Se cumple un año de la derrota ante Arabia Saudita: los secretos de los días más oscuros de Argentina en el Mundial de Qatar

La Selección iniciaba la Copa del Mundo con un paso en falso en medio de un clima enrarecido. Terminó oficiando de trampolín hacia la gloria

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La incredulidad de los futbolistas de Arabia Saudita y la reacción de Messi y Di María apenas se consumó la derrota ante Arabia Saudita (Foto: Reuters/Hannah Mckay)
La incredulidad de los futbolistas de Arabia Saudita y la reacción de Messi y Di María apenas se consumó la derrota ante Arabia Saudita (Foto: Reuters/Hannah Mckay)

Algo andaba mal en el Lusail Stadium. Se percibía antes del pitazo inicial. Aquel banderazo del día previo que había empezado en las costas de Doha fue el más extenso e impactante de los siete que se realizaron. Posiblemente, todo argentino que haya estado en Qatar ese día pasó por la celebración que tuvo la singularidad de modificar las firmes reglas locales. Miles de fanáticos cortaron el tráfico de la Corniche Street hasta llegar al Souq Waqif, el corazón turístico del país y el lugar que finalmente sería la sede del singular evento en cada previa del partido de Argentina. También un llamador constante para los ojos curiosos que grabarían incrédulos el extraño show para los ajenos. No volveríamos a ser testigos de un banderazo tan multitudinario ni de tanta extensión siquiera en la previa a la final: ese día la reunión empezó a las 12 y pasadas las 17 todavía algunos permanecían ondeando banderas y sacudiendo el ritmo en la percusión en el famoso dedo dorado. Clima de campeón, contagioso exitismo. Éramos ganadores antes de empezar. Pero en el Lusail algo definitivamente andaba mal.

Esa mole dorada, hipnótica en medio del desierto, majestuosa apenas cruzabas la puertas de la línea roja del metro, no era propiedad argentina. Casi 90 mil butacas disponibles, pero sólo se escuchaban las miles de gargantas que habían tenido que recortar unos 500 kilómetros desde Riad, la capital de Arabia Saudita, hasta las inmediaciones de Doha. Los fanáticos árabes, que posiblemente duplicaban a los argentinos, además tenían la virtud de estar mejor organizados. En un espacio gigante, de características comparables a un Camp Nou, es tan importante la cantidad de público como la organización para la batalla de pasiones. Y ellos tenían ambas cosas. Sólo se oían los cánticos árabes, inclusive los mensajes de los amigos que llegaban desde Argentina daban crédito de que por televisión la sensación era la misma.

La locura de los argentinos en el banderazo del día previo

Pero qué importa el público, la gente, su aporte, si sólo es importante lo que pasa entre esos 22 que están adentro de la cancha, podíamos pensar si en apenas 1 minuto Messi ya había aparecido en el área rival y había dejado desparramado al arquero rival. Mucho más con el penal que antes de los 10 le dio la apertura del marcador a la Selección y el primer grito al capitán. Fue un grito tibio, liviano, casi como que algo obvio estaba ocurriendo. Cómo no le vamos a ganar a Arabia Saudita en el debut si llegamos invictos, múltiples campeones. Qué importa que los rivales nos hayan copado el dominio pasional como pocas veces puede ocurrir con una tribuna argentina.

Un gol anulado, dos, tres... ¿Era un sinónimo de un equipo dispuesto a arrasar o un aviso de que el cambio de energía en el aire estaba impactando en el campo de juego? Nadie se había acomodado emocionalmente en sus butacas cuando llegaron los baldazos de agua fría de Al-Shehri y Al-Dawsari en los instantes iniciales del complemento. No había reacción en el campo de juego, mucho menos en las tribunas. Arabia era una fiesta, mientras los fanáticos sentados a metros de algunos argentinos ya empezaban a avisar el martirio que se vendría en cada rincón de Doha a partir de ese día. Se multiplicaban los gestos y la pregunta que días más tarde se les convertiría en un boomerang: where is Messi?

El clima de campeón ahora era de eliminación, de papelón, de catástrofe: ¿Qué resultados necesitamos para pasar de fase de grupos? El silencio en la zona mixta del Lusail era abrumador, las caras largas de propios y extraños perturbaban. Todavía retumba el semblante casi lloroso repleto de furia de Rodrigo De Paul y la mueca de desazón para esquivar las entrevistas de los periodistas que lo esperaban en el laberinto de prensa. Sería el preámbulo de una extensa fila india repleta de rostros de pocos amigos en el mismo lugar que 26 días más tarde sería parte de un sueño mientras volaban baños de champagne, cánticos y sacudidas de carteles publicitarios al mismo tiempo que Lionel Messi paseaba la Copa del Mundo en sus manos. Pero aquel 22 de noviembre nadie pensaba más que en usar la calculadora para ver qué resultado servía en el México-Polonia que se jugaba un rato más tarde. Nadie salvo él: “A la gente le digo que confíe, que este grupo no los va dejar tirada”, dijo el capitán.

Lionel Messi, Papu Gómez, Ángel Di María y Dibu Martínez –encargado de hablar con los medios en inglés– fueron los cuatro que dieron la cara. Algo que no volvería a repetirse: tras cada triunfo, hablarían todos; o al menos todos aquellos que tenían ganas. En este caso se puso en práctica el método de reducir los discursos, reagruparse y pensar en el partido que se avecinaba. A pesar del tropiezo, los colegas mexicanos en la zona de prensa estaban lejos de mostrarse confiados de darle un golpe a Argentina. Un pensamiento que también sucedía a la inversa: el temor de una despedida anticipada, el panorama catástrofe de la peor presentación reciente en un Mundial entraba en el radar con el fantasma del 2002 presente y el fresco recuerdo del padecimiento del 2018.

“Entré al vestuario, me saqué los guantes, me senté y agaché la cabeza como todo el mundo. Lo que más recuerdo es el silencio de dos minutos en el vestuario después del partido”, retrató el vestuario el propio Dibu Martínez, en una entrevista meses después de la Copa del Mundo.

Dibu Martínez, uno de los pocos que habló post derrota ante Arabia Saudita (Foto: Reuters/Hannah Mckay)
Dibu Martínez, uno de los pocos que habló post derrota ante Arabia Saudita (Foto: Reuters/Hannah Mckay)

Las calles de Doha ya no eran bulliciosas, eran un martirio para los hinchas. Los fanáticos árabes, inocentes desconocedores del fervor extremista que domina las almas argentinas, iniciaron una inofensiva cacería con tono inocuo de humor para ellos; con vaho catastrófico para los que habían hipotecado meses de su trabajo, su sueldo o sus ahorros para llegar a ese país extraño que te daba una cachetada de calor asfixiante apenas ponías el primer pie sobre el aeropuerto de Doha y dejabas atrás el último aire acondicionado. ¿Qué vamos a hacer si nos volvemos en primera ronda?, era la pregunta que ahora reemplazaba al vehemente pensamiento de ser campeones mundiales. Habían empezado los días más oscuros de los argentinos en Qatar.

Tener una camiseta albiceleste habilitaba a los miles de saudíes –los únicos que a ojo superaban en número a los argentinos en aquel país– a la cargada, a la chicana, al exasperantemente repetitivo “where is Messi?” en cada calle que se cruzaban los pueblos. No eran pocos los argentos que mascullaban bronca en ese escenario sabiendo que un movimiento más allá de las leyes estrictas qataríes podía significar un problema real para toda la vida. Del otro lado, las risas ingenuas, como niños, de los que ya habían ganado su propio Mundial con aquel triunfo sobre los de Scaloni.

Lo que no sabíamos por entonces, ni periodistas ni fanáticos, es que en ese búnker inaccesible, el más inabordable de las 32 selecciones presentes en el Mundial, se estaba generando el caldo de cultivo que haría crecer definitivamente el alma del plantel campeón. “Fue muy difícil la verdad. Venir de un invicto de casi 20 partidos, mi primer Mundial recibir dos macetazos en dos tiros al arco sin suerte, me dolieron muchísimo. No pude dormir por uno o dos días, y obviamente tuve muchas sesiones con mi psicólogo para estar con la mente fría”, llegó a confesar Dibu Martínez en DSports instantes después del partido posterior con México.

El golpe no era de nocaut, era de renacimiento. El cachetazo a tiempo. “Es fútbol, alguna vez tenés que perder. Mejor ahora que más adelante, eso es lo que decíamos con los chicos”, analizó con asombrosa lucidez Martínez inmediatamente en zona mixta ante Infobae aquel 22 de noviembre del 2022. “Tengo en la cabeza la imagen de escuchar solo los tenedores haciendo ruido en los platos. No volaba una mosca. A los que ayudaban en el mediodía anterior, les pidieron que se fueran para que no hubiera ruido. Se escuchaba pac, tac, tic. Fue muy duro, pero estábamos preparados para el golpe y lo gestionamos bien. Tuvimos un pequeño duelo y entendimos que todo seguía”, retrató las horas posteriores a la caída De Paul en una entrevista que brindó meses atrás sobre el camino al título del mundo con TV Pública.

Y el mensaje que el capitán había dado ante la prensa, dirigido a la gente, se replicaba puertas adentro, según contó De Paul: “Hablábamos de todos los escenarios posibles y yo le decía ‘boludo, nuestro Mundial puede durar cinco días si no le ganamos a México’. Yo había sacado entradas hasta la final, imaginate la confianza que tenía. Pero Leo siempre habló desde el lugar que contra México no nos íbamos a ir del Mundial. ‘No va a ser el último partido’, decía. No sé si de negación o inconsciencia, pero podía ser el último partido de él en Mundiales. Siempre habló con mucha confianza y lo transmite. Cuando el 10 habla así...”.

El combustible puertas adentro tuvo su correlato en el afuera. Los grupos de Whatsapp de los argentinos en Qatar se convirtieron en un hervidero. No había pedidos repetitivos para conseguir tickets en reventa, algo que sí sería una constante sobre la fase final. Los mensajes entre los fanáticos en Doha eran inicialmente de reproche, para darle paso a una posterior reorganización. Juramentaron nunca más quedar separados, definieron estar juntos, aunque los tickets de las butacas no lo indicaran. A partir de ese día, empezaron a avisar en qué arco se reunirían, donde pararía al grueso de los más bulliciosos. Detrás de qué arco se reunirían para hacerse sentir con el aliento. Se incentivaron unos a otros para ganarle de mano a los guardias de seguridad privada, muchos de ellos contratados especialmente para la ocasión y que semanas antes podían estar trabajando –literalmente– en un parque de diversiones de Argelia, como nos contó un amigo que hicimos de ese país en un fan fest. La gente había entendido que viajar casi dos días desde Argentina no podía ser en vano. Arabia había alimentado a la verdadera bestia, y lo que en el ambiente se percibía con el temor de un posible final, en realidad era el silencio de algo que recién estaba comenzado.

El imponente Lusail Stadium que fue sede del debut con derrota de Argentina: allí ganaríamos 26 días más tarde la tercera estrella (Foto: AP Foto/Luca Bruno)
El imponente Lusail Stadium que fue sede del debut con derrota de Argentina: allí ganaríamos 26 días más tarde la tercera estrella (Foto: AP Foto/Luca Bruno)