las articulaciones, reduciendo la carga directa que recae sobre ellas y mejorando su estabilidad.
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No obstante, el nivel de actividad debe adaptarse a cada persona y, en caso de problemas articulares, es recomendable contar con orientación profesional antes de iniciar cualquier rutina. También es aconsejable utilizar un equipamiento adecuado que amortigüe el impacto y proteja las zonas más sensibles durante la práctica deportiva.
Entre los ejercicios más beneficiosos destacan aquellos de bajo impacto. La natación, por ejemplo, permite trabajar el cuerpo sin someter las articulaciones al peso corporal, lo que reduce significativamente la presión sobre ellas. En el caso de la bicicleta, también es una opción adecuada siempre que se ajuste correctamente la postura para evitar una flexión excesiva de las rodillas durante el pedaleo.
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Las caminatas, especialmente en entornos naturales, constituyen otra alternativa recomendable, ya que favorecen el movimiento sin impactos bruscos. Incluso disciplinas como la marcha con bastones pueden ser útiles, al ayudar a distribuir mejor el esfuerzo y proteger las articulaciones.
En general, mantener una actividad constante y bien adaptada resulta más beneficioso que el reposo prolongado, siempre que se eviten los impactos intensos, los movimientos bruscos y se cuente con ayuda de un profesional.
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