
Desde hacía 15 años, Antonio Gala había desaparecido de la vida pública y permanecía recluido en un convento cordobés donde creó una fundación para ayudar a jóvenes autores. En esa ciudad se había criado y mantenía una conexión muy especial. Por eso, allí decidió pasar su última década de vida, de forma discreta y callada, alejado de las cámaras que tanto frecuentó durante una época, cuando era el autor más vendido en nuestro país y su imagen, con sus pañuelos anudados, con sus bastones adornados y rocambolescos, se había convertido prácticamente en un icono pop.
Un niño prodigio
Desde pequeño ya destacó como una mente brillante y adelantada a su tiempo. Leía poesía y a los 15 años empezó la universidad y cursó la carrera de Derecho, una formación que completaría con Filosofía y Letras, Ciencias Políticas y Economía. Su padre quería que ingresara en la Orden de los Cartujos, en un monasterio, pero esa vida no estaba hecha para él, así que se mudó a Portugal, donde disfrutó de una vida bohemia y comenzó a escribir. En 1959 llegarían sus primeros premios por su obra poética y se introdujo en el mundo de la dramaturgia, que tantas alegrías le daría.

Se mudó a Florencia y fue profesor de Historia del Arte y Filosofía, trabajó en una galería, hasta que en 1963 se estrenó su primera comedia teatral, Los verdes campos del Edén, que protagonizaría Concha Velasco, con la que mantuvo una relación muy especial de amistad durante toda su vida. Fue su primer gran éxito, y a partir de ese momento pudo vivir de la escritura y del periodismo. Le siguieron Noviembre y un poco de hierba, en 1967, Spain’s strip-tease, en 1970, Los buenos días perdidos, en 1972 y Anillos para una dama, en 1973, que lo situó en el centro de una nueva generación a punto de entrar en la Transición, una época en la que siempre defendió su postura de izquierdas. Nunca tuvo pelos en la lengua y así lo plasmaba en sus artículos para El País (más tarde, en El Mundo), algo que le acarreó algunas polémicas. Se posicionó contra el ingreso de España en la OTAN, contra la Iglesia, contra el Estado de Israel, contra los militares.
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Su éxito en novela y su legado
No sería hasta los años noventa cuando empezó a practicar la novela con El manuscrito carmesí, con la que ganó el Premio Planeta, a la que le seguiría La pasión turca, que sería adaptada al cine poco después por Vicente Aranda, con Ana Belén como protagonista. Obtuvo 12 nominaciones a los Goya y se convirtió en la película más taquillera del momento. Otra de sus obras, Más allá del jardín, también pasaría a la gran pantalla, con Concha Velasco de nuevo como figura principal, ya convertida en una mujer madura y en la que desarrolló uno de los grandes personajes de su carrera. Al fin y al cabo, era lo que mejor se le daba a Gala, la configuración de las protagonistas femeninas en su obra. Él mismo participó en la escritura de algunos guiones, como Digan lo que digan, de Mario Camus y con Rapahel y Esa mujer, con Sara Montiel.
En el año 2000 publicó sus memorias, Ahora hablaré de mí y, a partir de ese momento, su estela se fue apagando. Tuvo varios problemas de salud y, siguió publicando hasta 2008, cuando salió a la venta la que se convertiría en su última novela, Los papeles del agua.
Hoy, los jóvenes escritores por los que tanto apostó en la sombra le han dedicado mensajes de cariño en las redes sociales, como Alba Carballal, que acaba de publicar su novela Bailaréis sobre mi tumba o Alana S. Portero, autora de La mala costumbre.
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