
Alrededor del 70% de la población del mundo ha vivido o vivirá un evento potencialmente traumático en su vida, pero solo un 5,6% de ellos desarrollará un trastorno de estrés postraumático. Esta sensación de miedo extremo después de sufrir situaciones traumáticas se mantiene en el tiempo y provoca una reexperimentación constante del suceso, evitamiento de actividades o recuerdos similares o hiperventilación, entre otros síntomas. Para enfrentarse a este trastorno, la terapia psicológica con mayor evidencia de eficacia es la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma y la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares, conocida como EMDR.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda esta técnica desde el año 2013, entre otras terapias. Originaria de los años 80, el EMDR utiliza movimientos oculares junto con un protocolo estructurado para ayudar al cerebro a “reprocesar” recuerdos traumáticos, integrándolos de manera saludable en la memoria del paciente.
¿Cómo funciona el EMDR?
Desde la Asociación Americana de la Psicología, el psicólogo clínico Steven Silver explica que los recuerdos traumáticos no procesados pueden quedar “atascados” en el cerebro, lo que genera una serie de dificultades emocionales y psicológicas. “El cerebro, entre otras cosas, siempre intenta resolver problemas”, ha afirmado, pero cuando no encuentra respuestas a preguntas como ‘¿Por qué sobreviví yo cuando mis amigos no lo hicieron?‘, la mente no puede evitar regresar al evento traumático, lo que puede derivar en sueños recurrentes, recuerdos intrusivos y flashbacks.
La terapia EMDR intenta abordar este ciclo vicioso, aprovechando la capacidad natural del cerebro para sanar y procesar experiencias traumáticas. La terapia está basada en el propio funcionamiento de nuestro cerebro. Al dormir, los sueños se producen durante la fase REM (rapid eye movement o movimiento ocular rápido), momento en el que nuestros ojos se mueven de izquierda a derecha rápidamente para activar la amígdala, donde residen nuestras emociones, para procesarlas en el córtex prefrontal.
Por eso, durante una sesión de EMDR, el psicólogo guía al paciente a través de procedimientos estandarizados para estimular la actividad bilateral del cerebro, a través de movimientos oculares de lado a lado, sonidos alternados o toques rítmicos, aunque los movimientos oculares son el método más común. El protocolo de EMDR se divide en ocho etapas que se desarrollan a lo largo de varias sesiones.
- Historia clínica y planificación del tratamiento: El terapeuta recopila información sobre el paciente y establece un plan de acción.
- Preparación: Se explica el tratamiento al paciente y se le prepara para el proceso.
- Activación del recuerdo: Se identifica el recuerdo traumático que será reprocesado.
- Desensibilización del recuerdo: Se trabaja para reducir la intensidad emocional asociada al recuerdo.
- Instalación de pensamientos positivos: Se utiliza la estimulación bilateral para reforzar una nueva perspectiva sobre el evento traumático.
- Procesamiento de sensaciones físicas: Se abordan las respuestas físicas residuales relacionadas con el recuerdo.
- Cierre de la sesión: Cada sesión se concluye de manera ordenada para garantizar la estabilidad emocional del paciente.
- Reevaluación: Se revisan los avances y se ajusta el tratamiento según sea necesario.
Evidencia y limitaciones
La literatura científica expone que la terapia EMDR ayuda a cambiar los pensamientos negativos, lo que mejora la autoestima, y disminuir el dolor crónico.
A pesar de su popularidad, el EMDR ha enfrentado críticas a lo largo de los años. Aunque se trate ya de una práctica establecida y reconocida, actualmente se debate si los movimientos oculares son fundamentales para su eficacia, ya que se ha encontrado que componentes comunes con otras terapias, como la exposición al recuerdo traumático, podrían explicar gran parte de sus beneficios. Asimismo, algunos estudios muestran que su efectividad puede depender de factores como el número de sesiones.
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