Este martes ha comenzado en el Tribunal Supremo el juicio por el ‘caso Koldo’ con una primera sesión en la que han desfilado una decena de testigos y en la que, más allá de los hechos nucleares de la causa, ha ido tomando forma un relato paralelo. Se trata de la reconstrucción de la relación personal entre el exministro José Luis Ábalos y su expareja, Jessica Rodríguez, a partir de sus propias palabras y de quienes, de un modo u otro, orbitaron en torno a ambos.
La jornada ha estado marcada por esa doble dimensión de lo público y lo privado, que ha atravesado buena parte de las declaraciones. Desde el primer testigo hasta el último, las referencias a contratos, viviendas y gestiones han ido dibujando un vínculo que, según los comparecientes, desbordaba lo estrictamente sentimental para proyectarse sobre decisiones económicas y laborales.
Una relación que se prolonga tras la ruptura
La propia Jessica Rodríguez ha sido el eje de esa reconstrucción. Ha declarado protegida, de espaldas y sin que se difundiera su imagen, a petición propia para preservar su intimidad. Ante el fiscal jefe Anticorrupción, ha situado su relación con Ábalos entre octubre de 2018 y noviembre de 2019, cuando, según ha dicho, el entonces ministro decidió mantener su vida familiar “de cara a la sociedad”.
Sin embargo, el vínculo no se extinguió con la ruptura. Rodríguez ha relatado que siguieron en contacto, que se vieron en varias ocasiones —como en Sevilla a finales de 2019 o en una cena por su cumpleaños en febrero de 2020— y que él continuó ayudándola económicamente en momentos concretos. Ese apoyo, ha insistido, respondía a un sentimiento de deuda. “Se sentía en deuda conmigo”, ha afirmado, por haberle hecho cambiar su estilo de vida y por promesas que, según su versión, no se cumplieron.
En ese contexto ha enmarcado el pago de su matrícula universitaria en junio de 2020, la compra de un teléfono móvil o la ayuda para sufragar la operación de su gato. “No era lo habitual que me hiciesen transferencias”, ha matizado, subrayando que se trataba de ayudas puntuales. También ha asegurado que todos esos gastos fueron asumidos por Ábalos y no por su entonces asesor, Koldo García, al que ha descrito como una presencia constante, “la sombra” del exministro.
Los pisos y la intermediación
Uno de los hilos más repetidos en la sesión ha sido el de las viviendas en las que residió Rodríguez. Según su declaración, fue el propio Ábalos quien le animó a buscar un piso “para estar juntos”, una decisión que ella interpretó como un paso hacia una relación estable. “Si no hubiese sido así, no me hubiese ido de mi casa”, ha recalcado.
La gestión de ese inmueble, sin embargo, introdujo a terceros en la ecuación. Rodríguez ha explicado que trató cuestiones prácticas con Koldo García, aunque ha insistido en que el exministro estaba al tanto de todo. “Aunque no le mandase un mensaje, él lo sabía”, ha venido a decir. También ha señalado que fue el empresario Alberto Escolano quien le enseñó la vivienda elegida.
Escolano ha confirmado ese extremo ante el tribunal. Ha relatado que pagó el alquiler del piso por indicación de su socio, Víctor de Aldama, sin saber inicialmente quién era la inquilina. “Había que meter a una chica ahí”, ha explicado, enmarcando la operación como un gesto habitual con clientes. No fue hasta más adelante, cuando coincidió con Ábalos en el inmueble, cuando comprendió el contexto.
Ese momento, descrito con detalle en sala, ha aportado una de las escenas más reveladoras y cómicas de la jornada. Según Escolano, recibió una llamada en la que una voz se presentó escuetamente: “Soy José”. Él respondió con naturalidad, “y yo Alberto”, sin saber con quién hablaba. Al pedirle que bajara, accedió sin mayor sospecha. “¿Puedes bajar por favor? Y bajé y era José Luis Ábalos”, ha relatado. La sorpresa dio paso a una inmediata rectificación: le pidió disculpas por el tono empleado al teléfono al no haber identificado a su interlocutor.
Ambos subieron entonces al piso y, en ese momento, según su propio testimonio, “entendí todo”. La escena, tal y como la ha narrado, le permitió encajar las piezas de una gestión que hasta entonces había asumido como una operación más. Tras ese breve encuentro, zanjó la visita con una frase que resume su posición: “Bueno, si no necesitáis nada más, yo me marcho”.
El empresario ha descrito también incidencias domésticas, como las continuas averías de la nevera de Jessica, que acabaron derivando en contactos con él o, en su defecto, con Koldo García, reforzando la idea de una gestión cotidiana en la que varios actores intervenían de forma indistinta.
Rodríguez, por su parte, ha admitido que desconocía quién pagaba formalmente el alquiler, aunque daba por hecho que era Ábalos quien asumía los gastos. “Para mí era él quien lo pagaba”, ha señalado, en una afirmación que ha resumido la lógica que, según su testimonio, regía esa etapa.
Contratos sin actividad y advertencias ignoradas
El otro gran bloque de declaraciones ha girado en torno a la contratación de Rodríguez en empresas públicas como Ineco y Tragsatec. La propia interesada ha reconocido sin ambages que no llegó a trabajar en Ineco. “No”, ha respondido cuando se le ha preguntado directamente, añadiendo que estaba “a la espera de que le dijeran qué hacer”.
Ha señalado a Koldo García y a su hermano, Joseba García, como las personas que le daban indicaciones, aunque ha insistido en que el exministro conocía la situación. Su relato ha sido difuso en algunos puntos como, por ejemplo, cuando ha llegado a decir que no sabía la diferencia entre Ineco y Tragsatec, pero contundente en lo esencial: percibía un salario sin desempeñar funciones reales.
Joseba García ha admitido haberla ayudado a rellenar partes de trabajo y haberle hecho “favores personales”, como cuidar de su gato o pagar mensualidades del piso por indicación de su hermano. Ha negado, no obstante, que fuera su subordinada.
Desde el lado de la empresa, la declaración de Virginia Barbancho ha aportado otra pieza al puzle. Ha explicado que participó parcialmente en el proceso de selección y que recibió el currículum de Rodríguez con la indicación de que era “sobrina del ministro”, extremo que después se matizó como vinculación con un asesor. Aseguró que preguntó por su cualificación y que le confirmaron que cumplía los requisitos.
Una vez incorporada, ha relatado problemas inmediatos con el control horario. Rodríguez no fichaba y alegaba incidencias técnicas. “Fue un juego del ratón y el gato durante una semana”, ha explicado. Elevó la situación a sus superiores, pero la respuesta fue que dejara de insistir. “Que dejara de molestar a Jessica”, ha dicho, señalando que en informes internos ya constaba que no cumplía horario.
Así, entre mensajes, gestiones y testimonios cruzados, la primera sesión del juicio ha ido trazando una narración en la que la relación personal entre Ábalos y Rodríguez aparece entrelazada con decisiones prácticas que ahora el tribunal deberá valorar en el contexto penal de la causa.