Uno de los tableros sobre los que actualmente se juega la partida geopolítica mundial es Groenlandia. A principios de este recién iniciado 2026, el presidente estadounidense Donald Trump volvió a mostrar su interés en anexionarse la enorme isla autónoma perteneciendo al Reino de Dinamarca.
El territorio cuenta con una ubicación estratégica significativa —cerca del Ártico, de Europa y de Estados Unidos— y con una enorme riqueza en recursos naturales; sin embargo, Trump, en sus declaraciones, ha puesto especialmente el foco en otra cuestión por la que considera prioritario el control de Groenlandia: la defensa de su país y la de sus aliados europeos.
Mientras distintos líderes internacionales ya trabajan en apoyar al Reino de Dinamarca ante una posible acción estadounidense, los expertos señalan las potenciales consecuencias que tendría una anexión de Groenlandia a Estados Unidos: geopolíticas, económicas, sociales... y también medioambientales y científicas.
Diversos expertos del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) que trabajan en Groenlandia —por ejemplo, haciendo seguimiento de la vegetación, analizando el clima del pasado o estudiando cómo ha cambiado este bajo el calentamiento global— han señalado que la investigación científica en la región, ante este posible escenario futuro, podría verse seriamente afectada.
“Podrían aparecer cambios legales sobre el acceso a las zonas, permisos para muestrear y otras posibles complicaciones en las fronteras que podrían limitar los estudios sobre cambio climático”, explica Sergi Pla, que lleva más de 30 años viajando por toda Groenlandia para llevar a cabo esas investigaciones.
De hecho, el gobierno de Trump ya ha realizado diversos retrocesos en materia medioambiental, algunos de ellos muy recientemente. Por ejemplo, entre las más de 60 organizaciones e instituciones internacionales de las que la semana pasada se ordenó la retirada de Estados Unidos se encuentran algunas relacionadas con esta materia, como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático o el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), la principal autoridad mundial en ciencia climática. Así, según destacaba Greenpeace tras el anuncio, el mundo se quedaba desde ese momento con menos protección ante la emergencia climática.
Además, Estados Unidos, según destacan desde el CREAF, ya ha dejado de financiar muchos estudios científicos vinculados a este problema. “Si nos fijamos en la Antártida, allí ya han retirado muchos buques científicos; por tanto, no sería extraño ver la misma tendencia en el Ártico dentro un tiempo”, señala Alicia Pérez-Porro, jefa de Interacción política y relaciones institucional del CREAF.
Pla también pone el foco sobre la necesaria colaboración internacional para estas investigaciones, algo que se podría poner en riesgo ante una apropiación: “Actualmente hay científicos de Estados Unidos participando en muchos proyectos, y hay que tener en cuenta que no toda la sociedad norteamericana piensa de la misma manera, pero un movimiento geopolítico como este podría comprometer algunas relaciones entre instituciones”.
El Ártico, un territorio muy sensible al cambio climático
Continuar investigando esta zona del mundo resulta fundamental porque Groenlandia es un territorio clave para el clima global: lo que ocurre en el Ártico repercute en gran medida en todo el hemisferio norte y, también, en otras partes del mundo. “Podemos decir que Groenlandia y el océano Ártico son una región especialmente clave para el planeta, ya que su enorme masa de hielo y su dinámica actúan como un regulador del clima global, explica Pla.
El deshielo en esta región del planeta altera las corrientes de circulación atmosférica y oceánica, provocando oscilaciones en el chorro polar, una masa de aire que circula a gran velocidad en la alta atmósfera. Estas alteraciones pueden desplazar masas de aire frío hacia latitudes más meridionales o empujar aire cálido hacia el norte. Como consecuencia, originan en el hemisferio norte, y sobre todo en Europa, episodios meteorológicos extremos o poco frecuentes, como pueden ser olas de frío o de calor, sequías o lluvias persistentes.
Además, el calentamiento que está provocando el deshielo está ocurriendo más rápido en esta región que en otros lugares del mundo. De hecho, según señala el CREAF, se ha producido un incremento de hasta 6 grados con respecto a la era preindustrial. El Ártico, en definitiva, es una de las regiones más sensibles al cambio global y sufre de manera especialmente intensa los efectos del cambio climático; su protección es, por tanto, clave.
Los expertos también señalan que todo esto puede llegar a activar procesos de retroalimentación difíciles de retener, como el albedo: a medida que se reduce la superficie de hielo marino y de nieve, la radiación solar no se refleja y, por tanto, se queda absorbida por el océano y la superficie terrestre; esto provoca un aumento de las temperaturas que, a su vez, potencia aún más el deshielo. Es un bucle con consecuencias graves y múltiples.
Además, se puede llevar a alterar el ciclo de carbono, lo que impacta también sobre el sistema climático global: “En el Ártico observamos que el deshielo libera carbono atmosférico antiguo que llevaba siglos almacenado en el suelo”, explica la investigadora Sara Marañón, cuyos estudios se centran especialmente en este fenómeno. Así, se pasa de almacenar carbono a emitirlo.
Por su parte, Mariana García Criado, investigadora Marie Skłodowska-Curie en el CREAF, estudia la riqueza y la composición de las especies de plantas, briófitos y líquenes. La experta señala que este deshielo puede transformar los ecosistemas de tundra de Groenlandia hacia otro tipo de hábitats, como ya se ha empezado a observar con el crecimiento de arbustos por la liberación de nutrientes en el suelo y el permafrost.
Junto a todo esto, desde el CREAF señalan que una posible anexión de Groenlandia por parte de Estados Unidos también tendría serias consecuencias para las comunidades indígenas, con las que se trabaja en muchos proyectos científicos directamente dependientes de la participación de la población local. “Gran parte de la cultura indígena ha sido históricamente marginada”, explica García Criado con respecto a los inuit. “Estas poblaciones son el auténtico corazón de Groenlandia y quienes mejor conocen sus paisajes, sus ritmos y su historia”.
Así, se abren dos importantes pilares medioambientales que es fundamental proteger: por un lado, la reducción de los impactos climáticos sobre la zona; por otro lado, la continuación del fomento de las investigaciones científicas que se encargan de estudiar cómo estas consecuencias afectan al Ártico y, en definitiva, también al resto del hemisferio norte.