Que la Tierra es una esfera comenzó a considerarse ya en el siglo V a.C. y doscientos años después, Eratóstenes de Alejandría definió con bastante precisión el tamaño. Pero fue necesario que pasaran casi veinte siglos para determinar que la Tierra no era el centro del Universo.
¿Cómo habrá sido el momento eureka del astrónomo que mira por el telescopio y comprende que no es el sol el que gira, sino que es él quien está parado sobre una roca en movimiento? ¿Habrá sentido vértigo, mareos? ¿Se habrá agarrado fuerte a mesa? Qué envidia haber sido Copérnico, Kepler, Galileo, Newton. Qué envidia haber sido uno de esos que nos hizo sentir el vértigo de movernos a más de cien mil kilómetros por hora.
Hay una famosa frase que dice que ese descubrimiento fue la primera frustración del hombre: había dejado de ser el centro del mundo. (Luego Darwin nos quitaría el dominio de la evolución y Freud el de la conciencia). En poco más de quinientos años, el mapa del universo quedó bastante bien demarcado. Hoy sabemos que no solo la Tierra no ocupa el centro sino que tampoco lo hace el sol. Ni siquiera nuestra galaxia.
Miramos hacia afuera: observatorios, sondas, antenas que captan la radiación. Parecería que hoy sabemos más de la oscuridad del espacio que de la oscuridad de las profundidades del océano. De hecho, no se sabe a qué temperatura desciende el lecho del océano, pero sí cuánto calor emite la superficie del sol.
Toda estrella tiene una tendencia a “colapsar” —derrumbarse hacia el interior— bajo su propia atracción gravitatoria, pero a medida que lo hace aumenta la temperatura en su interior. Y al calentarse el interior, la estrella tiende a expandirse. Al final se establece el equilibrio y la estrella alcanza un cierto tamaño fijo. Cuanto mayor es la masa de la estrella, mayor tiene que ser la temperatura interna para contrarrestar esa tendencia al colapso; y mayor también, por consiguiente, la temperatura superficial.
A partir del tamaño, entonces, puede definirse la temperatura de las estrellas. El sol es una estrella de tamaño medio: tiene una temperatura superficial de 6.000°C. Las de masa inferior tienen temperaturas superficiales más bajas, algunas de apenas 2.500°C. Las de masa superior tienen temperaturas que pueden pasar los 20mil grados centígrados. Y las estrellas de mayor masa —que, por lo tanto son las más calientes y más brillantes—, tienen como mínimo una temperatura superficial constante de 50.000°C.
¿Cuál será la temperatura superficial más alta? Se presume que no puede ser mayor a 80.000°C, porque las temperaturas internas serían tan altas que provocarían una explosión. ¿Y cuánto pueden alcanzar las temperaturas internas? La temperatura del núcleo interior del Sol es de unos 15 millones de grados centígrados. Pero recordemos que es una estrella de tamaño medio. Se estima que las de mayor masa pueden alcanzar los 6 mil millones de grados.
Ticmas es una solución educativa que responde al nuevo paradigma de la enseñanza y el aprendizaje. Para más contenidos, ingresá al blog de Ticmas.
LEER MÁS