
Cada mes de octubre, el mundo literario contiene el aliento a la espera del anuncio del Premio Nobel de Literatura. Durante décadas, un ritual idéntico se repetía en Buenos Aires: los teléfonos de la calle Maipú sonaban con insistencia, los periodistas montaban guardia y Jorge Luis Borges, con su ironía inalterable, esperaba una decisión que nunca llegaría. La ausencia del autor de Ficciones en el palmarés de la academia sueca permanece como la omisión más célebre, discutida y politizada de la historia cultural del siglo XX.
Un enigma que, con los años y la apertura de archivos secretos, reveló una trama donde se mezclaron la incomprensión estética, la geopolítica de la Guerra Fría y los rencores personales. Durante mucho tiempo se tejió el mito de que el rechazo hacia el escritor argentino respondía exclusivamente a razones ideológicas. Sin embargo, la apertura de los archivos confidenciales de la Academia Sueca —que guardan un estricto secreto durante medio siglo— echó luz sobre la primera gran barrera: el prejuicio literario.
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Al desclasificarse las actas de 1967, año en que Borges estuvo a un paso de ganar junto al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, se descubrió el dictamen de Anders Österling, entonces presidente del comité. El académico vetó la postulación del argentino porque su obra era “demasiado exclusiva o artificial en su ingenioso arte en miniatura”. Para los jurados de la época, los laberintos, los tigres y los espejos carecían del compromiso humanista e “idealista” que Alfred Nobel había exigido en su testamento.
Si los años sesenta cerraron la puerta estética, la década del setenta clausuró definitivamente la política. El punto de quiebre absoluto ocurrió en septiembre de 1976. Jorge Luis Borges cruzó la Cordillera de los Andes y viajó a Santiago para recibir un doctorado honoris causa por la Universidad de Chile. En plena dictadura militar, el escritor estrechó la mano del general Augusto Pinochet y pronunció un discurso de agradecimiento que los sectores progresistas europeos jamás le perdonarían.
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Años más tarde, su viuda María Kodama confirmaría la trastienda de aquel viaje: una llamada telefónica proveniente de Suecia había advertido explícitamente al escritor que, si asistía a ese acto con el dictador chileno, perdería toda oportunidad de obtener el Nobel. Fiel a un orgullo indomable, Borges respondió: “Hay cosas que no se pueden comprar”, y subió al avión. Su posterior y efímero respaldo inicial a la junta militar de Jorge Rafael Videla en Argentina terminó de sellar su suerte.
A este cóctel de tensiones se sumó una enemistad con el escritor sueco Artur Lundkvist, miembro influyente de la institución. Más allá de las discrepancias políticas, existía un encono personal: Borges solía burlarse públicamente de la poesía de Lundkvist. La biógrafa María Esther Vázquez y el ensayista chileno Volodia Teitelboim documentaron cómo el académico sueco juró que, mientras él formara parte del comité, el autor de El Aleph nunca vería el oro de Estocolmo. Cumplió su promesa.
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Hacia el final de su vida, Jorge Luis Borges asimiló el desplante con la misma elegancia con la que construía sus relatos. Eludiendo el resentimiento, transformó la negativa en una de sus mejores humoradas: “No darme el Premio Nobel se ha convertido en una hermosa tradición escandinava; año tras año me nominan y año tras año me lo niegan, lo cual es una forma de inmortalidad”, dijo. El tiempo, finalmente, le dio la razón al hacedor. Hoy, cuando hablamos del Nobel, recordamos su gran omisión.
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