
Hay citas que fluyen desde la primera mirada, y otras que tropiezan con el primer comentario. La de Carmen y Ángelo perteneció a la segunda categoría. Desde el primer cruce de palabras, lo que se impuso fue una diferencia de ritmos, estilos y expectativas que ninguna botella de vino consiguió suavizar. Mejor para todos.
Carmen, en una etapa de su vida que define como “de plenitud”, no ocultó su energía ni su carácter. “Tengo un carácter fuerte”, reconoció, con la seguridad de quien ya no se entretiene con medias tintas. Busca autenticidad, no excusas, y descarta con rapidez cualquier atisbo de prepotencia o vulgaridad. No le interesa alguien que simplemente la acompañe, sino alguien que sepa lidiar con la intensidad. Ángelo, desde luego, no pareció cumplir ese perfil.
“Con una falda me hubieras gustado más”
Él se presentó como alguien que se deja llevar por el amor. “Pierdo un poco el sentido de la realidad”, confesó, como preámbulo a una cita donde el cariño brilló por su ausencia. Al ver a Carmen, la encontró “muy guapa”, aunque de inmediato apuntó al vestuario: “Con estas plumas, yo soy más clásico”. El comentario marcó el tono de una conversación que, lejos de acercarlos, fue abriendo distancias.
La diferencia de edad - tres años - no es para nada significativa. Sin embargo, cuando Carmen descubrió que Ángelo tenía 48, y no más, el gesto se le torció. “Va con una camiseta interior debajo de la camisa”, observó, expresando que no le gusta como viste. Él, por su parte, pareció no darse cuenta de que sus observaciones sobre el físico de su cita no eran bienvenidas. Como cabe comprender, los comentarios sobre el escote o la ropa de Carmen no fueron nada bien recibidos: “Con una falda me hubieras gustado más”, o “lo primero en lo que me fijé fueron tus curvas”. Carmen solo podía decir una cosa: “No me gusta su forma de ser, entra a matar”.
Más adelante, Carmen compartió algunos aspectos personales. Habló de su pasión por el rock and roll y por los tatuajes: diecinueve en total, con la costumbre de hacerse uno nuevo cada mes. Para Ángelo, aquello fue demasiado. “No me gusta que sean tantos”, confesó, sin filtro. En un intento por equilibrar el diálogo, mencionó su afición por el esquí, aunque aclaró que no lo practica, solo lo ve. “No me gusta hacerlo, pero sí verlo”, explicó. Carmen no disimuló la sorpresa. La incomprensión era mutua.
La tensión culminó con sinceridad brutal al final de la cena. Ángelo, sin rodeos, dijo: “No me ha gustado tu forma de ser”. Carmen fue igual de clara al responder: “No me ha gustado ni lo de la minifalda ni lo de sus tetas”. Lo que debía ser un espacio para explorar afinidades se convirtió en un intercambio de desencuentros.
Pese a todo, la cita dejó cierta claridad: no todas las diferencias se compensan con una buena conversación o con una atracción inicial. Algunas simplemente confirman que no hay ningún camino en común. Carmen y Angelo se despidieron sin promesas, pero con una lección bajo el brazo: a veces, el amor no se trata de ceder, sino de saber cuándo irse por otro lado.
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