
Hace seis millones de años, la cuenca del actual mar Mediterráneo sufrió una transformación drástica en muy poco tiempo que la ciencia moderna denomina el diluvio Zancleano. Este fenómeno, central en la historia geológica de Europa y África, devolvió el agua al Mediterráneo tras una sequía de 600.000 años, dando origen a su configuración y biodiversidad actuales y a la mayor inundación de la historia de la Tierra.
La primera pieza del dominó fue cuando la actividad tectónica elevó una cordillera en lo que hoy corresponde al estrecho de Gibraltar, separando la cuenca mediterránea del Atlántico. Sin aporte hídrico suficiente, el agua se evaporó bajo temperaturas extremas, dejando la región cubierta por lagos salados y extensas llanuras de sal y yeso.
Los científicos identifican esta fase como la Crisis de Salinidad del Messiniense. Solo algunos lagos aislados conservaron agua, creando refugios temporales para la fauna marina. Sin embargo, alrededor de 5,3 millones de años atrás, varios terremotos generaron vientos con fuerza de tormenta tropical y crearon una cascada 30 veces más alta que las Cataratas del Niágara.
El nivel del mar subía hasta 10 metros cada día
Mientras la cordillera de Gibraltar descendía progresivamente, un primer hilo de agua del océano Atlántico comenzó a descender hasta la cuenca seca del Mediterráneo. En poco tiempo, el caudal se expandió a un río caudaloso y, finalmente, se desbordó como un torrente que arrastró consigo la fuerza de miles de ríos amazónicos. El agua avanzaba a 32 metros por segundo (unos 115 kilómetros por hora), suficiente para generar los vientos torrenciales que impactaron contra la costa de Sicilia.
Este fenómeno, conocido en la literatura científica como Inundación de Zanclean, fue estudiado a fondo por Aaron Micallef, geocientífico marino e investigador del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterey. Micallef, explorador de National Geographic, y su equipo han dedicado años a reconstruir el desarrollo de aquella megainundación empleando evidencia geológica y modelos informáticos. “No creo que ningún ser humano haya visto jamás algo así”, aseguró para la revista.
El avance del agua ejerció presión sobre la corteza terrestre, lo que desencadenó terremotos en toda el área mediterránea. Así, la Escarpa de Malta, un obstáculo geográfico en la corriente formada, partió el Mediterráneo en dos: occidente y oriente. De esta manera, cuando el agua acumulada en el sector occidental logró rebasar la escarpa, se precipitó cuesta abajo por un acantilado de aproximadamente 1.600 metros, generando una cascada mucho mayor que las Cataratas del Niágara. Este impacto provocó nuevas oleadas sísmicas: “El agua fluía a un ritmo de entre 68 y 100 millones de metros cúbicos por segundo, lo que provocó que el nivel del mar subiera hasta 10 metros cada día”, detalla Micallef.
La adaptación de las criaturas terrestres y marinas

De acuerdo con Daniel García-Castellanos, investigador del CSIC y experto en dinámicas tectónicas mediterráneas, la presión ejercida por el agua y los movimientos sísmicos habrían modificado profundamente la geografía de la región. La especie extinta Myotragus balearicus, una cabra de las cavernas que había colonizado Mallorca y Menorca durante el periodo seco, fue testigo del fin del mundo que conocían.
El proceso de rellenado de la cuenca oriental se completó en un lapso que los modelos estiman entre 2 y 16 años, un intervalo mínimo comparado con la escala geológica. Finalizada la crecida, el Mediterráneo quedó conectado nuevamente con el Atlántico, aunque las aguas de la antigua cuenca habría sido un hogar horrible durante los primeros milenios. Esto se debió a la carencia de nutrientes y el excedente de sal que impedía a la mayoría de las criaturas un hábitat habitable.
Antes del evento, el mar albergaba una biodiversidad notable, incluyendo tiburones, pinnípedos, coral y más de 780 especies marinas. Tras la crisis, solo 86 de esas especies consiguieron sobrevivir, refugiándose en bolsas de agua que persistieron tras la sequía inicial. No obstante, “la situación tardó mucho tiempo en estabilizarse lo suficiente como para que los organismos del Atlántico establecieran poblaciones saludables y crecieran”, afirma Konstantina Agiadi, geóloga de la Universidad de Viena.
El Mediterráneo actual, hogar de una gran variedad de vida marina, es uno de los focos más prominentes de biodiversidad del planeta. Sin embargo, los expertos insisten en la importancia de este desastre antiguo como modelo para entender las amenazas actuales. Micallef sostiene que comprender este fenómeno podría ayudar a predecir la aparición de futuras inundaciones. Por su parte, Agiadi ve en la crisis de hace millones de años una advertencia sobre los cambios irreversibles en los ecosistemas. “El diluvio es una especie de experimento natural”, a pesar de que “nunca volvió a ser lo que era antes, ni siquiera después de millones de años".
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