En el Tecnológico de Monterrey hay aproximadamente 60.000 estudiantes de nivel profesional y posgrado. La mitad de ellos tiene una beca de estudios. Este dato —sepultado habitualmente en los boletines de prensa, mencionado de pasada en las entrevistas— es el que mejor explica por qué los resultados del QS World University Rankings by Subject 2026 importan tanto más allá del orgullo institucional.
En la edición 2026 del ranking internacional más influyente por áreas de conocimiento, el Tecnológico de Monterrey logró que veintiocho disciplinas aparezcan entre las mejores del mundo. Tres de ellas, en el Top 50 global. Once, en el Top 100. Ocho, como número uno en América Latina. Mercadotecnia en el puesto 17 del mundo. Administración y Negocios en el 22. Arte y Diseño en el 50. Ciencias de la Computación en el 60.
En una región que históricamente observa estos listados desde lejos —con una mezcla de admiración y resignación ante la desigualdad estructural de recursos—, esos números son difíciles de ignorar. Pero lo más interesante de esta historia no está en los números, sino en lo que los propios protagonistas hacen con ellos.
El problema con los rankings
Antes de hablar de lo que logró el Tec, conviene entender de qué hablamos cuando hablamos de rankings universitarios. El QS World University Rankings by Subject evaluó en esta edición a más de 6.200 instituciones de educación superior en 166 países. De ese universo, apenas 1.912 consiguieron llegar a la lista. La metodología combina cuatro variables: reputación académica —qué dicen otros académicos del mundo sobre esa institución—, reputación entre empleadores —dónde contratan talento las empresas—, impacto de la investigación —citaciones, publicaciones, alcance científico— y redes internacionales de colaboración.
No es una ciencia exacta —ningún ranking lo es—, pero sí es una herramienta que sirve a audiencias concretas como los estudiantes y sus familias que están decidiendo dónde estudiar; los académicos que evalúan a qué institución sumarse; y los fondos de investigación que buscan dónde invertir recursos. “El ranking es el numerito”, dice Neil Hernández Gress, director de Rankings y Gobierno del Tec, en diálogo con Ticmas. Y continúa: “Pero detrás hay muchísima información que permite hacer benchmarks, comparativas de datos para tomar decisiones más soportadas”.
Hay una pregunta que flota sobre cualquier conversación sobre rankings latinoamericanos: ¿tiene sentido comparar? ¿Se puede poner en la misma escala a una universidad con el presupuesto de un país pequeño o tercermundista y a otra que subsiste con los recursos de una región entera? Stanford, para dar el ejemplo más obvio, tiene un endowment —el fondo patrimonial que financia su operación— que supera los 40.000 millones de dólares. Stanford y el Tec son incomparables financieramente. Y sin embargo, el Tec aparece en el Top 50 mundial en tres disciplinas.
Javier Guzmán, Vicepresidente de Investigación del Tec, lo piensa en voz alta: “Creo todos en Latinoamérica compartimos la característica de hacer más con menos. Tal vez por nuestra circunstancia, tal vez por nuestra historia. Pero es un hecho que es posible hacer cosas de gran calidad con recursos que simplemente no son los mismos que tienen otros países”.
La de Guzmán es una declaración antirresignación: es la constatación de que la eficiencia —entendida no como austeridad sino como inteligencia en el uso de lo que se tiene— puede ser, en ciertos contextos, una ventaja competitiva real.
La universidad que no se ve desde una ciudad
El Tecnológico de Monterrey lleva la ciudad en el nombre, pero hace tiempo que dejó de ser una universidad local. Tiene acuerdos con universidades en Colombia, Chile y Argentina —entre ellas, la Universidad Austral y la Universidad de San Andrés. Forma parte de redes académicas internacionales como APRU y U21. En el QS General 2026, figura en el puesto 187 del mundo. Según el THE Latin America Rankings 2024, es la séptima universidad de la región. Y en el ranking por disciplinas —que es más granular, más específico, y en muchos sentidos más revelador— lidera en ocho áreas en toda América Latina.
Esa tensión entre el arraigo local y la proyección global es uno de los temas que más claramente emergió en la conversación con sus referentes. “Tenemos el orgullo histórico de lo que simboliza ser una universidad de Monterrey”, dice Guzmán, “pero ahora realmente lo vemos como una universidad internacional. Con raíces muy fuertes en lo local, pero con impacto y trascendencia global”.
Los rankings, en ese sentido, cumplen una función instrumental: abrir puertas, facilitar alianzas, posicionar a la institución en conversaciones que de otra manera serían más difíciles de iniciar. No son el fin. Son una consecuencia.
Lo que mueve la aguja (y lo que no)
Guzmán identifica tres razones por las que estos resultados importan. La primera, el reconocimiento global: “Esta es una visión objetiva del mundo exterior hacia nosotros”. La segunda, reconocimiento interno para profesores, estudiantes y colaboradores: “Es como cuando una producción gana un Oscar. Nadie trabaja sólo para ganar un Oscar, pero qué bueno es el reconocimiento al trabajo”. Y la tercera, una fotografía en el tiempo que permite ver trayectoria: “Más allá del número, cuando lo ves en el tiempo te muestra una trayectoria en la que trabajamos día a día para ir mejorando”.
—En el Tec de Monterrey no hacemos las cosas por un ranking o por un premio —dice Guzmán—, lo hacemos por la convicción de que la educación puede transformar las sociedades, las comunidades, los individuos. Los premios, los reconocimientos, el spotlight, todo eso está bien porque nos recuerdan que lo que estamos haciendo sirve. Pero trabajamos con el propósito de la misión antes de pensar en estar en un ranking.
Lo que más se repite en la conversación con Hernández Gress y Guzmán no es el número, sino la pregunta: qué podría hacer América Latina con estos pocos recursos bien utilizados. No es una pregunta retórica. En el fondo es el interrogante que justifica la existencia de instituciones como el Tec, y también el que justifica que se hable de ellas. Latinoamérica tiene una masa de talento joven que, si consigue acceder a educación de calidad, podría representar una ventaja geopolítica y económica real en las próximas décadas, en relación a Europa.
El problema, históricamente, ha sido la escasez de instituciones capaces de procesar ese talento a la altura de sus posibilidades. El Tec no resuelve ese problema solo; no podría. Pero en veintiocho disciplinas del ranking más influyente del mundo, demuestra que el problema tiene solución. Que con financiamiento limitado, con becas que cubren a la mitad del estudiantado, con profesores que trabajan por convicción y no por presupuesto, es posible competir en el mismo carril que Oxford, que el MIT, que las instituciones que durante décadas fueron el horizonte inalcanzable.